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martes, 6 de diciembre de 2011

Mentiras sensacionales

Se quedó dormida sobre mi hombro, calculo que no sabe lo que está haciendo. Se dejó soñar en medio del silencio, en su habitación, a la que solamente me invitó dos veces.
Está débil, herida, llena de sensibilidades. Si bien terminó su historia de amor en busca de frivolidades y libertades, necesita un abrazo más que nunca.
Vulnerable, caprichosa, quisiera que él la abrace y la contenga. Es que se siente mal porque ya no está. A su vez, él no está porque ella así lo quiso.

Lo confirmo, no sabe lo que está haciendo.
Pero la entiendo.
El desapego es la cuota más fuerte del egoísmo.
Y ella, aún no se puede despegar de él.
Lo quiere olvidar, pero a la fuerza.
Entonces, se queda dormida sobre mi hombro, tratando de amoldarse a sus recovecos, a mi perfume. Tratando de conformarse con lo nuevo y convenciéndose de que le sienta mejor.
Me usa, sin malas intenciones y yo me dejo usar, entendiendo la coyuntura de la noche.
Ahora resulta que se hicieron más de las doce y a ella no le importa dormir frente a mí, sin hablar, sin cambiar gestos, sin prejuicios.

Dejo pasar unos minutos, no me muevo y la miro de a ratos.
Se empieza a despertar, creo que no llegó a dormirse por completo. Solo descansa, viaja por otro lado, pasea de la mano entre sus viejas historias, inventa otras nuevas.
Antes de volver a su cuarto y abrir los ojos, me aprieta el abrazo con las uñas, se le escapa una mueca de alegría sobria, un tanto amarga, de esas que sentimos entre tantas malas noticias.
Es que sabe lo egoísta que está siendo. Está molestamente feliz y tranquila por haber terminado una relación de tanto tiempo, se siente en paz. Pero le revienta por dentro saber que su compañero de toda la vida empezará de nuevo, se besará con otra mujer y tratará de estar mejor. Egoísmo a flor de piel.

Ella no es demasiado racional, no sabe lo que hace.
Le da bronca saber que él puede estar con otra, pero ella fue quién lo dejó. Y como para hacer aún más irracional su bronca, hace filosofía sobre su viejo amor en brazos de otro flaco (este vendría a ser yo).
Me presento, soy otro egoísta: Que la consuelo convencido y ni siquiera sé consolarme a mí mismo.

Dejo que se quede dormida sobre mi hombro, calculo que no sé lo que estoy haciendo.
Yo también lucho contra el desapego, aunque me siento en paz absoluta.
En fin, nos acariciamos de imperfecciones. Somos mugre con aroma de flor.
Banales, raros, buena onda.

Se despierta, me mira, sonríe, tibia, tiembla y se acomoda.

“¿Te abro?”
Me acompaña hasta la puerta, ojos entreabiertos. Solo duermen sus ojos, la cabeza la tiene a mil.

Los dos abrazamos.
Está claro, ambos estamos recordando otros momentos de nuestra vida.

“Gracias”.
Baja la mirada.

Segundo abrazo. Nos despegamos (de nosotros, no de nuestras viejas historias como realmente queremos).
Me vuelve a mirar, se ríe, se le escapa una sonrisa. Ahora sí, somos honestos. Nos estamos riendo de verdad.

Mentiras sensacionales.

Hay de todo menos beso, esto es mucho más profundo. Estamos cambiando, perdonándonos mutuamente, ayudándonos a crecer.
Fuimos leales al no besarnos. Ella estaría en la boca de aquel y yo en la de mis mejores recuerdos.

Que justos fuimos.
Que justo nos fuimos a encontrar.
Que justo me abrió la puerta.
Justo antes, de volvernos injustos.

Se quedó dormida sobre mi hombro, pero calculó todo lo que estaba haciendo.
Es maravillosa, inteligente. Vulnerable, caprichosa. Por eso me empezó a gustar, porque lo supo todo el tiempo. Se estaba desapegando y me estaba regalando una antigua sensación que la tenía olvidada.

La sensación de cuidarla, de volver a sentir.
La sensación de sentir, de volver a empezar.
La sensación de empezar, volver y besarla.


                                       

martes, 29 de noviembre de 2011

Por fin la olvidé

Me siento perfecto, ya no puedo escribir sobre el amor.
No me sale nada, adentro mío solo hay paz.
Creo que por fin la olvidé.
Rara vez pienso en ella.
No hay más recuerdos de las tardes juntos, de los dibujitos que hicimos en el espejo de su habitación, no hay más cartas, no queda nada.

Tremendo problema para escribir: No sé a qué escribirle, me siento perfecto.

Ya no me inspiran los besos que nos dimos, ni las tentadas por teléfono, ni las miles de veces que me hizo compañía soportando el partido de fútbol o las anécdotas entre amigos o en fin, cualquier cosa que la aburría profundamente.
Lo hacía, solo para hacerme compañía, y eso le bastaba.

Pero a mí, no. No me alcanza con eso para escribir algo profundo.
Sin tristeza, se extingue el arte.

Es que ni siquiera me motivo con recordar que en su preciso día se hizo mujer. Y que yo, al mismo tiempo, me estaba haciendo hombre. No por hacerle el amor, sino por cuidarla hasta el último segundo, como nunca había cuidado a nadie, a nada.
Siempre fue mi tesoro.

Me siento perfecto, ya no puedo escribir sobre el amor.
No me sale nada, solo recuerdos que jamás podré olvidar.
Pero, creo que por fin la olvidé. Bueno, a ella, pero no los momentos.

Rara vez la pienso, intentando su desarraigo de mi cabeza.

A veces extraño caminar de la mano por cualquier lado, las siestas sobre el pasto, las noches de verano sobre la pared. La extraño.

En realidad, casi siempre la extraño.
Y con eso, un poco de arte me queda.

Juro que trato de no hacerlo y, así, intento sentirme perfecto para ya no poder escribir sobre amor. Debo tomar la decisión para salvarme, aunque me quede sin arte.


Tengo que dejar de escribirles, porque si sigo, nunca voy a dejar de pensarla. Cada pensamiento incorregible, pondera a nuestra historia en lo más alto.

Así, nadie puede olvidar.
Y hay mas arte que nunca.

Tengo mucha paz adentro, pero por afuera me salen otras cosas.
Es que ella siempre va estar en mí aunque alguna rara vez, crea que por fin la olvidé.

Calculo que la estoy olvidando, pero nada de por fines.
Se me pierde solo un rato y después regresa.
El arte también.


                                       

martes, 22 de noviembre de 2011

Tres luces II


Ella me gusta demasiado, no le temo a su bohemia.
Vive escupiendo fuego y, aún así, anhelo besarla todos los días.
A pesar de mi vértigo, aceptaría dar una vuelta en monociclo, abrazado a su cintura.
Pasar mil horas en el semáforo, pintarme la cara, hacer malabares con la vida, nada me da miedo. Ella me gusta demasiado.

Creo que me estoy enamorando,
eso si me asusta...


Magnolia

Me quiere, no me quiere.
Me quiere, no me quiere.
                                                                                                                                     Me quiere.
No me quiere.

Me quiere. No me quiere.

Me quiere.
¡Bah! Eso creo...

Es tan inestable que hasta los pétalos se volvieron infinitos por no saber regalarme una verdad.


                                  

martes, 15 de noviembre de 2011

Olvidadiza

Hay cosas que no puedo negar. Siempre pensé que volvería para darme una caricia más. Supuse que quedaba alguna charla por tener, una despedida.
La última vez que dormimos juntos, aquel jueves, se olvidó los aritos en la mesada de la cocina y, no sé, imaginé que iba a tener ganas de recuperarlos.

-         Por esas cosas de necio, cada tanto la busco en internet. La leo, veo lo que puedo y, al menos, tengo un retazo de lo que es ahora.

Le dejaron un mensaje: “Hermosa, te olvidaste el suéter en casa. Hoy a la noche te lo llevo”.
Hay cosas que no puedo negar, me causa decepción no tener su frívolo talento para volver a enamorarme tan rápido. Me estoy pudriendo de rencor y verme así de porquería me causa más tristeza aún.

Bueno, eso nada más. Era eso.
Eso solo.

Hace más de quinientas noches que no nos vemos, así que hoy no voy a poder alcanzarle los aritos como lo hará… bueno, ese flaco que le escribió el mensaje (me cuesta asumir el término ‘nuevo amor’).

Por lo tanto, acá están, acá se quedarán.

-         Por esas cosas de necio, se hicieron las tres de la mañana y tengo serias ganas de llorar. Me la aguanto, retazo de lo que soy ahora: Puro aguante.

Hay cosas que no puedo negar. Ya empezó a olvidarse sus cosas en otro lado.
Posiblemente nunca más volverá para recuperar ni a sus aritos, ni a su primer amor.
Nunca más va a volver, a pesar de que la estemos esperando justo donde nos olvidó la última vez: Apoyados en la mesada de la cocina.

Tal cual como nos dejó. Bueno, los aritos en su cajita plateada y yo, con serias ganas de llorar (pero aguantando). Siempre fui el mismo y vos, aún más.

Experta en perder las cosas,
colgada, rara, inestable y
olvidadiza.


                                    

martes, 8 de noviembre de 2011

Ambición

Íbamos en mi auto, zigzagueando las calles del bajo de San Isidro. Nos gustaba mirar las casas de lujo e imaginar la vida de aquellos afortunados que despertaban en esos preciosos balcones, con su propia barranca al río. ¿A quién habrían estafado? ¿Con quién se habrían casado para tener algo así?  ¿Qué había que hacer?
Siempre hacíamos eso, por más que con los años nuestras vidas habían mejorado considerablemente (al menos, desde nuestro patrimonio).
Si teníamos un balcón, queríamos dos. Un auto, no nos alcanzaba. Siempre queríamos ese, el de la vidriera de Avenida Libertador.
Si teníamos un sueño, pretendíamos alguno más.

Nunca fuimos capaces de ver a nuestro alrededor.

Ahora me doy cuenta de que nunca fuimos capaces.

Así, vivimos de ambición en ambición. No importa qué, ni como. Siempre había algo mejor que volvía totalmente despreciable lo nuestro.

Íbamos en mi auto, zigzagueando las calles del bajo de San Isidro, habíamos ido al Tigre a tomar algo pero nos fuimos rápido. Me acuerdo que doblamos en la casona más linda que habíamos visto, era preciosa. Debería tener más de seis ventanales de al menos cuatro metros, que daban a un jardín oculto, iluminado de fondo, detrás del portón de madera.
Estábamos tan obnubilados por el brillo de la mansión, que ni recuerdo quien manejaba. Solo que el auto giró y las luces se nos vinieron encima.

Ahora que no la tengo, ambiciono la vida.
No porque la extrañe, sino porque no la tengo y creo que nunca la volveré a tener (quizás tampoco la tuve alguna vez). Esto de andar deseando la de lo demás…

En fin, me resigné a mi vida de fantasma. Es horrible ser un ente espiritual, así no hay materialista que aguante. Y yo, siempre fui un orgulloso materialista.

En fin, me resigné a esto que soy, a vivir imaginando la vida de aquellos afortunados que despiertan en el cielo, en esas nubes propias, en su propia nube. ¿A quién habrán estafado? ¿Con quién se habrán casado para tener algo así?

Admito que soy un alma en pena. Pero la verdad, me gustaría ser dos.


                                     

martes, 1 de noviembre de 2011

La ventana de David

Quisiera decirte mil cosas, pero no estoy seguro. Esto fue demasiado.
Creo que fui demasiado sincero y vos, solo querías mentiras que adornen bonito.
Espero que puedas perdonar mi crudeza, pero esto fue demasiado.
Creo que fui demasiado atento y vos, preferías que te maltraten. No sé si no estabas acostumbrada o qué, pero sabés que la cosa era así. Me reprochabas malas caras, silencios y hasta cuando te daba la mano más de una vez en la tarde. Buscabas todo para hacerme, o hacerte, creer que no dabas más. Y no dio más. Lo nuestro.
Siento mucha vergüenza de decirte esto princesa, pero espero que entiendas, fue demasiado.
No tuve la capacidad de entender que no buscabas un caballero, sino un aventurero. Pero también me pregunto si hubieras sido tan valiente para seguir por todos lados a alguien. Quizás, no sos lo verdaderamente impulsiva que decís ser. Estoy seguro de que tenés más miedos que certezas, más dolores que sonrisas y por afuera, nos contás otro cuento.
Creo que fui demasiado callado y vos, solo querías hablar.
Creo que fui demasiado de todo, de lo bueno y de lo malo también. Calculo, que fui el único exceso que no tomaste como propio. ¡Bah! O quizás, como todos tus excesos, me usaste un rato, me probaste hasta que ardí y te curaste de repente.

Creo tantas verdades, porque ya no creo tus mentiras.

Creo que fui demasiado tímido y nunca me animé a decirte todas las cosas que sentía. Me perdí de contarte sobre el partido del lunes, me olvidé de decirte acerca del viaje que sueño, o soñaba. No te dije que me compré una remera anteayer y probablemente nunca te conté que eras el loco amor de mi vida.
Creo que fui demasiado colgado.

Creo que fui demasiado inseguro y vos, nunca me ayudaste a sentirme de otra manera.
Creo que cambié y vos, no.
¿Por qué soy yo quien sufre el desarraigo de este amor? ¡Si sos vos la que no querés más!
Creo que soy yo el que me fui y vos, te quedaste dónde estabas.

Quisiera decirte mil cosas, pero no estoy seguro. Solamente que te quiero y anhelo que seas feliz. No puedo seguir escribiendo (té).

Quisiera decirte mil cosas, pero no estoy seguro. Porque soy demasiado inseguro, demasiado atento, demasiado al crudo, demasiado callado, demasiado caballero, demasiado tímido y porque ya me fui, a donde vos te tendrías que haber ido.

Quisiera decirte mil cosas, pero creo que con esto,
ya fue demasiado.


                                

martes, 25 de octubre de 2011

Colgado en el teléfono

Se me eriza la piel por completo, al fin me armé de valentía. Durante semanas lamenté no haberlo hecho, no se me ocurría que decirle, de qué forma.
¿Cómo saludarla y no morir en ese preciso instante? ¿Cómo controlar mis ganas de decirle que a pesar del tiempo aún la extraño?

Hola.
Cada vez te siento menos, que no es lo mismo que olvidarte.

Marco, corto, marco, tono y espero. Se me inquietan los pies, las piernas, al instante el cuerpo, luego me empieza a temblar la mano y atiende: Ahora sí, me titubea la voz.
Está del otro lado, esperando que le diga algo. (Y me largo)

Hola.
Cada vez te amo más, que no es lo mismo que perdonarte.

A continuación, fueron largos segundos de amor en discontinúo, de viejas anécdotas, de superar los rencores, de hacernos los importantes y abrazarnos con palabras. Precioso mal necesario.

Bueno, chau. Cortó.
¡Bah! Cortamos.
Esta vez los dos estuvimos de acuerdo con el final.

Nos prometimos, con cierto temor, volver a vernos algún día. Por más que la especialidad de la casa no sean las promesas cumplidas, creo que fue sincero de las dos partes.

Se siente el pitido de la línea. Hace rato que ella no está del otro lado. Su vida sigue, la mía se enreda un poco más. Y se figura así, conmigo, con cara de mil sensaciones, tristemente feliz, colgado en el teléfono por ese precioso mal necesario de haberla llamado, después de tanto tiempo.


                              

Fue rock

Está bien, entendí que se trata de actitud pura. Entonces, vamos a hacerlo.
Pantalón negro, ajustado a media máquina, cinto chapero y las llantas de siempre, las de la adolescencia. Remera blanca con poco estreno encima, la infaltable campera de cuero y en el bolsillo los anteojos negros bailando. Claro, si aparenta para cancherearla, sino, no.
Soy un confeso amante de los jueguitos para la tribuna.

Pelo entremojado, el perfume compañero de las mejores conquistas (elegido más por su cualidad cabalera que por su aroma). Sí, tengo mejores pero, ese, es místico.

“Ok. Venite”, dice el mensaje. Al parecer me habilitaron la parada. Salgo.

Es la actitud, es la actitud. Ponele rock papá. Varias cosas me repito, es que hace frío y no hay ganas de salir, lo hago para no quedarme varado como siempre.
Saco el auto sucio, adentro no está tan mal. Track 7, “Eleanor Rigby”, The Beatles. Repeat, hasta el cansancio que, claramente sé, nunca llega. ¿Alguien puede gastar un tema de ellos? Aunque estuviese rayadísimo y el disco no funcionara, el tema sonaría en mi cabeza sin escucharlo. Sí, hay mejores pero, ese, es místico.

“Ah, look at all the lonely people”, Eleanor rigby. Nunca lo había pensado bien pero es algo así como “Mirá a toda esa gente solitaria”. Cuando llego, la fiesta-reunión, es eso. Mucha gente solitaria. Tremendo antro para enamorarse y… a mi juego me llamaron.

Obvio, todo aparenta para cancherearla. Entonces, bajo del auto con los anteojos puestos, con los acordes en la cabeza, pateando alguna piedrita y por prender un cigarrillo. Es la actitud, es la actitud.

Empiezo a buscar a los anfitriones. Pité dos veces y ya se terminó. Estaba en otra.

“El es mi amigo”, me presentan.
“Bueno, nada, pasala bien, sentite cómodo”, me rematan.
Digo, me rematan literalmente.
¿Qué mierda hago acá yo solo? ¿Qué me hago el tipo piola? Ni siquiera soy la estrella de mis pesadillas.

Me sirvo algo bueno, que parezca fuerte pero que no lo sea tanto. Es que juego de visitante. Ponele rock papá.
Si, ya sé, estoy re blandito.

Por ahí, en la cocina veo que pasa, sacando fotos, la mina más normal del mundo. A mi juego me llamaron, me acabo de enamorar.

Sácate los anteojos, ridículo. Respiro hondo. Hay buena música de fondo. Digamos, no es con baile la cosa. Es sentados, charlas cool, buena onda, risas, anécdotas exageradas. Tremendo antro para enamorarse.
Meto el primer acierto de una cadena de afortunados sucesos. Le ofrezco fernet, acepta. Se ríe. No le dije nada, tampoco hice un papelón y se ríe. Brillante señal.
Largo charla, se prende. Nos prendemos. Las palabras vuelan alto, no me asusta para nada su intelecto. La prefiero así. No es hermosa, es normal,  que para mí es más que hermosa. En fin, actitud pura. De los dos.

No sé cómo, pero terminamos tirados en unos sillones durísimos, muertos a carcajadas, hablando de historia, de televisión, de nosotros o de lo que quisiéramos ser alguna vez. Nos miramos, nos callamos, nos sonreímos. Ahora, juntos hacemos jueguitos para la tribuna. Flota la histeria más divina sobre los pendejos.

“Ok. Besame”, dispara. Al parecer me habilitaron la parada. Beso.

Termina de sonar uno de Ben Harper y empieza la mística en melodía.
“Ah, look at all the lonely people”, Eleanor rigby.
“Que temazo”, le digo. Concuerda con un dulce gesto. Él que la hizo sonar es un genio.

“Mirá a toda esa gente solitaria”. Hoy estuve de suerte.

La beso. Repeat, hasta el cansancio que, claramente sé, nunca llega. ¿Alguién puede gastarse en sus besos? Aunque me doliera la boca como nunca, jamás dejaría de hacerlo. Y cuando lo deje, sus besos sonarán en mi cabeza. Hubo mejores pero, este, fue místico.

Chau, amanece. Qué domingos más lindos cuando despertamos besados y con dolor de cabeza.
Tengo ganas de volver a verla, pero no sé si será lo mismo.

Está bien, entendí que se trata de actitud pura. El responsable de la preciosa noche fui yo, fue ella también.
Fue buena onda.
Fue cool.
Fue raro.
Sucio y desprolijo. Fue sin pensar. Fue de perseguido.
Fue con The Beatles como soundtrack.
Fue de pantalón ajustado a media máquina y jueguitos para la tribuna.

Fue rock.


                               

martes, 18 de octubre de 2011

Cuando los ángeles bajan un ratito III

Que flor de mujer, que ganas de resistir, que coraje.
Coleccionista de collares y ruleros.
Los pasatiempos de la abuela eran impredecibles. Tejer algunas cositas que jamás usaría ‘pa el invierno’. Chapotear los pies entre la frazada y la bolsa de agua caliente.
Divulgar por oficio algún chisme avejentado, pasear en delantal por la casa, anotar números en papeles perdidos y, claro, dejar para sus nietos la libertad que a sus hijos nunca dió. Así funciona la justicia universal del gremio.

La muy turra me enseñó a vivir y se escapó. ¿Y ahora?

Pagaría, todo, para que me hubiera escuchado de más grande. Sobre el final, ya nadie sabía si estaba acá o se había ido.

La verdad es que la extraño horrores pero, a veces, cuando la leche tiene nata y alguna vieja por el barrio se calza los ruleros, la escucho decir: “Dale, hacelo ahora que en un rato llega tu mamá”. Que grande ella y que nene yo.

Embustera.

Hace poco me dejó a mano uno de esos papelitos que solía perder. Lo dejó, para que lo encontrara entre su caja de recuerdos. Quizás el número que allí escribió, nos comunica directamente. Pero, todavía no la llamé.

No sé si hace falta, siempre sabe regresar.

Regresa, me regala la libertad que me consuela
y me cambia, quizás, la vida entera.


                                

Las excusas del poeta III (El espejo)

El libro Las excusas del poeta (jamás publicado y mucho menos concebido) defiende que el amor es una sensación ‘meramente emocional’. Todo lo que tenga que ver con este mágico proceso, sucede allí, adentro nuestro. Lo demás, dice, son solo reflejos.
El cuerpo, hace la suerte de espejo.
A pesar de nunca comprender por completo los capítulos de este manojo de teorías amorosas, siempre termino en gracia con sus pergaminos.

El domingo desperté con mil dolores pero hubo uno, que fue gráfico y gratamente doloroso. Me había acostado sobre mi antebrazo usándolo, entero, de almohada. Y, sería detallar por demás, si cuento lo muy acalambrado que amaneció.

La cosa es que estuve todo el día con esa sensación de angustia o ‘meramente emocional’ de la que habla el libro, revolviéndome una y otra vez, hasta poder olvidarlo.
Despertar con el antebrazo dormido me hizo recordar a aquellas mañanas juntos, a las tantas veces que le presté mi pecho y sus recovecos para que pueda descansar tranquila. A las miles de veces que me acalambré todo para sentirla más cerca que al lado...

Una vez más, el libro Las excusas del poeta es irrefutable. A pesar de que los sábados por la noche intente olvidarla, los domingos amanezco dolorido y el cuerpo, haciendo la suerte de espejo, me cuenta que la extraño más que nunca.


                              

martes, 11 de octubre de 2011

La segunda parte

Inevitablemente, todos tenemos un día para recordar por siempre. Entre ellos, se destacan por su esencia, los más tristes. Son estos los que, inevitablemente, tenemos para recordar por y para siempre; U olvidarlos, de la misma forma.
Jamás voy a sacarme de la cabeza aquella mañana en que me desayuné con su olvido, con su repertorio de traiciones y mentiras. Es un conjunto de fotos, una serie de tomas que definen la peor escena de mi vida, mi sueño más trunco.
En el amor, la norma respeta lo que sucede con las películas: Las catalogamos como ‘maravillosas’ cuando nos cuentan finales desgarradores, no cumplen con lo que esperábamos o cuando alguien se va para nunca más volver (no importa de qué forma lo hace).
Así, soñamos con que algún día se realice la secuela y finalmente, Jack no se hunda en el fondo del mar o no fusilen a Guido y, de una vez por todas, pueda reencontrarse con la bella Dora y el pequeño Josué.
Extraña manera de maravillarnos.

Bienvenidos, amantes de lo imperfecto. Caprichosos por naturaleza, bohemios de a ratitos, inseguros. Bienvenidos a esta, la segunda parte de mi recuerdo inolvidable.

Que preciosos eran esos desayunos en los que dormíamos al mismo tiempo que nos besábamos, despegando los ojos de a poco, de risas leves, caricias extremadamente suaves. De amores y mermelada, sueños de café con leche, medialunas, medios locos, completamente perdidos de amor.
Que preciosos resultábamos los dos jugando temprano a los besos escondidos de vergüenza, a los pequeños roces.

Calculo, que jamás voy a sacarme de la cabeza aquella mañana en que me desayuné con su olvido. Pero, ¿a ella? ¿Esa mañana le significará algo? Es lo más increíble de estos días: A pesar de que se trata de la misma fecha, la misma hora, el mismo cuarto… para los dos simboliza algo totalmente opuesto (aunque comparta el tinte de tristeza).

Para mí, será la fecha más triste. La mañana en que sus mentiras me mostraron mil verdades.
Para ella, será la fecha más triste. La mañana en que fue más infiel que nunca. No conmigo, sino consigo misma, que es peor.
Extraña manera de perdernos, extraña mañana.

Hasta acá vamos, amantes de lo imperfecto. No saquemos conclusiones acertadas, sino vamos a perder nuestra razón para leernos. ¿Acaso no nos leemos por imperfectos?

Hasta acá vamos, no sea cosa que lleguemos a buen puerto.

Comenzamos a compartir los últimos textos de este espacio, preparen la nostalgia, será maravilloso. No por sus letras, sino por lo inconcluso.
Como en las películas, este final será desgarrador e inolvidable. Sueño con eso.

Que nunca lo olviden y esperen ansiosos ese momento en el que,
de una vez por todas, se estrene la secuela y los pensamientos incorregibles,
revivan a Jack, a Guido y a nuestros tristes amores truncos.


Será allí cuando esos días, puedan tener su segunda parte.
(O su tercera, según como se quiera ver...)




                              

martes, 4 de octubre de 2011

Lunas y estrellitas

Hacían dibujitos en el vidrio empañado, lunas y estrellitas. Claramente, había un clima perfecto. Él sube, apenas, el volumen de la siempre válida Out of tears, de los Stones. Ella, se desata el tapado de a dos botones, le insinúa, quiere que se dé cuenta.
Le roba un beso y lo esconde.
Ya está, van a ser felices un rato, al menos, hasta que les dure la adrenalina de la primera vez.
Si pudieran verlos, hay una fiesta en ese auto, se divierten como nunca, se regalan ese momento que necesitan hace mucho. Se animan a todo, fuman, escuchan una canción, comentan sobre un amigo en común y se cuentan el día.
Es una de las cosas que más extrañan de sus parejas, contarles lo que pasó, lo aburrido de la rutina, pero largarlo. La soltería no les deja escupirlo para afuera, y se terminan tragando toda la mugre.

Ella borra los dibujitos, él juega a sacarle fotos, ella le pega en la mano, así nomás, él se caga de risa, ella de frío, y viceversa.
Le roba otro beso, se lo muestra.
Ya son una sola cosa, uno arriba del otro, se matan a besos.
Le muerde la oreja, le aprieta el cuello contra las uñas, sus juventudes siguen más vigentes que nunca, intactas.
Le roba la ropa y la esconde. ¡Bah! La tira por el piso del auto que está oscuro. Al fin y al cabo, es lo mismo.
Se transpiran, se respiran, cada tanto se ríen de no saben qué, quizás, de estar olvidando algo (o recordándolo).
Él se cuida, los dos se cuidan.
Se enredan.
Nervios, ansiedad, demasiada onda o qué, pero él no puede seguir. Ella lo entiende, lo acaricia.

Ella lo cuida, él se deja cuidar.
Se enredan por segunda vez. Son fuego.

Pero, nervios, demasiada fantasía en el aire o qué, y él no puede seguir. Ella lo entiende, lo abraza y le regala un chiste.

Nunca terminaron de tener sexo, pero fue suficiente.
Él la trató como mujer, la pasaron bárbaro.
Ella, lo volvió feliz, se dejó cazar, fue presa fácil solo para hacerlo sentir bien.
Volvieron haciendo dibujitos en el vidrio, lunas y estrellitas.

Está claro, fue genial, hicieron el amor, sin hacerlo del todo. 


Aprendan de él, conquistadores de cartón. 
Aprendan de ella, mujeres de regalo.


                                

martes, 27 de septiembre de 2011

Existieron al fin

Se respira un puñado de silencio, yo pongo la mirada en el tránsito, a veces me distraigo fijando la visión en cualquier punto y me cuelgo por pensar justamente en eso: ¿Qué estará pensando?
Al rato, recuerdo el por qué de mi enojo y comienzo a disiparla de mi cabeza.
Ella apoya la frente hacia la derecha, contra el vidrio semi empañado, frío, retazo del buen clima que se había respirado y los besos que hace minutos nos habíamos dado. Afuera, hace viento y otras cosas típicas del invierno. Pocas luces, poca gente.
Pero estamos enojados y eso (no sé todavía por qué) hay que sostenerlo sin piedad, hasta el final.
El paso para solucionar la discusión sería intentar con una caricia que le arranque un poco de esa dulzura que me enamoró y de la cual, cada vez me muestra menos. Pero estamos enojados y dar el paso, sería ceder una vez más. Entonces, guardo el intento, guardo la caricia y ahorro mi bondad para en un futuro próximo arrepentirme por completo. Y otra vez, volvemos a ser los mismos egoístas de siempre.
Supongo que a todos nos pasa. Hay miles de veces en que podemos arreglar las cosas y conocemos con clara precisión la forma para hacerlo. Así y todo, pecamos de poco generosos y sostenemos cierto enfado soportando cualquier consecuencia. Y el corazón se va rasguñando, lento, pero se hiere al fin.
Se respira un puñado de silencio, se entristecen los minutos, subo un poco la música y me muero de bronca. Es que es preciosa, pero resigna su belleza para estar seria, se esconde detrás de su abrigo negro ajustado por el cinturón de seguridad. Cualquier noche de las nuestras, se hubiera recostado sobre mi hombro, me hubiese regalado un beso en cada semáforo y habría jugado con mi oreja incansablemente. Pero, quedaba claro: Lejos estaba de ser una noche de las nuestras.
Cada tanto, el calendario nos designa una velada de discusiones y caprichos, aleatoriamente. El problema es que en el sorteo, hace tiempo que perdemos y estas guerras de amor y berrinches, son cada vez más constantes. Y ahora sí, es difícil mantenerlo de pié. Cuanta rutina, cuanto tiempo, cuantos años, cuanto amor, cuanto, de todo. Tanto, que ya no cuento cuanto. Años.

La noche termina.

Llegamos a su casa y verla bajar del auto me alivia la tensión pero nuevamente me refleja que la estoy perdiendo, de la peor manera, poquito a poco, día a día.
La peor manera pero la más normal, la dolorosa. ¿Acaso existe alguna forma feliz para perder a un amor? No creo pero, quizás, deben existir maneras más sinceras, apelando al cariño que nos tuvimos, a lo que fuimos.
El problema es que para terminar una relación bajo esas circunstancias, requerimos de un coraje extremo, de un amor absoluto y de un nulo egoísmo. Eso sería ideal. Pero… esa forma es para los buenos, no para nosotros.
Entonces, aguantamos, a pesar de que resulte cada vez más fuerte la puñalada, y se nos arrebaten las sonrisas permanentemente. Aguantamos para no dejar ni terminar. Aguantamos, para no ver empezar a ella, a él, otra historia que supere (o iguale) la nuestra. Se los dije, se requiere de un nulo egoísmo. Es para los buenos (si en algún lado existen).
Sin darnos cuenta, volvieron los pensamientos incorregibles.

No todo debe ser como parece, también tenemos el derecho a pelear por nuestro amor. De lanzarnos en la epopeya de nuestros sueños. De caminar juntos y pasar las malas de la mano, sin soltarnos. Por amor, por el otro.
Y dar todo, sin buscar nada a cambio. Y al fin así, si la historia se termina igual, sabremos que dimos lo mejor para conseguir que funcione. Fuimos sinceros, pusimos el coraje en la mesa y estuvimos, aunque sea por un rato, de ese lado, el lado de los buenos, que, durante algunos minutos, existieron al fin.

                               

martes, 13 de septiembre de 2011

Cuando los ángeles bajan un ratito II

Hay cosas que el viejo habría disfrutado muchísimo. No sé, verme crecer, no tener que bancarse tantas malas noticias como en aquellos años, tomarse un último vaso de vino tranquilo.
Insisto, muchísimo.
Su pasión de barrio, de futbolero. Ver a su Boca querido en lo más arriba del planeta, a Maradona de técnico en la selección, abrazar a sus bisnietos, coronarse como el último resistente de Saavedra, o que se yo, tan solo tener a la vida un poco más.
Pero se escapó de acá porque quiso, sabiendo que algún día iba a volver.

Nunca se lo conté a nadie, pero el día de mi primer beso, la noche en que terminé la facultad, en cada cumpleaños de la abuela, en cada navidad, sé que el viejo anda dando vueltas por ahí. Y que se hace el boludo para que no lo veamos tomándose las sobras de las copas que quedaron sobre la mesa.

Sí, también gritamos goles juntos. Los de la tele, los de la cancha y los que hago yo cuando juego algún partidito.

Siempre sabe cuando regresar. El viejo es un grande.


Regresa, me regala una sensación que me consuela
y me cambia, quizás, la vida entera.


                                

Cuando los ángeles bajan un ratito I

Me acuerdo que lloraba como un nene, no tenía consuelo. Hasta entonces, la muerte además de darme miedo, me producía bronca.
Violeta se me acercó y con sus apenas cinco años me disparó: “No llores, él se fue a dormir al cielo”. Le creí, ella supo ver lo que nadie.

Estaba claro. Si él pudo hacernos tan felices a todos, ¿por qué no va a poder acostarse en las nubes?

Viole tenía razón, para los soñadores no existe la muerte. Ellos bailan, cantan, silban y duermen las mejores siestas allá arriba. Son increíbles, eternos y saben regresar cuando lloramos como nenes, tenemos miedo y bronca.

Regresan, vestidos de algo, para regalarnos alguna frase que nos consuele
y nos cambie, quizás, la vida entera.


                               

martes, 6 de septiembre de 2011

Dormí bien, amor

Le pedí un préstamo al tiempo y la noche me regaló sus concesiones. Fueron muchos minutos, más de dos horas seguro, revolcándonos en histeria, inclusive, hasta después de romper el hielo. Se notaba que el juego nos divertía además de seducirnos por completo.
Yo bailaba en el aire cada vez que lograba rozar tu mano de casualidad, mientras vos hacías de las tuyas dejándome oler la vainilla de tu perfume.
Hacía años que no estábamos así, habían pasado parejas de por medio, peleas sin sentido y miles de cuestiones que solo volvían aún más atrapante el reencuentro.

A veces no entiendo por qué no dejas que me enamore de vos. Quizás, seríamos felices de verdad. Pero acepto tus condiciones y reconozco que nuestros minutos de amantes se llenan de pasión justamente por cumplir con las legalidades de lo ilegal: No podemos ser infieles a las normas de la infidelidad. Está prohibido enamorarse, los abrazos deben ser tenues, casi parcos. Lo que sale de la cama es de otro dueño y tus besos me los regalo cuando vos querés, no cuando me interesa tenerlos.

Noches de semana en hotel que me hacen reventar los domingos en mi aburrida cama, extrañándote como el peor.

Hacía años que no estábamos así. Me abracé a tu cintura, te colgaste de mí cuello y no dejaste de besarme hasta las 6. Mojados, todos traspirados, desprolijamente felices, amanecimos, más vacíos que nunca pero plenos, sonrientes. Tenías el pelo húmedo y cantabas en ropa interior para tentarme por un rato. Es más, se me está escapando una mueca ahora. Me he es inevitable no recordarte con tremenda alegría.

“¿Bailamos? Imaginemos la canción…”, siempre me gusta decírtelo.
Un par de vueltas y otra vez amándonos como la primera vez, desordenando todo, pateando las sábanas al piso, desgarrándonos.

Le pedí un préstamo al tiempo y tuve cierta serenidad en la hora que pasó un poco más lenta que otras veces. Pero ya estamos en la puerta de tu casa, un beso y adiós. Quisiera quedarme a dormir con vos por más que nos pillen durmiendo juntos al fin. Quisiera desayunar sobre tu almohada, que almorcemos en el sillón y hagamos el amor todo el puto domingo. Quisiera que nos escapemos y que mañana no tengas que ir a pasear con él, que te escondas conmigo en algún lugar sin sol.

Culpas que nos pierden. Culpa de los dos, culpas que se van y vienen, según los meses. Culpas que son distancia y que hacen que nos amemos dos veces por semana y o una vez por año.

Mil veces te escuché decir que se trataba de ‘la última vez’ y sin embargo, me sigo criando con tus besos y esas Noches de semana en hotel que me hacen reventar los domingos en mi cama  aburrida, extrañándote como el peor.

Cuantas cosas que pienso y no te digo. Te despido con un dulce beso en la mejilla y el tenue abrazo que me habilita la norma antes mencionada. No digo nada de lo que pienso sólo por vos, no por mí. Sé que confesarte que sos lo más maravilloso de mi vida sería generarte problemas en vano, perderte más aún en aquella culpa de siempre. Por eso no insisto, por eso, por vos.

Me voy a dormir, esperando que pronto me llames o me lo insinúes. Mientras tanto, seguiré pagando aquel préstamo que el tiempo me concedió para nuestra eterna noche que terminó pero que pronto, volverá a empezar.

Dormí bien, amor.

Dormí sin culpa, que yo estoy para eso: Ser el culpable,
el que carga las responsabilidades y
vive condenado a vos,
para siempre.


                             

viernes, 2 de septiembre de 2011

Ideas y amores

Siempre fui adepto a tu cátedra.

De 7 a 9, cursaba en mi ansiedad, tratando de captar ese momento en donde pasabas, siempre, por la puerta de mi aula. Digo mía, porque claro está: Nos hacemos dueños de esos lugares donde nos formamos. Bajo esta norma le indicamos a otro: “Este es mi banco”, “Esta es mi escuela” o “Este es mi barrio”.

De 9 a 9.15, trataba de poner a la fortuna de mi lado y cruzarte en el buffet, haciendo la fila atrás tuyo, y que me regales algunas de tus frases inteligentes como: “hola”. Perdón, te idealizaba demasiado.

De 9.15 a 9.20, era ese ratito clave. El profesor tardaba, todos charlaban con todos y yo buscaba lucirme. Me contabas sobre el Partido Obrero, sobre la epopeya del “Che” en Bolivia, sobre revoluciones y eso de las venas abiertas que mucho no entendía, pero que adhería con la cabeza haciéndome el entendido.

Cada tanto, me repetías que los chicos de ese entonces no te seducían en absoluto. Que estaba lleno de ignorantes, superficiales y no sé cuantas cosas más. Pero que yo, era distinto, que me preocupaba la desigual situación.
Si ahora supieras que todo me lo enseñabas vos, que me pasaba horas leyendo para poder contestarte en esas charlas. Si supieras que fuiste mi ideología antes de que me mostraras la tuya que, al final, terminó siendo la mía.

Ideas y amores.

De 9.20 a 11.30, te pensaba científicamente, te leía en fotocopias, te estudiaba de a ratos. Miraba el pizarrón, debatía, te miraba, contestaba, te miraba y te miraba, y te miraba.

Ideas, amores, sociedad y estado. A las 12, me saludabas con un beso en la mejilla y por momentos, hacías que nada me importase.

Hubo una vez, en que el año de facultad terminó y me saludaste para siempre. Nunca pasamos de eso, compañeros.
Fuiste un anacronismo. Jamás me animé, siempre me resultaste mucho.

No sé si andarás haciendo la revolución por ahí, militando tus lindas ideas, peleando por lo que yo nunca me animo. No sé si al final te venciste y sos la más bella recepcionista de una multinacional.

No sé nada. Todo lo que aprendí, lo saqué de vos, de tu cátedra, esa que dictabas de 7 a 12 y de la que nunca me pude recibir.

Sos mi carrera pendiente, mis apuntes tirados
y el mejor resumen de mis 18 años.


                             

Numeral, opción B

Caminaba apurado, orgulloso del ramo de flores, con la carta en el bolsillo. El pelo mojado con efecto intacto de gel. Un botón al aire y la campera de jean tapando la chomba del colegio. Cuadras y cuadras.
A los dieciséis, completamente enamorado, no te importan las distancias, los esfuerzos, el tiempo y la plata. Mi vida se trataba de un par de horas en la escuela, alguna tarde de gimnasia y preocuparme sobre cómo hacer para verla aunque sea un ratito.

Detrás de un beso suyo, se escondía la existencia de mi universo.

Me transpiraban las manos, me dolía el estómago y extrañaba su perfume: Claro, estaba nervioso, había masticado un paquete entero de chicles de menta y olía a una mezcla de desodorantes que había vaciado sobre mi cuello.
Qué inocencia divina. Caminaba apurado, cuadras y cuadras.
Este tipo de recuerdos tienen la capacidad de ponernos felices o totalmente tristes. Así sucede con las anécdotas amorosas, las opciones son dos:

Opción A – Recordar esos años sabiendo que jamás volverá la inocencia que nos enamoró, aquella que hoy es una frivolidad con piernas.

Opción B – Recordar esos años sabiendo que alguna vez fuimos inocentes, que somos capaces de enamorarnos y que no nos venció la frivolidad. Con lo superficial, no cedimos. Somos como somos.

Numeral, opción B. Festejo saber que he crecido sin resignar mi forma de ser, ni siquiera por ella. Con lo superficial, no cedí. Soy como soy.

Entonces, se me pianta una sonrisa cuando recuerdo a ese ‘pibito’ de dieciséis, orgulloso del ramo de flores que le costó toda su fortuna de algunos pesos. Con la carta en el bolsillo, que escribió mientras lloraba. Porque ella era su Best Seller, era más que todo.
Por eso lloraba, por el miedo a perderla, los celos caprichosos y por no tenerla cerca. Por ella lloraba.
Ella era más que todo (para mí).

Y jamás me olvido, del camino a su casa, de lo hermoso que le quedaba la pollera escocesa y de las tardes de chocolates y golosinas. Así fue siempre nuestra relación, divinamente inocente, nos criamos juntos, aprendiendo a amar.

Cada tanto me veo reflejado en una vidriera y casi no me reconozco. Camino apurado, sin darme cuenta y con una suerte de desilusión permanente en los ojos. No hay ramos, ni flores, ni cartas. ¿Dónde me olvidé? ¿Dónde me perdí?
Si siempre supe que iba a pasar, ¿por qué tantas frustraciones? ¿Por qué el miedo?

Por más que nos creamos autosuficientes y demasiados estrategas como para controlarlo todo, cuando uno se enamora, se enamora. Y no somos lo que somos.

He aquí este puñado de contradicciones, un autor que dice haber superado algo que aún no se le quita de la cabeza. Un texto que parece tener su posición tomada y que, sobre el final, nos muestra que no, que el amor es una vez más ponderado.

¿Cómo están? Tanto tiempo…

¡Sí! Sonreí tranquila, esto va para largo.

¿Dónde nos perdimos?

¡Hay fiesta! Volvieron tus muecas…

Caminemos juntos una vez más. Apurados, pero juntos, como nunca.
Como siempre.

Solo recuerden, Numeral, opción B
Somos como somos, contradictorios, 
enamoradizos y viajeros. Salud.