Estacioné en aquel lugar semi oscuro que ya conocía, cerca del río. Sabía que iba a ser inevitable no acordarnos que por aquellas veredas, alguna vez, caminamos de la mano, pendejos, tontamente enamorados, inocentemente felices de la vida.
Hacía varios meses que no nos veíamos. Semanas que fueron eternidades y a su vez, sucedieron como instantes, rápidas, tranquilas.
La posibilidad de reencuentro me partía la cabeza. No podía dejarme llevar, tenía todo coherentemente planeado, el discurso preparado, los movimientos ensayados y cada desfachatez practicada. Conocerla de pies a cabeza, me daba cierta ventaja. Y claro estaba, no se trataba de una conquista amorosa más.
Era ella, otra vez, frente a mí. Éramos los dos, otra vez, cerca, a centímetros.
Nos perdimos en algún lugar de la avenida a reír nerviosos y a tomar algo. Llorábamos sin lágrimas, dolidos y contentos para, por fin, de regreso al auto, escaparnos con los primeros perdones.
Sabíamos que ninguno de los dos había sido un buen modelo de pareja. Pero, ¿quién lo es? ¿Quiénes pueden asumir la condición de perfectos amantes?
A su vez, ella reconocía sus errores que me habían destruido por completo. Aunque, por dentro, un poco conciente, un poco rencorosa, lamentaba saber que estaba de pié demasiado rápido. El golpe no me había matado. Ahora, estaba más fuerte que nunca.
Eran los mismos egoísmos de siempre. Éramos los mismos de siempre.
Fue para esos meses que la historia de estos pensamientos incorregibles había comenzado de forma contundente…
“Hace algunas semanas conocí la sensación más rara del mundo, el desamor. Aquellos que han recorrido gran parte del camino dicen que es una de las percepciones más dolorosas y del mismo modo, inevitable.
Es extraño porque al mismo tiempo en que sentís muchas ganas de llorar, hacés balances acerca del momento preciso en donde se encuentra tu vida y así entonces, algunas cosas se nivelan, otros sueños toman peso” (Desamor)
Supongo que a todos nos pasa, pero existen momentos donde convertimos al amor en una sutil competencia y olvidamos todas las premisas que nos recuerdan que se trata del juego más maravilloso del mundo. Entonces, la felicidad del otro nos da celos, y así, derrumbamos todo lo que construimos de a dos.
Creo que ella atravesaba ese proceso emocional tan complejo como triste. Sabía que me había destruido pero con sus ojos estaba viendo como yo estacionaba en aquel lugar semi oscuro, y estaba parado otra vez. Menos tonto, menos enamorado y más susceptible, amigo y artista.
“Quizás estoy en esa tapa donde el desamor te hace comprender que el primer amor que debemos sentir es a nosotros mismos, a nuestras causas, a nuestras ideas y sentimientos. Tenernos amor suficiente para ser un poco más felices de lo que nos dejan habitualmente.
Esto no trata de moralismos ni discursos cursis, dejemos eso para los capaces de la autoayuda.
Esto se trata de dejar de sabotearnos tanto, dar menos explicaciones y revelarnos ante esas reglas que solo nos hacen más tristes (Volver a encontrarnos)
En el auto, nos disparábamos miradas como balas y se respiraban viejas historias que merecían ser contadas una vez más, y sucedió.
Le hice una gambeta al llanto y respondí al dolor con un chiste, de esos que la habían enamorado. Maltratarla sería olvidar los años más felices de mi vida, ignorarla sería ningunear que me había hecho sentir más hombre que nadie, entonces entendí. Regalarle una estupidez y sacarle una sonrisa era pedirle perdón por lo que no pude ser y hacerle entender que siempre la amé con locura, a pesar de las cosas que me hizo, a pesar de sus errores, a pesar.
Ella me pegó el cachetazo más fuerte y no soy capaz de poner la otra mejilla, pero sí de mirarla a los ojos y enseñarle que siempre la amé con locura, a pesar de las cosas que me hizo, a pesar de sus errores, a pesar.
Nos fuimos de aquel lugar semi oscuro que ya conocía, cerca del río. Me abrazó y lloró como la última vez que nos habíamos visto. Me contuve y largué una mueca que había quedado pendiente. Había sido más que un rencuentro, había sido el final que merecíamos, el de perdones y sin rencores. El de recuerdos y olvidos.
Estacioné en aquel lugar semi oscuro que ya conocía, cerca del río. Me reencontré con ella después de varios meses, me reencontré con mi historia y sobretodo, me reencontré con el que siempre quise ser. Me saqué la mochila del odio y las broncas.
Después de tantos meses, me reencontré conmigo mismo, y no saben cuanto me extrañaba. Era otra vez yo.
“En el camino, hago las veces de galán y mi mano en su rodilla marca exacto signo de que estábamos contentos, como hace mucho que no podíamos, por nuestras cosas, por nuestras historias, por las veces que habíamos perdido contra el corazón y por que esa noche, de tanto probar, le empatamos.
Tratar de no perder otra vez.
Volví pensativo, ella me llamó para saber si había llegado bien. Esas cosas se hacen cuando es necesario volver a escucharnos, por última vez, y dormirse con la voz del otro”
Hacía varios meses que no nos veíamos. Semanas que fueron eternidades y a su vez, sucedieron como instantes, rápidas, tranquilas.
La posibilidad de reencuentro me partía la cabeza. No podía dejarme llevar, tenía todo coherentemente planeado, el discurso preparado, los movimientos ensayados y cada desfachatez practicada. Conocerla de pies a cabeza, me daba cierta ventaja. Y claro estaba, no se trataba de una conquista amorosa más.
Era ella, otra vez, frente a mí. Éramos los dos, otra vez, cerca, a centímetros.
Nos perdimos en algún lugar de la avenida a reír nerviosos y a tomar algo. Llorábamos sin lágrimas, dolidos y contentos para, por fin, de regreso al auto, escaparnos con los primeros perdones.
Sabíamos que ninguno de los dos había sido un buen modelo de pareja. Pero, ¿quién lo es? ¿Quiénes pueden asumir la condición de perfectos amantes?
A su vez, ella reconocía sus errores que me habían destruido por completo. Aunque, por dentro, un poco conciente, un poco rencorosa, lamentaba saber que estaba de pié demasiado rápido. El golpe no me había matado. Ahora, estaba más fuerte que nunca.
Eran los mismos egoísmos de siempre. Éramos los mismos de siempre.
Fue para esos meses que la historia de estos pensamientos incorregibles había comenzado de forma contundente…
“Hace algunas semanas conocí la sensación más rara del mundo, el desamor. Aquellos que han recorrido gran parte del camino dicen que es una de las percepciones más dolorosas y del mismo modo, inevitable.
Es extraño porque al mismo tiempo en que sentís muchas ganas de llorar, hacés balances acerca del momento preciso en donde se encuentra tu vida y así entonces, algunas cosas se nivelan, otros sueños toman peso” (Desamor)
Supongo que a todos nos pasa, pero existen momentos donde convertimos al amor en una sutil competencia y olvidamos todas las premisas que nos recuerdan que se trata del juego más maravilloso del mundo. Entonces, la felicidad del otro nos da celos, y así, derrumbamos todo lo que construimos de a dos.
Creo que ella atravesaba ese proceso emocional tan complejo como triste. Sabía que me había destruido pero con sus ojos estaba viendo como yo estacionaba en aquel lugar semi oscuro, y estaba parado otra vez. Menos tonto, menos enamorado y más susceptible, amigo y artista.
“Quizás estoy en esa tapa donde el desamor te hace comprender que el primer amor que debemos sentir es a nosotros mismos, a nuestras causas, a nuestras ideas y sentimientos. Tenernos amor suficiente para ser un poco más felices de lo que nos dejan habitualmente.
Esto no trata de moralismos ni discursos cursis, dejemos eso para los capaces de la autoayuda.
Esto se trata de dejar de sabotearnos tanto, dar menos explicaciones y revelarnos ante esas reglas que solo nos hacen más tristes (Volver a encontrarnos)
En el auto, nos disparábamos miradas como balas y se respiraban viejas historias que merecían ser contadas una vez más, y sucedió.
Le hice una gambeta al llanto y respondí al dolor con un chiste, de esos que la habían enamorado. Maltratarla sería olvidar los años más felices de mi vida, ignorarla sería ningunear que me había hecho sentir más hombre que nadie, entonces entendí. Regalarle una estupidez y sacarle una sonrisa era pedirle perdón por lo que no pude ser y hacerle entender que siempre la amé con locura, a pesar de las cosas que me hizo, a pesar de sus errores, a pesar.
Ella me pegó el cachetazo más fuerte y no soy capaz de poner la otra mejilla, pero sí de mirarla a los ojos y enseñarle que siempre la amé con locura, a pesar de las cosas que me hizo, a pesar de sus errores, a pesar.
Nos fuimos de aquel lugar semi oscuro que ya conocía, cerca del río. Me abrazó y lloró como la última vez que nos habíamos visto. Me contuve y largué una mueca que había quedado pendiente. Había sido más que un rencuentro, había sido el final que merecíamos, el de perdones y sin rencores. El de recuerdos y olvidos.
Estacioné en aquel lugar semi oscuro que ya conocía, cerca del río. Me reencontré con ella después de varios meses, me reencontré con mi historia y sobretodo, me reencontré con el que siempre quise ser. Me saqué la mochila del odio y las broncas.
Después de tantos meses, me reencontré conmigo mismo, y no saben cuanto me extrañaba. Era otra vez yo.
“En el camino, hago las veces de galán y mi mano en su rodilla marca exacto signo de que estábamos contentos, como hace mucho que no podíamos, por nuestras cosas, por nuestras historias, por las veces que habíamos perdido contra el corazón y por que esa noche, de tanto probar, le empatamos.
Tratar de no perder otra vez.
Volví pensativo, ella me llamó para saber si había llegado bien. Esas cosas se hacen cuando es necesario volver a escucharnos, por última vez, y dormirse con la voz del otro”
(Tres minutos, diez segundos)
Estas han sido nuestras 23 canciones.
Antes de que empecemos cualquier tipo de ceremonia formal, debo pedirte perdón. Sentate al lado mío, la cama está fría pero la historia debe terminar donde comenzó.
Hoy, como lo hicimos hace tiempo, hagamos justicia.
Es necesario entender que este pensamiento se trata de disculpas y gracias, no de una batalla más, ni de habituales discusiones, ni de replanteos filosóficos.
Por primera vez, escribamos un final que se adapte a lo que sentimos.
El marco es perfecto, aunque la situación es confusa.
Sentate al lado mío, la cama está fría pero la historia debe terminar donde comenzó.
El colchón tiene la particularidad de ser el escenario principal de nuestra vida amorosa. Allí, se manifiestan las peleas más complejas, los desgarros más intensos del corazón pero también reconciliaciones maravillosas, mil revuelques intensos, las caricias más tiernas y los repasos más precisos… y es hora de eso, de recordar en su preciso orden lo que vivimos juntos.
Hemos hecho berrinches de nenes apenas sufrimos el desamor. Caprichos que fueron un placer cuando vimos a Martina corriendo en el comedor, sonriendo para la foto que soñamos en sacar aquella tarde, en que nos creímos eternos enamorados.
Juntos tiramos todo a la basura pero, atentos como siempre, guardamos lo inolvidable en el placard. Así, encontramos el folio de las 23 canciones que cantamos para nuestro CD de ‘Grandes Éxitos’ y entendimos, como nunca, que amar era salirse del vértice, romper con lo que nos quieren hacer creer que es la vida.
A pesar de que pensábamos que íbamos a morir en el intento, fuimos a recuperar los sentidos en el peor invierno de nuestras vidas. Entendimos, que debíamos intentar vivir de a ratos si alguna vez soñábamos con volver a encontrarnos.
Y dimos vuelta el refrán para entender que ‘Corazón que no ve…’ ojos que no sienten. De esa forma, nos creímos las mentiras que inventábamos para sentirnos mejor y una vez que lo logramos fuimos a por más. A derribar las injusticias cotidianas, la costumbre de perder, aunque tengamos que perdernos otra vez en el intento. Al final, lo importante, lo aprendimos, es dejar huella.
Y cuantos fuimos los muchos que tuvimos cada semana un ‘sueño de martes’, cargado de esperanzas y tristezas. Es que esto fue un hermoso juego del que participaron Inocentes, felices y muñecos que se dedicaban a armar rompecabezas en medio de rutinas que ilusos e ilusiones derrumbaron.
¿Qué fue lo que más aprendimos?
¡Ah! Claro… Que siempre debemos tomarnos ese maravilloso y justo recreo para enamorarnos, aunque sean solo tres minutos, diez segundos. No debemos resignar.
Es importante llegar al final y poder disfrutar de la paciencia del mar sabiendo que pese a cualquier discusión somos parte de un espacio, un lugar, un grupo que no quiere cerrar los ojos sin haber amado lo suficiente. Es importante llegar al final y saber que los viajeros de la canción 22 estarán, siempre, caminando detrás.
Se vuelve a repetir el silencio perfecto que tanto nos erizó la piel. De fondo, respiramos, lloramos, apretamos los labios y pensamos si en verdad vamos a volver a hablar.
Antes de que empecemos cualquier tipo de ceremonia formal, debo pedirte perdón. Sentate al lado mío, la cama está fría pero la historia debe terminar donde comenzó.
Hoy, como lo hicimos hace tiempo, hagamos justicia.
Gracias por dejarme quedar aquí, con vos, todo este tiempo. Ha llegado el momento de partir.
¡Que lindo abrazo! Basta que me pongo a llorar…
No estemos tristes porque terminó, disfrutemos porque ocurrió.
Ahí va mi beso en la mejilla, una mirada y un ‘nos vemos pronto’, te quiero y hasta luego.
Estas han sido nuestras 23 canciones.
Antes de que empecemos cualquier tipo de ceremonia formal, debo pedirte perdón. Sentate al lado mío, la cama está fría pero la historia debe terminar donde comenzó.
Hoy, como lo hicimos hace tiempo, hagamos justicia.
Es necesario entender que este pensamiento se trata de disculpas y gracias, no de una batalla más, ni de habituales discusiones, ni de replanteos filosóficos.
Por primera vez, escribamos un final que se adapte a lo que sentimos.
El marco es perfecto, aunque la situación es confusa.
Sentate al lado mío, la cama está fría pero la historia debe terminar donde comenzó.
El colchón tiene la particularidad de ser el escenario principal de nuestra vida amorosa. Allí, se manifiestan las peleas más complejas, los desgarros más intensos del corazón pero también reconciliaciones maravillosas, mil revuelques intensos, las caricias más tiernas y los repasos más precisos… y es hora de eso, de recordar en su preciso orden lo que vivimos juntos.
Hemos hecho berrinches de nenes apenas sufrimos el desamor. Caprichos que fueron un placer cuando vimos a Martina corriendo en el comedor, sonriendo para la foto que soñamos en sacar aquella tarde, en que nos creímos eternos enamorados.
Juntos tiramos todo a la basura pero, atentos como siempre, guardamos lo inolvidable en el placard. Así, encontramos el folio de las 23 canciones que cantamos para nuestro CD de ‘Grandes Éxitos’ y entendimos, como nunca, que amar era salirse del vértice, romper con lo que nos quieren hacer creer que es la vida.
A pesar de que pensábamos que íbamos a morir en el intento, fuimos a recuperar los sentidos en el peor invierno de nuestras vidas. Entendimos, que debíamos intentar vivir de a ratos si alguna vez soñábamos con volver a encontrarnos.
Y dimos vuelta el refrán para entender que ‘Corazón que no ve…’ ojos que no sienten. De esa forma, nos creímos las mentiras que inventábamos para sentirnos mejor y una vez que lo logramos fuimos a por más. A derribar las injusticias cotidianas, la costumbre de perder, aunque tengamos que perdernos otra vez en el intento. Al final, lo importante, lo aprendimos, es dejar huella.
Y cuantos fuimos los muchos que tuvimos cada semana un ‘sueño de martes’, cargado de esperanzas y tristezas. Es que esto fue un hermoso juego del que participaron Inocentes, felices y muñecos que se dedicaban a armar rompecabezas en medio de rutinas que ilusos e ilusiones derrumbaron.
¿Qué fue lo que más aprendimos?
¡Ah! Claro… Que siempre debemos tomarnos ese maravilloso y justo recreo para enamorarnos, aunque sean solo tres minutos, diez segundos. No debemos resignar.
Es importante llegar al final y poder disfrutar de la paciencia del mar sabiendo que pese a cualquier discusión somos parte de un espacio, un lugar, un grupo que no quiere cerrar los ojos sin haber amado lo suficiente. Es importante llegar al final y saber que los viajeros de la canción 22 estarán, siempre, caminando detrás.
Se vuelve a repetir el silencio perfecto que tanto nos erizó la piel. De fondo, respiramos, lloramos, apretamos los labios y pensamos si en verdad vamos a volver a hablar.
Antes de que empecemos cualquier tipo de ceremonia formal, debo pedirte perdón. Sentate al lado mío, la cama está fría pero la historia debe terminar donde comenzó.
Hoy, como lo hicimos hace tiempo, hagamos justicia.
Gracias por dejarme quedar aquí, con vos, todo este tiempo. Ha llegado el momento de partir.
¡Que lindo abrazo! Basta que me pongo a llorar…
No estemos tristes porque terminó, disfrutemos porque ocurrió.
Ahí va mi beso en la mejilla, una mirada y un ‘nos vemos pronto’, te quiero y hasta luego.
No planté un árbol, pero quizás planté una semilla en vos. No tuve un hijo, pero la viste a Martina más preciosa que nunca. No publiqué un libro, pero cada pensamiento ha sido una hoja de lo que vendrá.Te pido un solo favor, avísame si el árbol florece.
Llamame si Martina te visita y se porta mal.
Y sé paciente porque dejo de escribir aquí para trabajar intensamente en ese libro que te prometí y que espero, guardes en el rincón más barnizado de tu repisa.
Gracias por tanto y perdón por tanto poco. Han sido más de 10000 las entradas y a su par en número, mis sonrisas.
Gracias por tanto y perdón por tanto poco. Han sido más de 10000 las entradas y a su par en número, mis sonrisas.
Estas fueron mis 23 canciones pero pronto nos volveremos a ver para compartir,
otra vez, los 5 poemas que nos quedan.
Esa será otra valija, otro viaje y otra aventura.