Insisto, muchísimo.
Su pasión de barrio, de futbolero. Ver a su Boca querido en lo más arriba del planeta, a Maradona de técnico en la selección, abrazar a sus bisnietos, coronarse como el último resistente de Saavedra, o que se yo, tan solo tener a la vida un poco más.
Pero se escapó de acá porque quiso, sabiendo que algún día iba a volver.
Nunca se lo conté a nadie, pero el día de mi primer beso, la noche en que terminé la facultad, en cada cumpleaños de la abuela, en cada navidad, sé que el viejo anda dando vueltas por ahí. Y que se hace el boludo para que no lo veamos tomándose las sobras de las copas que quedaron sobre la mesa.
Sí, también gritamos goles juntos. Los de la tele, los de la cancha y los que hago yo cuando juego algún partidito.
Siempre sabe cuando regresar. El viejo es un grande.
Regresa, me regala una sensación que me consuela
y me cambia, quizás, la vida entera.