Esa tarde creí que jamás la perdería. Estuve más seguro que nunca.
Ahora que pasó el tiempo, parezco más grande, me siento distinto, como si me hubieran cambiado.
De todas formas, las noches en donde pienso con claridad la recuerdo, la veo, acaricio al aire y hasta la extraño. A pesar del dolor, la extraño.
Siempre tengo en la cabeza aquella tarde que dijo ‘si’, con más miedo que certeza, con más atracción que cariño. Pero en definitiva susurró ‘si’ y se arriesgó a ser mía. Yo era suyo hace rato. Fue en el comedor de su casa, mientras su mamá planchaba en el living.
Llovía y yo percibía, de alguna forma, que el cielo me avisaba. No era una tarde más, la recordaría por un tiempo. Hasta hoy.
Supongo que a todos nos pasa. Hay días, horas y minutos específicos que nos cambian la vida y de distintas maneras, cuando los vivimos, nos damos cuenta de que serán importantes y quedarán guardados en nuestra memoria para siempre.
Esto no solo sucede con las cosas lindas, sino también con los errores.
Cada uno sabe, cuando los comete, que no está haciendo nada bien las cosas, pero espera a terminar de hacerlos y ahí recién nos arrepentimos.
Esa tarde creí que jamás la perdería. Estuve más seguro que nunca.
Pero se fue, y a pesar de saber que no fui lo suficiente, no logro aceptar el abandono, la traición y el deshacerse de los años como si se tratara de prendas gastadas, juguetes rotos, muñecos sin brazo.
No la entiendo, ni la quiero entender. No puedo olvidarme de sus ojos. Cada vez que nos mirábamos empezaba una historia, preciosa, que terminábamos al parpadear y empezando un tema de conversación.
Amor. Amor trunco. Desamor.
¿A quién le digo ´Te Amo’ ahora? Es la primera vez que me pasa, lo siento, me gusta sentirlo, pero no tengo como decirlo. Me duele.
Esa tarde creí que jamás la perdería. Estuve más seguro que nunca.
Pero las cosas no resultaron. Me duele. De distintas formas me duele.
Y debo aprender que vivir planificando el futuro es descuidar el presente. Aprender que no existe persona alguna capaz de comprender todos los pensamientos del otro. Aprender a disfrutar esos momentos en los que me doy cuenta que será importante.
Aprender a leer los errores y sobretodo, sus consecuencias, a quienes podemos lastimar con ellos. Cuando el aprendizaje suceda, habré entendido la lección que me dejó aquella tarde. Habré crecido un poco más y el recuerdo de sus ojos, de ese susurro que dijo ‘si’, volverá a ser algo valioso de mi adolescencia. Dejará de dolerme a la noche y lo guardaré en mi corazón como la tarde lluviosa más linda de mi vida.
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martes, 3 de agosto de 2010
Aquella tarde
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