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martes, 21 de diciembre de 2010

Otra valija, otro viaje y otra aventura

Estacioné en aquel lugar semi oscuro que ya conocía, cerca del río. Sabía que iba a ser inevitable no acordarnos que por aquellas veredas, alguna vez, caminamos de la mano, pendejos, tontamente enamorados, inocentemente felices de la vida.
Hacía varios meses que no nos veíamos. Semanas que fueron eternidades y a su vez, sucedieron como instantes, rápidas, tranquilas.
La posibilidad de reencuentro me partía la cabeza. No podía dejarme llevar, tenía todo coherentemente planeado, el discurso preparado, los movimientos ensayados y cada desfachatez practicada. Conocerla de pies a cabeza, me daba cierta ventaja. Y claro estaba, no se trataba de una conquista amorosa más.
Era ella, otra vez, frente a mí. Éramos los dos, otra vez, cerca, a centímetros.
Nos perdimos en algún lugar de la avenida a reír nerviosos y a tomar algo. Llorábamos sin lágrimas, dolidos y contentos para, por fin, de regreso al auto, escaparnos con los primeros perdones.
Sabíamos que ninguno de los dos había sido un buen modelo de pareja. Pero, ¿quién lo es? ¿Quiénes pueden asumir la condición de perfectos amantes?
A su vez, ella reconocía sus errores que me habían destruido por completo. Aunque, por dentro, un poco conciente, un poco rencorosa, lamentaba saber que estaba de pié demasiado rápido. El golpe no me había matado. Ahora, estaba más fuerte que nunca.
Eran los mismos egoísmos de siempre. Éramos los mismos de siempre.

Fue para esos meses que la historia de estos pensamientos incorregibles había comenzado de forma contundente…

“Hace algunas semanas conocí la sensación más rara del mundo, el desamor. Aquellos que han recorrido gran parte del camino dicen que es una de las percepciones más dolorosas y del mismo modo, inevitable.
Es extraño porque al mismo tiempo en que sentís muchas ganas de llorar, hacés balances acerca del momento preciso en donde se encuentra tu vida y así entonces, algunas cosas se nivelan, otros sueños toman peso” (Desamor)


Supongo que a todos nos pasa, pero existen momentos donde convertimos al amor en una sutil competencia y olvidamos todas las premisas que nos recuerdan que se trata del juego más maravilloso del mundo. Entonces, la felicidad del otro nos da celos, y así, derrumbamos todo lo que construimos de a dos.
Creo que ella atravesaba ese proceso emocional tan complejo como triste. Sabía que me había destruido pero con sus ojos estaba viendo como yo estacionaba en aquel lugar semi oscuro, y estaba parado otra vez. Menos tonto, menos enamorado y más susceptible, amigo y artista.

“Quizás estoy en esa tapa donde el desamor te hace comprender que el primer amor que debemos sentir es a nosotros mismos, a nuestras causas, a nuestras ideas y sentimientos. Tenernos amor suficiente para ser un poco más felices de lo que nos dejan habitualmente.
Esto no trata de moralismos ni discursos cursis, dejemos eso para los capaces de la autoayuda.
Esto se trata de dejar de sabotearnos tanto, dar menos explicaciones y revelarnos ante esas reglas que solo nos hacen más tristes (Volver a encontrarnos)


En el auto, nos disparábamos miradas como balas y se respiraban viejas historias que merecían ser contadas una vez más, y sucedió.
Le hice una gambeta al llanto y respondí al dolor con un chiste, de esos que la habían enamorado. Maltratarla sería olvidar los años más felices de mi vida, ignorarla sería ningunear que me había hecho sentir más hombre que nadie, entonces entendí. Regalarle una estupidez y sacarle una sonrisa era pedirle perdón por lo que no pude ser y hacerle entender que siempre la amé con locura, a pesar de las cosas que me hizo, a pesar de sus errores, a pesar.
Ella me pegó el cachetazo más fuerte y no soy capaz de poner la otra mejilla, pero sí de mirarla a los ojos y enseñarle que siempre la amé con locura, a pesar de las cosas que me hizo, a pesar de sus errores, a pesar.
Nos fuimos de aquel lugar semi oscuro que ya conocía, cerca del río.
Me abrazó y lloró como la última vez que nos habíamos visto. Me contuve y largué una mueca que había quedado pendiente. Había sido más que un rencuentro, había sido el final que merecíamos, el de perdones y sin rencores. El de recuerdos y olvidos.

Estacioné en aquel lugar semi oscuro que ya conocía, cerca del río.
Me reencontré con ella después de varios meses, me reencontré con mi historia y sobretodo, me reencontré con el que siempre quise ser. Me saqué la mochila del odio y las broncas.
Después de tantos meses, me reencontré conmigo mismo, y no saben cuanto me extrañaba. Era otra vez yo.

“En el camino, hago las veces de galán y mi mano en su rodilla marca exacto signo de que estábamos contentos, como hace mucho que no podíamos, por nuestras cosas, por nuestras historias, por las veces que habíamos perdido contra el corazón y por que esa noche, de tanto probar, le empatamos.
Tratar de no perder otra vez.
Volví pensativo, ella me llamó para saber si había llegado bien. Esas cosas se hacen cuando es necesario volver a escucharnos, por última vez, y dormirse con la voz del otro”
(Tres minutos, diez segundos)

Estas han sido nuestras 23 canciones.

Antes de que empecemos cualquier tipo de ceremonia formal, debo pedirte perdón. Sentate al lado mío, la cama está fría pero la historia debe terminar donde comenzó.
Hoy, como lo hicimos hace tiempo, hagamos justicia.
Es necesario entender que este pensamiento se trata de disculpas y gracias, no de una batalla más, ni de habituales discusiones, ni de replanteos filosóficos.
Por primera vez, escribamos un final que se adapte a lo que sentimos.
El marco es perfecto, aunque la situación es confusa.
Sentate al lado mío, la cama está fría pero la historia debe terminar donde comenzó.
El colchón tiene la particularidad de ser el escenario principal de nuestra vida amorosa. Allí, se manifiestan las peleas más complejas, los desgarros más intensos del corazón pero también reconciliaciones maravillosas, mil revuelques intensos, las caricias más tiernas y los repasos más precisos… y es hora de eso, de recordar en su preciso orden lo que vivimos juntos.

Hemos hecho berrinches de nenes apenas sufrimos el desamor. Caprichos que fueron un placer cuando vimos a Martina corriendo en el comedor, sonriendo para la foto que soñamos en sacar aquella tarde, en que nos creímos eternos enamorados.
Juntos tiramos todo a la basura pero, atentos como siempre, guardamos lo inolvidable en el placard. Así, encontramos el folio de las 23 canciones que cantamos para nuestro CD de ‘Grandes Éxitos’ y entendimos, como nunca, que amar era salirse del vértice, romper con lo que nos quieren hacer creer que es la vida.
A pesar de que pensábamos que íbamos a morir en el intento, fuimos a recuperar los sentidos en el peor invierno de nuestras vidas. Entendimos, que debíamos intentar vivir de a ratos si alguna vez soñábamos con volver a encontrarnos.
Y dimos vuelta el refrán para entender que ‘Corazón que no ve…’ ojos que no sienten. De esa forma, nos creímos las mentiras que inventábamos para sentirnos mejor y una vez que lo logramos fuimos a por más. A derribar las injusticias cotidianas, la costumbre de perder, aunque tengamos que perdernos otra vez en el intento. Al final, lo importante, lo aprendimos, es dejar huella.
Y cuantos fuimos los muchos que tuvimos cada semana un ‘sueño de martes’, cargado de esperanzas y tristezas. Es que esto fue un hermoso juego del que participaron Inocentes, felices y muñecos que se dedicaban a armar rompecabezas en medio de rutinas que ilusos e ilusiones derrumbaron.
¿Qué fue lo que más aprendimos?
¡Ah! Claro… Que siempre debemos tomarnos ese maravilloso y justo recreo para enamorarnos, aunque sean solo tres minutos, diez segundos. No debemos resignar.
Es importante llegar al final y poder disfrutar de la paciencia del mar sabiendo que pese a cualquier discusión somos parte de un espacio, un lugar, un grupo que no quiere cerrar los ojos sin haber amado lo suficiente. Es importante llegar al final y saber que los viajeros de la canción 22 estarán, siempre, caminando detrás.

Se vuelve a repetir el silencio perfecto que tanto nos erizó la piel. De fondo, respiramos, lloramos, apretamos los labios y pensamos si en verdad vamos a volver a hablar.
Antes de que empecemos cualquier tipo de ceremonia formal, debo pedirte perdón. Sentate al lado mío, la cama está fría pero la historia debe terminar donde comenzó.
Hoy, como lo hicimos hace tiempo, hagamos justicia.
Gracias por dejarme quedar aquí, con vos, todo este tiempo. Ha llegado el momento de partir.

¡Que lindo abrazo! Basta que me pongo a llorar…
No estemos tristes porque terminó, disfrutemos porque ocurrió.

Ahí va mi beso en la mejilla, una mirada y un ‘nos vemos pronto’, te quiero y hasta luego.

No planté un árbol, pero quizás planté una semilla en vos. No tuve un hijo, pero la viste a Martina más preciosa que nunca. No publiqué un libro, pero cada pensamiento ha sido una hoja de lo que vendrá.Te pido un solo favor, avísame si el árbol florece.
Llamame si Martina te visita y se porta mal.
Y sé paciente porque dejo de escribir aquí para trabajar intensamente en ese libro que te prometí y que espero, guardes en el rincón más barnizado de tu repisa.
Gracias por tanto y perdón por tanto poco. Han sido más de 10000 las entradas y a su par en número, mis sonrisas. 
Estas fueron mis 23 canciones pero pronto nos volveremos a ver para compartir,
otra vez, los 5 poemas que nos quedan.
Esa será otra valija, otro viaje y otra aventura.


martes, 14 de diciembre de 2010

Los viajeros de la canción 22

Sostengo cierta estabilidad, me dirijo en línea recta, el viento me pega en la cara y mi papá queda atrás con una suerte de sonrisa preocupante. Sabe, con absoluta certeza, que me voy a caer al piso. Solo espera que no sea demasiado fuerte.
Pierdo esa cierta estabilidad, me tambalea todo, el viento me pega de costado, en la espalda y hasta que ya no lo percibo. Ahí, me caigo.
Así, aprendí a andar en bicicleta. Así, aprendí a darme palos contra el suelo.
Sin rueditas.
En el momento, me pregunto por qué si sabían que me iba a caer me dejaron solo, me permitieron que lo haga. Si el raspón en la pera no me simpatiza y la frutilla en la rodilla tampoco.
Me pongo a llorar. Lo sé, fueron varias las veces que les conté de mis llantos.
Así, aprendí a vivir. Así, aprendí a levantarme.
Sin rueditas.
Después, al tiempo, entiendo el bien que me habían hecho. Son cuestiones inevitables.
Si queremos aprender a andar en bicicleta tenemos que entender que nos espera una serie de golpes y nerviosismos lógicos a cualquier período de adaptación.
Si queremos aprender a amar, tenemos que entender que nos espera una serie de golpes y nerviosismos lógicos a cualquier período de enamoramiento.
¿Pero qué vamos a hacer? ¿Vivir sin nunca andar en bicicleta? ¿Andar con rueditas toda la vida? ¿Vivir sin nunca volver a amar? ¿Amar con rueditas toda la vida?
No debemos restringir las ganas de sentirnos mejor.

Amantes y compañeros, bienvenidos a nuestra canción 22. Al parecer, ya se ve el final del cemento. Hemos transitado un camino de ripio, sinuoso, pero lleno de susceptibles y divinos sentimientos. Me guardo lo demás para nuestro final, la canción 23, la del martes que viene.

Se me vence la cabeza sobre la ventanilla, está empezando a amanecer. No escucho nada más que la melodía que puse de fondo, mis pensamientos y ciertos ruidos que solo la ruta nos regala.
Otra vez, los llevo de viaje.
En este momento, solo me entretengo pensando en ella y viendo pasar las líneas del asfalto una tras otra. Más atrás, un amarillo paisaje que aparenta fresco porque aún el sol no lo alcanza a iluminar del todo.
Supongo que a todos nos pasa, pero el amanecer en la ruta me provoca una temperatura corporal distinta a cualquier otro lugar. Por más que se trate de pleno enero, hace frío, se siente el viento que pega contra el auto y el resto del mundo se mantiene quieto.
Quizás un viajero se nos cruza en su regreso y el guiño se figura perfecto. Ellos vienen de donde nosotros vamos. Tarde o temprano seremos nosotros los que volvamos para darle lugar a otro viajero, en otro amanecer. Pero ahora es ahora y el destino está perfumado, esperándonos, con sus rincones, sus lluvias, sus frescas noches, y sobretodo, esos aromas únicos e irrepetibles.
Soy recurrente en los viajes y la ruta. Es que allá, soy más pequeño aún y tengo menos responsabilidades sobre las cosas. Solo me preocupo por el frío, el chiflete que entra por algún lugar del auto, la música de fondo, la posición del sol y los carteles que decoran el asfalto. Si la suerte está de mi lado, cruzo una mirada con un amigo, con un amor.
Insisto, me regala esa soledad que a veces necesitamos y que es la perfecta compañía.
Km 270.
Me es inevitable no pensar en la playa, es mi lugar en el mundo. Nací para morir allí. No sé si entiende, pero ya tengo muy claro cual es el recorrido que voy a hacer.
La primera vez que abrimos la puerta de una casa en la costa, sentimos ese olorcito hermoso que nos parte la cabeza, que nos trae millones de recuerdos. Creo que existe un fenómeno donde se anulan absolutamente el resto de los sentidos y solo el olfato funciona a su máximo potencial. En fin, quizás exagero, siempre me gusta hacerlo.
Pero no me van a negar que el perfume de la playa es inimitable por el de cualquier otro lugar…

Km 310. Levanto la cabeza de la ventanilla, amaneció.
Buen día a todos.

Amantes y compañeros, esta es nuestra canción 22. Al parecer, ya compusimos un estribillo pegadizo y será otro más de nuestros éxitos. Hemos grabado un disco rayado, con acoples y fuera de sincro, pero lleno de susceptibles y divinos sentimientos. Me guardo lo demás para nuestro final, la canción 23, la del martes que viene.

Porque, como siempre, perdí el hilo en la mitad del relato. Eso quiere decir que la paso bien con ustedes.
¿Sentiste el fresquito de la ruta?
Que lindo, ¿no?

Entre bicicletas y viajes de cuatro ruedas, me perdí en mi necedad y olvidé lo importante, que nos queda una charla pendiente y que ya no puedo seguir aquí, con mi cajita de pensamientos.

Es el momento perfecto. Sostenemos cierta estabilidad, nos dirigimos en línea recta, el viento nos pega en la cara y los demás nos miran de atrás con una suerte de sonrisa preocupante. Saben, con absoluta certeza, que volveremos a caer al piso. Solo esperan que no sea demasiado fuerte.
Así, aprendemos a crecer, a sentirnos mejor, a llorar cuando queremos pero a valorar esas lindas miradas que siempre están para cuidarnos.

Quién sabe, quizás en una de esas la estabilidad se volvió permanente, disfrutamos de un constante viento en el rostro y somos dueños de nuestra propia dirección.

Amantes y compañeros, compusimos nuestra canción 22., la que habla de un nene que aprendió a vivir en bicicleta, a besar sin rueditas, a amar con raspones en la pera y a compartir lo que escribe cuando el frío le eriza la piel en la ruta.


Jamás se volverá a retocar esta letra, única e irremplazable,
compuesta, por única vez, por los viajeros de cada martes.
Aquellos, los viajeros de la canción 22.

martes, 7 de diciembre de 2010

Discusión

Se rompe una carta, levantamos la voz para hacernos los importantes y rompemos en llanto. Nos vamos lastimando de a poco, a medida que seleccionamos en nuestra cabeza aquellos recuerdos y reproches que sabemos que van a lastimar al otro con fría precisión.
Así, comienza una guerra que solo puede arreglar el colchón y la nobleza de ceder.
20.12, la noche está hermosa pero en la oscuridad del cielo amaga la lluvia. Se huele el olor de la cena, que sube al cuarto, donde las cosas desde hace rato no están bien.
Ella está mirando la pared, de espaldas a él, que está sentado en la cama.
Probablemente atravesemos uno de los pensamientos más tristes, por diversas razones. Entre otras, el dolor que provoca el relato y la vergüenza que causa saber que hemos sido infieles a nuestras convicciones, a nuestras formas de apreciar cada momento de la vida.
20.14, la discusión es un poco más fuerte.
Supongo que a todos nos pasa, a veces somos contradictorios pese a saber que lo estamos siendo. Contradecirnos y ser absolutamente concientes de todas nuestras antinomias.
Entonces, surge un problema filosófico con nosotros mismos que, aunque parezca fácil de resolver, es de lo más complicado.
Cuando nos mandamos esas metidas de pata importantes, la mejor forma de sentirnos bien es peleando con quien nos hace saber que estuvimos mal. Pero entendemos, perfectamente, que estamos siendo injustos. Pese a eso, no nos importa, aumentamos la ceguedad sobre el error, nuestro egoísmo se eleva de igual forma.
Solos, no podemos enojarnos con nadie y las culpas dejan de ser tácitas.
20.21, relampaguea.
La discusión lleva unos diez minutos de duración, se vuelven eternos. A este punto del asunto ya se ha perdido la esencia y se grita por otras cuestiones.
Siempre sucede la misma historia, el punto de partida se ha corrido del eje y lloramos por otras cosas que nos duelen más. El comienzo de la pelea, no tiene nada que ver con el final.
Viejos rencores, de esos que nunca sanan.
Ella está mirando la pared, yo estoy de espaldas, sentado en la cama. Está bien, llegó el momento de asumir mi protagonismo en la historia, por eso la vergüenza.
20.25, ella rompe una carta que escribí hace dos semanas, levanto la voz para no escucharla y rompemos en llanto.
20.26, nos duele cada minuto.
Trato de no pensar que todo lo que se dice en esa habitación es verdad. Cualquier palabra que me crea por cierta, podría destruirme. De hecho, creo que me estoy desarmando sin darme cuenta.
Es que todavía no aprendimos a superar los errores que cometimos en el pasado, las heridas no dejaron de sangrar y así, es difícil crecer un poquito todos los días.
20 y monedas, no miro más el reloj, empieza a llover, no sé porque pero nos callamos, la lluvia genera silencio, nos damos cuenta de que estábamos violentos, respiramos un poco.
Me tiembla la boca, odio pelear y seco mi lágrima. Ella tiene los ojos rojos.
No sé si realmente nos merecemos esto. Quizás para castigo ya es mucho no tenernos.

No doy más, tengo ganas de volver a casa, me levanto y ella, me sujeta como tratando de impedir que lo haga. Hasta en eso somos contradictorios, nos gritamos como si supiéramos que la discusión es un ritual inevitable pero que al fin y al cabo, nada cambiará.
Lo que no sabemos es que con cada grito, las heridas se abren, se debilita nuestro corazón, tenemos más miedos y menos ganas de enamorarnos.
Ella no mira la pared, me busca a los ojos, pero no tengo más que decir y bajo.
Paso por la cocina, saludo con cabeza agachada y me voy, de vuelta a casa.
Deben ser más de las nueve, insisto en no mirar la hora porque el reloj puede mojarse.
Es que llueve, pero el agua me ayuda a disimular que estuve llorando sin consuelo. Nos habíamos lastimado demasiado.
La soledad se figura con un joven, caminando debajo de la lluvia, ya casi en verano, llorando por amor. Se figura en mí, aunque no esté de acuerdo con prestar mi imagen desenamorada.

21.10, en mi casa se sorprenden de mi regreso, ven mi cara, los ojos cuentan el resto y no preguntan.
Ceno en silencio, me cuesta la risa y no la imito. La discusión no me dolió tanto, pero no puedo entender como fui capaz de lastimar a propósito. El amor no se trata de eso, vivir tampoco. Que se vuelva imposible no lastimarnos, me averguenza.

Creo que fue menos doloroso de lo que pensaba. Pero me hizo recordar que tenemos una charla pendiente y que después del próximo pensamiento, tenemos que decidir que hacer con nosotros.
Sí, al parecer tenemos que cumplir con eso de tomarnos un tiempo, ¿te acordás?

No puedo hablar mucho, hasta me cuesta verte así, no te sale la sonrisa, se te armó como un nudo en la garganta, y no entendés por qué.

Vos mirás la computadora, en el reflejo mi último pensamiento y yo, sentado en tu cama tratando de explicar algo que nos va a doler pero que quizás sea lo mejor.
Cenemos juntos, solo pido que entiendas que me cuesta la risa y no me sale imitarla.

Te extrañé, como nos pasa después de discutir. Extrañamos horrores, nos lastiman rencores y podemos morir, si la historia se repite antes de que podamos reponernos.


martes, 30 de noviembre de 2010

La paciencia del mar

Puedo escuchar mis suspiros, hay tanta calma que me acuerdo de viejos ruidos con exacta claridad.
De fondo, el mar. No había rastros de la tarde, no había nada. Ni sombrillas ni heladeros. Solo, de fondo, el mar.
No había rastros de la tarde, no había nada.
Creo que para mí era suficiente, estaba todo.
La luna se peinaba en el agua y ahí, en el escenario de la noche preciosa, yo cruzaba los brazos y apretaba los dientes cada vez que el viento se apuraba.
Las noches de verano buscan eso, que podamos preocuparnos por el frío, que callemos un rato y que soñemos con las desventuras de la semana pasada.
Puedo escuchar mis suspiros.
Apoyo la nuca en la arena que se presta de almohada y me permite, más cómoda que nunca, disfrutar del suceso. Dicen que el mar, a la noche, es el ring ideal para que las estrellas puedan ganarle la vieja pelea a las luces de la ciudad. Allí, son más fuertes.
Al parecer, la victoria estaba consumada y todo lo demás eran apenas pequeños y molestos destellos de luz.
La luna se termina de poner linda, acomoda el cielo, duerme al viento y me enseña que lo maravilloso estuvo siempre acá, al lado mío.
Me saco las zapatillas y chapoteo los pies en el agua, tratando de no salpicar la arremangada bermuda. Sé que el mar está congelado pero también comprendo que es una de mis rebeldías cotidianas no abrigarme y pasar frío de vez en cuando.
Lo sé, ya me lo dijeron, ‘no está bien desabrigarse por que sí’. Pero, ¿la historia no está en salirse del vértice cada tanto?
Supongo que a todos nos pasa, hay veces donde necesitamos gritar muy fuerte y que el viento se lo lleve a donde quiera, cantarle al aire, tirar un par de lagrimas en la arena o, como suelo hacerlo, tomar frío y que no importe. Entonces, nos hacemos la revolución a nosotros mismos.
Zapatillas en una mano, corazón en la otra, corro y me mojo los pies en la orilla, vuelvo a la arena, me ensucio, me lavo, me ensucio, levanto los pies, me salpico al fin y hasta me animo con el agua en los tobillos.
Las noches de verano buscan eso, que estemos solos por un rato y que, cuando más oscuro aparenta, soñemos con acostarnos más tranquilos alguna vez para despertar, cuando al fin nos toque, menos superficiales y más profundos.

Las noches de verano buscan eso, que no las olvidemos.

Es 6 de febrero de hace algunos años, me parece que se me está yendo la adolescencia. Un poco por mis 17 que ya se notan y otro tanto porque ella me hacía sentir mucho más hombre que otra veces.
Es que nos tomamos fuerte de la mano y los pasos se volvieron más lentos. Ya habíamos llegado y solo quedaba hacerlo juntos.
Atrás del médano, estaba el mar, esperándonos, desde siempre y hasta hoy.
Quizás por mis tintes de sensible mis añoranzas siempre fueron más parecidas a pequeñas travesuras que a grandes sueños.
Pero nunca voy a olvidar esa noche donde jugamos a caminar por la playa, agarrados de la mano y del alma.
Hay lugares que son maravillosos por su simple esencia, pero se vuelven de ensueño cuando los transitamos con el amor de nuestras vidas. Es la magia de los lugares. Bajo estos pergaminos, a las personas se nos vuelven especiales las esquinas, los postes de luz, una bicicleta, un metro cuadrado de pasto, un retazo de cielo, un sillón o una ciudad completa; tan sólo porque allí dimos un beso especial, confesamos nuestro secreto, nos han develado la eternidad, hemos hecho el amor o simplemente, compartimos una sonrisa.
Las noches de verano buscan eso, los lugares también. Es que tienen la virtud de esperarnos para que algún día lleguemos y lo convirtamos en especial.

Puedo escuchar mis suspiros. De fondo, vos, que por esas cosas lindas de la escritura te fuiste a pasear conmigo al mar.
¿Estuvo hermoso, no? Lo sospeché.
Perdón por el tema del frío, es que estoy tratando de rebelarme y hago estas cosas. Ya voy a dejar de hacerlo, lo prometo.
Quizás este viaje juntos nos hizo bien. ¡Bah! Yo me siento mejor y lo demás lo calculo por tu cara contenta. Vos lo sabés, se pueden escuchar tus suspiros.

¿Dejamos la charla pendiente otra vez pendiente?
¿Te parece?
Está bien, esperemos un martes más.
No nos lastimemos, es demasiado lo que nos queremos como para andar reabriendo heridas.

Nos encontramos pronto.
Las noches de verano buscan eso, que podamos vernos, abrazarnos, derramar un par de lágrimas en la arena y planifiquemos nuestra huida a la playa. Siempre va a estar allí esperándonos, para que la convirtamos en especial.

Es la magia de los lugares, y la paciencia del mar.

martes, 23 de noviembre de 2010

Tres minutos, diez segundos

1.16 de la madrugada. Es la única vez que miré el reloj en toda la noche.
Hay un silencio perfecto. Al parecer, el mundo está parado hace un minuto.
La escena se adorna con una precisa lluvia que roza, sutil, el vidrio del auto.
El sonido del agua se funde con el de su agitada respiración, es que corrimos algunos metros para no mojarnos tanto.
Habíamos tomado algo, creo que una vez nos miramos a los ojos, rápido, y aunque tratábamos de ignorarlo, nos dimos cuenta de que algo pasaba.
Tocar, abrazar y hasta tirarse en una cama con una persona es mucho más fácil que sostenerle una sincera mirada por más de cinco segundos. Dicen que los ojos no mienten y que aquellos que poseen la cualidad de saber leerlos, pueden decodificar el alma de quien tienen delante. Los ojos cristalizan, explican y no callan. Claro estaba, nosotros no podíamos sostenernos la mirada hasta ese instante…
Hay un silencio perfecto. Al parecer, el mundo hace dos minutos que no se mueve.
La escena se adorna con su pelo mojado que ensucia el asiento del auto pero me despeja todo tipo de dudas.
El sonido del agua se funde con el de su agitada respiración, es que reímos algunos metros para no sentirnos tan tristes.
Tres minutos.
El tiempo justo que necesitamos para darnos cuenta si nos estamos enamorando o no.
Tres minutos, diez segundos.
Probablemente esa noche haya sido la más feliz de mis últimos meses. Resumí la felicidad en las pocas horas que duró y me di cuenta, de repente, que la vida se trataba de eso, tan solo eso. Noches felices, correr para no mojarnos pero disfrutar de cada gota que nos pega en la cara, reírnos para no estar tristes, mojar asientos y llorar.
Lloraba.
Sus ojos juntaron lágrimas cuando decidimos sostenernos la mirada.
Insisto, el silencio era perfecto y los dos, nos mirábamos como nunca. Me doy cuenta de lo que pasa, trato de desacomodarme y tiro una mueca, cortita. Ella se ríe de sonrisa entera, soltamos la respiración, la situación se vuelve contagiosa y se escapa la primera lágrima por su mejilla, alcanza su boca y se funde por ahí, hasta que no la veo más.
Baja la mirada y encienden el mundo que otra vez, se empieza a mover.
¿Qué nos había pasado? ¿Por qué estábamos jugando otra vez si la idea era no volver a hacerlo? ¿Quién escribió una historia en una noche donde solo era besar y escaparse?
Escapábamos.
Hay muchas personas que tienen miedo a sentirse bien y son constantes en replanteos como ‘si te beso una vez más me enamoro’, ‘si te acaricio otra vez, jamás voy a poder dejar de hacerlo’, ‘¿qué van a decirnos?’ Bla, bla, bla… Excusas para no ser felices.
Excusas.
Entonces, enciendo el auto, me acomodo la camisa, pongo una de esas canciones que suelo tener de fondo y empezamos el viaje de regreso, nos besamos cuando el semáforo dispone y hasta nos animamos al incomodo abrazo.
En el camino, hago las veces de galán y mi mano en su rodilla marca exacto signo de que estábamos contentos, como hace mucho que no podíamos, por nuestras cosas, por nuestras historias, por las veces que habíamos perdido contra el corazón y por que esa noche, después de tanto tiempo, le empatamos.
Tratar de no perder otra vez.
Volví pensativo, ella me llamó para saber si había llegado bien. Esas cosas se hacen cuando es necesario volver a escucharnos, por última vez, y dormirse con la voz del otro.
En fin, creo que el miedo es más normal de lo que parece, pero no deja de ser miedo. Supongo que nos lastimamos más siendo fríos que tratando de hacer lo que sentimos. La frialdad y la mezquindad del amor son cualidades poco onerosas, que nada tienen que ver con vivir.


¿Y vos, pensaste lo que hablamos?
Tenemos que decidirlo, sabes bien que si dejamos pasar el tiempo solamente nos vamos a lastimar peor.
No sé, hagamos una tregua. Extrañemos un poco.
Este es un buen momento para decidir…
Hay un silencio perfecto. Al parecer, pararon el mundo para que puedas leerme.
La escena se adorna con una sonrisa preciosa que se te está por escapar, sutil, frente a la computadora.
El sonido de tu vida se funde con el de mi agitada respiración, es que mientras lees yo camino por la historia con vos. Corro para no mojarme y sonrío para no estar triste.

Creo que una vez nos llegamos mirar a los ojos, rápido, y aunque tratábamos de ignorarlo, nos dimos cuenta de que algo pasaba.

Pensá de que se trata y el martes lo charlamos. Prometeme que te vas a tomar tres minutos para decidir y diez segundos, para arrepentirte.

martes, 16 de noviembre de 2010

Recreo para enamorarnos

Se enreda el pelo con una lapicera, mueve sutil su boca, juega con un chicle, se le escapa un globito, lo explota, se le escapa una sonrisa y queda en el aire.
Suena el timbre y, respectivamente, subimos y bajamos a las aulas.
Si hace calor y hay sol, ella me gusta.
Si hace frío y llueve, me gusta un poco más.
En una de esas, me animo. Le escribo una carta y musicalizo con las ecuaciones que, muy de fondo, repite el profesor de matemática.
En otra de esas, se la doy en la mano. Siempre fui sensible y temeroso, pero me animaba a este tipo de cruzadas. Supongo que me revolvía bien adentro y de esa única forma sacaba coraje para copar la banca.
Entonces, volvía sonrojado, caminando lento, haciéndome el distraído y charlando con cualquiera sobre cualquier cosa, con la certeza de que su mirada aún seguía en mi espalda.
Regresaba a casa y ocupaba todo el día en pensar su respuesta, en como iba a decírmelo, en la sonrisa que me dedicó cuando le rocé la mano.
Pasa una hora, y otra vez recreo.
Ya estaba grande, pero a su vez era chico. Pensaba y razonaba demasiado. Al mismo tiempo, era tan pendejo…
Gozaba del privilegio de estar madurando y no darme cuenta. Así, las obligaciones no eran muchas y las preocupaciones surrealistas.
Allí estaba ella. Pensaba y razonaba demasiado. Al mismo tiempo, era tan pendeja…
No puedo olvidarla, se enredaba el pelo con una lapicera, movía sutil su boca mientras jugaba con un chicle para luego hacer un globito, explotarlo, sonreír, dedicarme una mirada y desacomodarme simplemente con eso.
Existen personas con la capacidad de movernos del eje tan solo con una palabra, con una mirada, hasta con la virtud del silencio bien colocado.
Allí estaba yo, que me sobraban las horas y podía pasarme toda una semana (quizás más) planeando todo tipo de hazañas y confesiones por carta. Porque para mí la vida era eso, pensar en mi próximo amor e imaginarme la vida a su lado durante un par de días.
Tristemente, nos enseñan que cuando crecemos debemos ocupar nuestro tiempo en otro tipo de tareas que, según sostienen aquellos que conocen las formas válidad de vivir, son más productivas y menos bohemias.
Entonces, aprendí a pasar mis días trabajando y estudiando para llegar extenuado a esas horas de descanso donde intento recargar la energía para empezar de nuevo. Otra vez, lo de siempre, la rutina - Ese espacio que ocupamos planeando los años venideros que cuando llegan nos muestran que pasamos la mejor etapa de la vida proyectando un presente nostálgico y lleno de rencores – alguna vez ya lo dije, soy recurrente.
Quien pudiera no crecer.
Pero, crecemos.
Supongo que a todos nos pasa, el avance del tiempo tiene algunas cosas que me asustan un poco y este temor no tiene límite de edad.
Ya no poseer el privilegio de enamorarme cada tanto es notoriamente injusto.
¿Por qué a los 15 me enamoraba en el colectivo, en el club, en una fiesta?
Quizás no entendía mucho sobre el amor y debe ser precisamente por esta razón, que recuerdo aquellos años como los más felices y menos dolorosos.
Quien pudiera no crecer.
Pero, crecemos.
Y el amor se convierte en una temática de racionalización y en una más de nuestras preocupaciones. Pierde esa espontaneidad única, adolescente.
Cuanto menos intentamos comprender al amor, más lo valoramos. Cuánto menos atención le prestamos, más rápido llega.
Si pensaría durante un día entero en ella, como a los 15, mi cabeza estaría un poco más acomodada. Es que la recuerdo siempre en el tren, cuando estoy más tranquilo, y así no se puede decidir nada.
El periodo de enamoramiento representa al pico más alto de nuestra felicidad, donde los problemas se disipan, las nostalgias se corrigen y lo imperfecto toma una forma agradable.
Si algún día el hombre lograra sostener este periodo de forma incansable, habrá encontrado el secreto de su existencia y por fin, la eternidad estaría garantizada.

Hola, ¿cómo estás?
El día estuvo cambiante, mitad lindo, mitad gris.
¡Bah! Como nosotros… no vamos a andar quejándonos de la irregularidad del clima a esta altura del asunto.

Los martes cada vez llegan más rápido, nos leemos más seguido y nos extrañamos menos. Quizás se está terminando nuestro período de enamoramiento y le estamos dando lugar a la rutina. No tenemos que dejar que eso pase, seríamos contradictorios a nuestros pergaminos.

Cuando el amor de nuestra vida se va, por el motivo que fuere, lo empezamos a extrañar, nos deshacemos de la rutina y redescubrimos lo importante, lo que tanto nos enamoró alguna vez. Por más doloroso que resulte, eso también es amor.

Tal vez ha llegado el momento de armar la valija y, por un tiempo, llevar mis pensamientos incorregibles a pasear. Tal vez es necesario que nos tomemos un recreo para extrañarnos, un recreo para recuperar la esencia…


Sentate en la cama, hablemos, dame un abrazo, más fuerte, lloremos un poco más y decidamos… ¿es momento de un recreo para enamorarnos?


martes, 9 de noviembre de 2010

ilusos e ilusiones

Debe ser lo que más me dolió de todo lo que pasó.
Es una sensación aparte, indescriptible.

Cuando nos abandonan, le contamos sobre el final del amor a todos los que nos quieren, a los que nos preguntan percibiendo casi el mismo dolor. Hablamos sobre lo mal que nos sentimos, sobre lo que pasó, como fue, que nos dijo, que se olvidó de decir, que broncas tenemos, que cuentas quedaron pendientes. Pero hay algo que no decimos.
Debe ser porque es lo que más nos duele cuando pasa todo esto. Porque es una sensación aparte, indescriptible y que hoy, todavía, nos da vergüenza contar.
No tenemos miedo de decir que nos engañaron, no tenemos miedo de explicar que se fue y no va a volver, pero morimos de vergüenza cuando tenemos que contar lo desilusionados que estamos, porque en nuestra desilusión, están todos, los que creyeron en nuestros sueños, los que nos veían como una pareja inseparable, como el amor mismo, caminando, de la mano.
Que ilusos.
Ilusionarse es una sensación fantástica. Aquellos que saben bastante de la vida pero poco la viven, dicen que es un fenómeno que tendríamos que evitar. La hipótesis es lógica: Si no nos ilusionamos, jamás no desilusionaremos. Y así, todo nos va a causar menos dolor.
Ilusionarse es un período fantástico, y yo, que se poco de la vida pero que paso más tiempo despierto porque dormido no la valoro tanto, pienso que no se trata solo de un fenómeno y que debemos, con obligación, ilusionarnos lo más que podamos.
Ser bien ilusos.
Pero cuidado, desde ya están avisados de que van a sufrir, llorar y muchas veces hasta reír de bronca. No debemos tener miedo, de eso se trata vivir. Sentir cosas, que nos pinchen para hacernos dar cuenta de que respiramos y de que todavía no nos fuimos a ningún lado y que hay personas por las que vale la pena sonreír todas las mañanas, cuando el sol nos pega en la cama, después en la cara y decidimos sobre arrancar amargados o más contentos que ayer.
Felices, madrugadores e ilusos.
Pobre de aquel que no pueda ilusionarse con nada. Pobre de quienes ponen excusas para decir ‘no tengo con qué’.
Cuando el amor de tu vida te traiciona, te desilusionás, todo deja de ser casi perfecto y el enamoramiento, se quiebra, se rompe. Al mismo tiempo, no empiezan a ilusionar otras cosas. Por ejemplo, darnos cuenta de que no estamos solos, de que están los amigos, más lindos que nunca, más amigos que nunca. De que está la familia, más linda que nunca, más amiga que nunca. Y que hay otros sueños, trabajos, metas y quizás, otros corazones, ¿por qué no?
Entonces, no hay motivos para no ilusionarse.
Vivir de ilusiones puede que sea una de las formas de vida más peligrosas porque una ilusión es eso, una ilusión, un espejismo. ‘Ilusión’ se refiere a las expectativas que tenemos sobre algo (se dice que cuando algo nos motiva fervorosamente, estamos ilusionados), pero también existe la frase ‘pongo todas mis ilusiones en el, en ella’.
De esta forma comprobamos que las ilusiones tienen la cualidad de ser compartidas y hasta contagiables.
Bueno, ahora hablo por mí, que debo ser el más iluso de todos.
Pero me encanta vivir de esta forma.
Cuando me doy cuenta de que estoy compartiendo ilusiones con alguien, soy feliz. Cuando me doy cuenta de que estoy contagiando mis ilusiones a otra persona, me doy cuenta de que vivo.
Ya lo charlamos alguna vez por aquí. Si caminamos por la vida sin dejar huella, llegaremos al final y cuando miremos para atrás, todo estará igual que antes, habremos pasado por lugares y personas pero nadie se habrá dado cuenta de ello.
Creo que todos tenemos la ilusión de dejar algo en los demás y no somos capaces de darnos cuenta de que la mejor manera está al lado nuestro, en nuestra mesa, en nuestra rutina, que a pesar de ser aburrida y cansadora, cada tanto nos cruza con personajes que nos mueven el corazón, nos agitan la respiración, nos erizan la piel, nos hacen doler la panza y nos hablan de todo con una simpleza maravillosa.
Insisto.
Debe ser lo que más me dolió de todo lo que pasó.
Es una sensación aparte, indescriptible.

Y otra vez, la misma historia de siempre. Ella.
Me mató.
Era divina, perfecta, malhumorada, histérica pero divina, perfecta.
Cada mañana me ilusionaba planificando la vida a su lado.
Cada tarde me ilusionaba con un posible beso de ‘buenas noches’.
Y cada noche me ilusionaba con la certeza de que despertaría a su lado.
Insisto.
Me mató.
Un día, una mañana, me desilusionó como nunca… y como vivo de ilusiones, dejé de vivir.
Sabía que era peligroso, pero nunca tuve miedo.
Ahora me ilusiona saber que me siento mejor y que tal vez mañana, ya habré aprendido la lección.

Supongo que a ustedes también les pasa.
No me lo cuentan porque deben tener vergüenza, es normal.
Ya lo van a largar, ilusos… se piensan que no sé que todos lo sentimos alguna vez…

¡No sonrías!
De verdad, es más normal de lo que parece.

A todos nos duelen las desilusiones…
Pero no debemos tener miedo, porque toda desilusión está antecedida por una ilusión, y cuanto más grande es la frustración que sentimos es porque más grandes fueron nuestros sueños. Si soñar en grande, no es vivir… por favor cuentenme que es. Perdón que no entienda, soy el más el iluso de todos.

En fin, hasta el martes, hermosa semana y en estos días, me cuentan sus ilusiones. Si para el próximo ‘pensamiento’ todavía no se frustraron, quiere decir que están soñando de lo lindo y yo, así, voy a ser un poquito más feliz.


martes, 2 de noviembre de 2010

Rompecabezas

La caja tiene la foto de una cascada, esa es la imagen para armar.
A pesar de que ya conocemos cual será el resultado de nuestro trabajo, comenzamos el camino con total incertidumbre. Esa es la magia del rompecabezas.
Si la historia solo se tratase de armar un paisaje con pequeñas piezas de cartón, probablemente sería uno de los juegos más aburridos, pero esa no es la óptica correcta.
Hay quienes sufren de grandes ataques de ira cuando llegan al final y se dan cuenta de que falta una pieza, en el centro, como una caries de la fotografía. Enojarnos por este tipo de banalidades nos distrae de lo verdaderamente maravilloso. Fuimos capaces de resolver el problema, otra vez, y volvimos a disfrutar de la hermosa cascada.
Lo guardamos, pero en algunos meses, desempolvaremos la caja de nuevo y lo volveremos a intentar. Esta vez, con menos tiempo quizás.
Los rompecabezas tienen una extraña similitud con las sensaciones que siempre compartimos aquí. Cuando sufrimos por amor, las piezas se desacomodan, se hacen más pequeñas y no encontramos, bajo ninguna forma, aquella ficha que da por terminado un tramo completo de la imagen.
Acá es donde quizás debemos prestar más atención.
En no rendirnos tan fácil, tan rápido.
Un sábado a la mañana estaba tirado en la vereda de mi casa armando un rompecabezas. Si bien tenía 9 años, disfrutaba de la soledad como pocos. Nunca fuí para nada solitario, pero a veces la soledad es la mejor compañía que podemos tener.
Supongo que a todos nos pasa, pero hay días en que el mejor remedio para sentirnos acompañados es estar solos, pensar, hablar con nosotros mismos y recuperar aquellos recuerdos que se perdieron en algún lado.
En fin, tenía 9 años y estaba tirado en la vereda.
Luís, mi vecino, conciente de tener un año más, hacía las veces de rufián y rebelde de la cuadra. Entre sus grandes hitos de la maldad barrial se podían encontrar: Tirarle piedras a los sapos, ser un permanente tramposo en las bolitas, robarle un cigarrillo al padre y patearme el rompecabezas cuando yo jugaba en la vereda.
Esa mañana lo hizo, y las piezas se perdieron por todos lados, ví volar algunas que cayeron sobre el agua podrida, otras sobre la puerta de mi casa y algunas pocas resistieron enlazadas frente a mí.
Recuerdo ese día con exacta precisión porque a pesar de que tenía muchas ganas de llorar, me propuse volver a armar todo aunque tuviera que estar allí hasta que se haga de noche. Es verdad, paré para comer milanesa y una vez recargada la energía continué con el arduo trabajo. Las madres saben cuales son los incentivos indicados para cada momento.
Cerca de las 15, terminé con la epopeya. Faltaban 4 piezas y nada era como antes, el rompecabezas se me había llenado de tierra y había perdido un poco de gracia. De todas formas, me puse contento. Si bien nada volvería a ser lo mismo, había logrado rearmarlo y disfrutarlo de otra manera, quizás menos pretencioso, como en el amor.
Si la historia solo se tratase de armar un paisaje con pequeñas piezas de cartón, probablemente sería uno de los juegos más aburridos, pero esa no es la óptica correcta.
Rompecabezas.
Y mi historia con ella, otra vez.
Nuestro puzzle estaba armado y lo pateó para todos lados. Creo que tenía razón, nos habíamos aburrido de la cascada.
Pero no paro de pensarte.
Así es el desamor…
Rompe cabezas.
Y la mía se me parte.
Si pudiera tener la mitad de la fuerza que tenía a los 9, y rearmar todo aunque ya esté lleno de tierra y con olor a podrido…
Pero no puedo.
Es paradójico, pero cuanto más grandes somos, más débiles nos volvemos.
Debe ser porque empezamos a darnos cuenta un poco más de las cosas. De pronto, nos ilusionamos menos y la vida se vuelve más racional y menos fantasiosa.
Es paradójico, pero cuanto más grandes somos, más miedos tenemos.
Bueno, supongo que estoy creciendo.

¿Y nosotros como estamos a todo esto?
Ya no me acuerdo si sigo viviendo con ustedes o me fui… ya no me acuerdo de nada.

¡No sonrías! Es serio… De verdad lo digo.

De tanto quejarnos del tiempo, hace cinco martes que tenemos tardes soleadas, maravillosas, aunque no nos demos cuenta.

Creo que aquel o aquellos que suelen ordenar el clima, saben, con mucha certeza, que si los martes son lluviosos nos pondríamos todos a llorar. Entonces, en el sorteo… siempre nos toca el sol. De todas formas, estemos preparados por las dudas.

¿Nos volvemos a ver el martes?

A pesar de que ya conocen cual será el resultado al leer, comienzan el camino con total incertidumbre. Algunos dicen que esa es la magia de ‘23cancionesy5poemas’, este sitio. Rompe cabezas.
De todas maneras, yo sigo escribiendo para que algún día la carátula cambie y en vez de romper cabezas, Cure Corazones.

martes, 26 de octubre de 2010

Inocentes, felices y muñecos

Ya tenía 12 años y, a pesar de estar ‘grandote’, sacaba la caja de los muñecos y me imaginaba un mundo de fantasía en el que participaban mi hermano, más chico, más inocente y mi primo, más grande, aún más genio.
Así, todos los domingos, en lo de la nona, la vida se trataba de jugar un rato, de armar casitas, correr carreras y hacer partidos de fútbol de ligas y copas inexistentes, donde la amistad y el compañerismo se premiaban.
De todas formas, una vez que acomodaba mi lugar, con mis muñecos, no dejaba que nadie lo desordene. Hasta en los juegos, tenemos una cuota de egoísmo. Mi lugar, mis muñecos, mí and mí.
Ahora los números se dieron vuelta y los 21 me sorprenden parecido a aquel nene caprichoso. La caja de muñecos, que solo guarda los juguetes que tienen ese ‘valor’ especial, está encintada en el galpón de casa. Lejos, inalcanzable.
Si pudiera, la abriría, le diría a mi hermano, más grande, menos inocente, que llame a mi primo, más viejo, más racional, que juguemos un rato en lo de la nona, que está más viejita que nunca, pero que siempre guarda ese recoveco en el fondo de su casa… soñando que algún día los nietos se vuelvan a tirar al suelo y rían, como nunca, como siempre.
Hay lugares que tienen la cualidad de hacernos felices solo por estar ahí, esperándonos por si algún día queremos regresar.
Pero no puedo.
Ya estoy grande y debo asumir que la vida no está para eso. ¡Bah! es lo único que me dijeron y no recibí más instrucciones acerca de lo que debo hacer. Solo sé que no debo hacer cosas de nene. ¿Pero para que está la vida? ¿Cuáles son los propósitos? ¿Cuándo me llegan las nuevas indicaciones para aprender a vivir?
Supongo que a todos nos pasa. Existen momentos en que nos preguntamos acerca del paso del tiempo y en lo que hacemos. ¿A dónde vamos? ¿Qué cosas nos hacen felices de verdad? ¿Qué cosas nos engañan y nos hacen parecer contentos?
Muchas preguntas y, como hace rato, pocas respuestas.
Mí and mí.
Las personas que sufrimos el desamor perdemos una parte muy importante de nuestro amor propio que se va, con ellos, los que nos rompen el corazón. Entonces, la recuperación es un proceso de valoración personal. Cuando rehabilitamos el amor por nosotros mismos, empezamos a sanar y nos damos cuenta de que a pesar de estar llenos de errores, valemos más de lo que nuestra ex pareja estaba dispuesta a pagar.
Claro que yo estaba dispuesto a hacerle una rebaja y venderme casi a precio costo por unos pocos abrazos pero, de un tiempo a esta parte, ella había decidido no gastar en estupideces y ahorrar para irse de vacaciones a su burbuja de cartón.
En fin, no me compró y hoy, valgo el doble. No es que sea caro, solo que estuve muy barato en una época.
Las personas que sufrimos el desamor perdemos una parte muy importante de nuestro amor propio que se va, con ellos, los que nos rompen el corazón.
Y una vez que todo este proceso empieza a sanar las heridas, nos reencontramos, nos volvemos a cruzar en la esquina donde empezó todo y nuestro libro, escribe una página más antes de ser publicado.
Nosotros. Reencuentros.
Que risa, que chiste, que abrazo, que helado y las horas como nada.

Pero el momento llega y las preguntas también.

- ¿Con quién estás?
- ¿Cómo fue besarlo/a?
- ¿Estuviste en su cama?
- ¿Por qué?

Y como a los 12 años, ahora sí un poco más ‘grandote’, acomodo todo y no quiero que me lo desordenen.
Mi vida estaba armada, el estudio, el trabajo, los proyectos y el amor de mi vida. De pronto, uno se recibe, aparecen nuevas propuestas de laburo, los sueños se modifican y el amor de tu vida te deja una noche, ignora lo que sentís, no le importa y decide arrepentirse cuando ya las cosas están más que difíciles.
Muchas cagadas y, como hace rato, las cosas no se arreglan de un día para el otro.
Ya tenía todo acomodado y me lo desordenaron y, como a los 12, en lo de la nona, me pongo a llorar.
A pesar del llanto y de la bronca, siempre terminaba abriendo la caja y ordenando todo en su lugar. Aunque no quería saber más nada, al domingo siguiente, el juego empezaba de nuevo.
Y otra vez. Mí and mí.
Que difícil es compartir algo que ya no es tuyo. A pesar de que creo que es sumamente necesario mirarla a los ojos para poder olvidarla, me cuesta mucho no tener rencores. Porque lo que pasó después, pasó después. Pero yo nunca la traicioné, nunca. Y me miró a los ojos, y me juro amor eterno.
Como a los 12, en lo de la nona, pero a los 21, en su pieza, lloré de bronca. Me desacomodó todo, sin avisarme.
Por eso nada es como antes. Porque nosotros, no somos muñecos. Y porque esta vez, no me desacomodaron la casa de los playmobil. Me cambiaron la vida y aunque ambos planes tienen el mismo atractivo, es en la vida donde estas cosas duelen un poquito más.
Crecemos, cambiamos, vamos, volvemos, engañamos, olvidamos, nos engañan, nos olvidan, nos dejan de querer, se arrepienten, nos abandonan, para siempre, nos tiran, nos juntan, tiramos, juntamos, nos besan, nos abrazan y así, sabemos con una fina certeza que se nos pasan los días.
La semana pasada dos amigos soñaron conmigo un viaje, lejos, caro, de esos que cuestan. ¿Y por qué no? ¿Por qué se le ocurrió a alguien? Obvio que lo vamos a hacer, será cuestión de pensar y, a la vez, no pensar tanto.
Como en el patio de la casa de la nona…
Como siempre.
Como lo hacía con ella.

¿Y ustedes?
¿Cómo anduvo la semana?

Perdón, me colgué hablando de patios, primos y desamores.

¿En serio?
Ah, bueno, si les gustó me quedo tranquilo entonces.
Gracias.

Es que estoy con un par de cosas en la cabeza.
El fin de semana vino mi vieja y me pidió que ordene sí o sí dos asuntos. Y solo no puedo.
Tengo que acomodar mi vida.
¡Sí! Es que llego de la facu y dejo todo tirado, sueños, amores, personas y otras cosas. Pero, en fin, de eso me encargo yo.

La otra es el galpón.
¿Me das una mano?

¿De verdad? ¡Que bueno!

Venite entonces, tomamos algo rico, nos reímos, con suerte lloramos y me ayudas con el quilombo. De paso te muestro, hay una caja encitada, lejos, inalcanzable, que tiene mi infancia guardada hace algunos años.
La abrimos, nos vamos a lo de la nona, nos tiramos al suelo y somos, aunque sea por un ratito, inocentes, felices y muñecos.



martes, 19 de octubre de 2010

Sueño de martes

La música sonaba de fondo y con ella, hasta el sonido del viento se lucia.
Llevaba puesto un vestido floreado con perfume de naranja. La primavera bailaba en su cuerpo y su risa, blanca, simple y más simpática que alegría que suelo tener, combinaba con el perfecto brillo de sus ojos.
Así, preparaba el mate y sonreía con cada chiste que yo le hacía. Entendía cada uno de mis movimientos. Sabía que yo suelo hacerme el gracioso y, como ya les conté alguna vez por aquí, nos estábamos saliendo del vértice.
Cuando ella quiere, es lo más maravilloso del mundo.
El río también jugaba su parte, me ayudaba a recordar lo que sería, quizás, la tarde más linda de este último tiempo. O quizás, solo eso. Una tarde linda.
Entre tantas sonrisas, de lejos, suena mi celular y me entero, de golpe, que son las 6.30 y que hay que empezar de nuevo, que estaba soñando y que a pesar de que mis manos aún acarician su vestido de flores, es hora de despertar.
Los sueños se terminan, buen día.
La frustración que nos provoca el final de un sueño es probablemente una de las sensaciones más tristes que nos toca vivir. De todas formas, todo depende de cómo decidamos mirarlo. Lo que para algunos es un ‘nunca más’, para otros es la excusa perfecta para dormirse a la noche y tratar de recordar, aunque sea por un segundo, lo más lindo que les pasó. Y si no lo lograsen, lo intentarán mil veces hasta que un día el sueño vuelva a ser sueño. Lo que para algunos es un ‘nunca más’, para otros es la excusa perfecta para dormirse. Para tener una meta y otra vez, soñar. Simplemente eso, tener ganas de tener ganas y nada más.
Los sueños se terminan, buen día.
Jamás debemos perder la capacidad de soñar.
Cuanto más vivamos dentro de una fantasía, más felices seremos. Más comprenderemos acerca de vivir. Como ya se los dije alguna vez, es salir del vértice. Divertirse.
De la misma forma, cuando alguien sueña con nosotros, dejamos de ser personas tontas y mortales para volvernos eternos, recuerdo de lo que somos, de lo que dejaremos en los demás. Cuando sueñan con nosotros, salimos de nuestro cuerpo. Y allí, en la imaginación de otros, no morimos, no sufrimos, solo estamos.
Eso, es aún más maravilloso que la vida misma. Dejar algo en los demás, sonreír un par de veces, enamorarse y quedar en los sueños de otras personas. Si logramos dejar una pequeña huella, jamás dejaremos de existir.
Los sueños se terminan, y otra vez ella.
Con quien podía compartir una tarde en una plaza y estar allí sin estarlo.
Lo que llaman soñar despierto.
Y supongo que a todos nos pasa. Hay momentos donde lo que sentimos es tan lindo que una línea muy delgada diferencia lo real de lo irreal.
Desde que ella no está, no consigo darme cuenta si los años que pasamos juntos fueron verdad o una historia que me invento todos los días para hacerme mal. No entiendo como se pasaron los años, los momentos, los vestidos floreados y los perfumes de naranja.
Si ella sabía detener el tiempo con un beso, ¿quién lo acelera a propósito?
Los sueños se terminan, cuando la vida nos dice ‘buen día’. Y comprender esto como un suceso cotidiano es estar donde debemos estar. Vivir de sueños es descuidar el presente, es desatender lo que nos pasa.
Muchas veces vivimos pensando en el futuro. Viajes, hijos, casa, auto y olvidamos lo esencial del amor. Los besos, las sonrisas, la manito en el colectivo, el secreto al oído, la canción en el auto, ‘te quiero’, ‘te extraño’, ‘sos todo’. Olvidamos, por soñar. Por soñar, olvidamos.
Nunca sabemos lo que depara el destino. Pero cuando dos personas empiezan a soñar distinto, los caminos se bifurcan y solo se puede seguir de la mano cuando las cosas aquí, lejos de esos sueños, están bien.
Desatender todo para soñar, es eso, desatender la vida también.

¡Hablando de desatento! Se me hizo martes y no me dí cuenta.
Del clima no hablemos, basta de excusas, hace rato que los martes son más que preciosos.
Charlemos de nosotros.

¿Cómo te fue en la semana?
Y sí, para todos se hace complicado este tramo del año.

En fin, seguimos juntos, es lo importante. No sé por cuanto tiempo, pero no importa. Pensar en mañana es descuidar las horas que faltan para que termine hoy. Todos lo entendimos.

Los sueños se terminan, pero tranqui, falta menos para el próximo martes.
Sigo pensando.
Si yo sueño con vos y vos conmigo, somos menos simples y un poco más eternos. Bueno, está bien… no lo forcemos. Dejemos que pase solo. Solo espero dejar algo en ustedes y así vivir más que la vida misma.
Los sueños se terminan, pero es increíble, dentro de un rato empiezan otros.
Los sueños se terminan, buenas noches.

¿En un rato nos vemos? Yo me voy a tu cabeza, venite para la mía, te dejo las llaves atrás de la maceta.

¡Deja de sonreír! Que no te vas a dormir… y si no te dormís, vamos a tardar más en volver a encontrarnos.

martes, 12 de octubre de 2010

Perdernos otra vez

Martes, 21.36, la noche se desarma adelante mío que, como siempre, llego impuntual a la cita. El punto de encuentro nos esperaba ansioso, nuestro regreso, otra vez los dos.
Aquel barcito de Avenida Libertador, semi oscuro, sobrio y elegante, sería el escenario de la obra más difícil en la que me tocó actuar. Sería una nueva toma en la película, que hace unos meses, había terminado de otra forma.
Buscar otro final, el que nos merecíamos.

- ¿Cómo andas tanto tiempo?
- Bárbaro, de hecho, mucho mejor. ¿Vos?
- Muy bien, por suerte.

Al parecer, los dos habíamos decidido exagerar y así demostrar, frívolamente, como la vida nos sonríe desde que estamos solos.
Hay personas que juegan a eso, a mentirse sobre lo que sienten, sobre sus verdades, lo que les pasa. No se permiten llorar, no se animan a decir lo triste que están y mucho menos, a asumir esa condición como un proceso normal en el aprendizaje natural.
Como es habitual, ella.
Está más nerviosa que yo. Por debajo de la mesa, sus piernas se ponían inquietas. Por arriba, se tensaba, hasta parecía angustiada mientras reía. Ustedes deben entender mejor. Existen momentos donde las ganas de llorar que tenemos se anuda en la garganta y por más que riamos, disfrutando de alguna situación, de algún chiste… un abrazo podría hacernos romper en llanto.

Mitad histérica (conciente plenamente de la situación), un cuarto destruida, otro cuarto hermosa, se pide un café. Se lo traen y lo endulza con tres sobres de azúcar.
Mitad triste (inconciente plenamente de la situación), un cuarto destruido, otro cuarto haciéndome el lindo, me pido un café. Me lo traen y repito la misma operación con el azúcar. No alcanza. La tensa amargura de los sueños truncos.
Le pongo cuatro años de amor, algunas vacaciones en el mar, dos o tres caricias y ahí sí, supongo que lo vivido es demasiado dulce como para sacarle una sonrisa a todo el barcito. El café cambia su sabor.
Hace un tiempo que nos habíamos perdido y perderse, es mucho más que dejar de estar juntos. Cuando un amor se va, los huecos vacíos son más amplios que los llenos, los segundos más lentos pero, al mismo tiempo, la eternidad se vuelve un poco más corta.
El problema, y probablemente la consecuencia más compleja del desamor, es que no solo se trata de perder a una pareja. En todo esto, también se va una parte importante de uno, de nuestra esencia.
Supongo que a todos nos pasa. Estar perdido no significa ‘estar en cualquiera’. Miles de personas viven, trabajan, estudian, ríen y, aunque no lo aparenten, están perdidos.
Quizás para comprenderlo tendríamos que volver a cuando éramos más chicos y nuestros papás se nos iban de la vista en el supermercado. Nos angustiábamos como si jamás volveríamos a verlos a pesar de saber que solo nos separaban algunas góndolas.
Nos perdíamos, a pesar de que todo seguía en el mismo lugar.
Desde que nos perdimos, estamos perdidos.
Y otra vez perder, otra vez.
Como es habitual, todo queda atrás.
Ella se baja del auto, todavía no camina para su casa, pero será cuestión de un rato.
Los dos pudimos curar algo, pero todavía sentimos dolor.
Nos extrañamos a pesar de estar juntos.
De todas formas, también sabemos que nada volverá a ser lo mismo. Las heridas no se cierran y para volver a disfrutarnos, debemos madurar varios de nuestros sentidos, infantiles, caprichosos.
01.15 La noche se duerme.
Entra a su casa y otra vez se fue.
Hace unos meses hubiéramos dormido juntos.
Como es habitual, las rutinas cambian algún día.

Es martes, la primavera tiene algo de verano. Tengo ganas de irme de vacaciones.
Sí, dentro de poco me voy. Es justo, para que ustedes descansen un poco.

¿De verdad?
Yo tampoco quiero perderte.

Como es habitual, el brillo en tus ojos sigue intacto.
Ojo… se te está por escapar una sonrisa. Igual, es lindo verte sonreír a esta hora.

Hace un par de martes que me estoy ingeniando algunos planes. Hagamos una cosa.
Los invito a un barcito en Avenida Libertador, el café es amargo pero con las cosas lindas que dicen… no hay cuestión que no se endulce.
Espero que nada cambie.
Como es habitual, tengo miedo a perderlos, otra vez.

martes, 5 de octubre de 2010

La costumbre de perder

Las costumbres son aquellas cosas que son parte de nuestra vida sin ser necesariamente necesarias. Una costumbre nos identifica, nos muestra como somos, quienes fuimos y como seremos. A pesar de que sean imperceptibles, nos dibujan, nos figuran, nos determinan.
Acostumbrarnos.
Hay personas que se acostumbran a estar siempre acompañadas, al cálido afecto. Hay otras que se acostumbran al vacío, a tener una vida con cuerpo de cartón, a mentirse sobre su propia felicidad. Hay gente solitaria, de pocos abrazos. Hay gente, hay costumbres. Hay costumbres, cuando hay gente.
Como ven, las costumbres también pueden ser dolorosas.
No se trata de repetir la palabra ‘costumbre’ hasta el cansancio. Es la esencia de la costumbre: Repetirse hasta volverse costumbre.
Nos acostumbramos a pelear, a pasar los días como si tendríamos la eternidad garantizada o el futuro resuelto.
Sin duda, lo más difícil del amor es perder la costumbre.
Acostúmbranos a vivir sin ella, sin él.
Ella.
Sí, otra vez ella.
Promediando las 21.10, el ruidoso colectivo de la línea 707, de cartel rojo, hace su parada en la esquina de casa. Las ventanas de mi habitación perciben cada movimiento y suceso que ocurre en mi cuadra, que además de ser transitada, sueña con ser avenida. Me acostumbré al ruido a pesar de que viví en calle de tierra desde chico.
Como ven, hasta de las calles nos acostumbramos.
Ella.
Solía bajar del 707 y caminar algunos metros para en cuestión de segundos tocar timbre, visitarme.
Cuando uno vive sobre una cuadra transitada termina asimilando el ruido de los autos como parte del ambiente, del sonido natural.
A pesar de esa mala maña que solemos incorporar y sin explicar como, todavía sigo escuchando los frenos del colectivo que 21.10, minuto más, minuto menos, se detiene en la esquina.
Hace tiempo que intento descubrir por qué solamente percibo ese ruido y ningún otro.
Calculo, tomando como única premisa que aún la amo, que todo pasa por mi cabeza y que si algún día me asomara por la ventana, probablemente, el colectivo no estaría allí.
Sin embargo, jamás me asomo y decido seguir pensando en que algún día se va bajar, para en cuestión de segundos recorrer unos metros, tocar el timbre, visitarme.
Como ven, nos acostumbramos a mentirnos.
Quise ver una película el viernes, me preparé, puse el DVD y me morí en el intento. Ya lo había experimentado en el cine y me había salido bien. Supongo que ver una peli en el cine, tiene otros condimentos que aparentemente nos distraen un poco más. Pero en el sillón del living y frente a la tele, estamos solos y la falta de ese abrazo, de ese beso, se nota más que nunca. Apagué el reproductor, guardé la cajita y me fui a dormir. La película era otra, la misma de hace un tiempo, la de mi cabeza. La de ella. La mía.
Tendré que acostumbrarme.
¿Pero como hacemos?
Si el contador del DVD empieza, se escucha la música, el primer dialogo subtitulado y es inevitable no pensar en su abrazo, en su caricia, en su cara de… ‘¿Estará buena la película?’ en mi cara de… ‘Que me importa si te amo’
Nunca le prestaba demasiada atención a la trama. El mejor el film era su cara, comiendo un caramelo, concentrada, casi a oscuras (finamente iluminada por el reflejo de la pantalla). No hay mejor película que esa, no hay mejor banda sonora que escucharla respirar, cerca mío y que el mundo, pare, por un rato, para poder besarla sin tener que poner pausa.
Que ganas de dormirme viendo una película. Que ganas de dormirme. Con vos.
Entonces, ¿cómo me acostumbro?
Si el 707, de cartel rojo, nunca dejó de frenar a las 21.10
Si el reflejo de la tele se pierde a mi costado, sin alumbrar a nadie.
Si te extraño.
Si no me acostumbro.
Será cuestión de entender, como hace tiempo lo entienden.

¡Pufff… es martes! No me dí cuenta, fue una semana rara.
Hoy no me quejo del clima, hizo calorcito. Me animé a la remera y saqué el buzo de la mochila, aunque reconozco que apreté los dientes cuando el sol se fue y la ventanilla del tren no bajaba.
Que bueno que me dejen quedarme. Me acostumbré a que me traten así, a que me digan cosas tan lindas.
¿De verdad? ¿Vos también te acostumbraste?

¡Deja de sonreir!
¡Tenés una cara que da risa!

Está bien… te queda hermosa.

¿Nos vemos el martes?
Ya sé que falta mucho.

Bueno, hagamos una cosa, seguí el instructivo…

Tome el 707, de cartel rojo, y a las 21.10 baje, camine unos metros hacía atrás, cuente hasta diez y pare. Toque timbre, esa es mi casa. Detrás de la ventana va a estar el joven, el de los pensamientos incorregibles, como todos los días, escuchando el freno, imaginando la esquina y tratando de estar mejor.


martes, 28 de septiembre de 2010

Injusticias cotidianas

Desde que ella no está, mi celular se ha devenido en un simple despertador que, a veces, lo uso para mandar algún mensajito de texto.
Cada mañana que suena el sonido irritante de la alarma (elegido minuciosamente a propósito) suelo respirar profundo dos o tres veces, balbuceo durante momentos retazos de algún sueño que quedó inconcluso y me revuelco segundos más en la almohada.
Es paradójico, pero cuando el despertador decide sonar la almohada toma la decisión de ponerse más cómoda que nunca, más fresquita, y hasta más amoldable a cada recoveco de nuestras caras. Supongo que es lo injusto de lo cotidiano. No poder quedarse aunque sea media hora más y así, ser un poquito más felices.
Quien pudiera decir adiós a los compromisos que solamente nos distraen de la vida y quedarse, otro buen rato, durmiendo, haciendo justicia, ordenando lo que aquellos creadores de la rutina decidieron desacomodar.
Al fin y al cabo, quien pudiera revelarse y disfrutar de los pocos beneficios que nos suelen tocar.
Sonido irritante, movimientos de rutina, me siento en la cama y otra vez, bienvenido. Despierto y así, una marca más para el calendario del olvido. Ya se notan las marcas rojas sobre los días, vamos de a poco, pero al parecer a esto le llaman ‘tiempo’. Dejo que pase, casi no lo percibo.
Es martes, como hace rato. Llueve y camino de casa al trabajo… tengo ganas de correr el paraguas y que me pegue el agua en la cara. Sin embargo, llego solo con las zapatillas embarradas. Otra vez, las normas de no hacer lo que quizás me podía hacer un poco más feliz o simplemente, tenías ganas de hacer.
La semana se acelera y me basta pensar en que el sábado vendrá una linda noche para sentirme mejor. Pero lo cierto es que hay mucho de autoconvencimiento en todo esto. Las personas que están solas se atan a frases como ‘cuando estás solo recuperás el tiempo perdido’ ‘la soltería es una fiesta’ y vaya uno a saber cuantas más de estas… Existe un conformismo tan precario en todo eso. Creo que todos ellos se mueren por tener un amor en lo inminente, hasta lo buscan haciéndose los desentendidos. Darían todo por caminar de la mano con alguien, por unos mates a la veda del río, por un fin de semana cerca del mar, por un abrazo en el colectivo, porque sus celulares empiecen a recibir te quieros y te extraños, porque juntos, con alguien, la tarde de domingo le pegue en la nuca y lo deje más tonto, pero más enamorado.
Quizás existe un punto donde nos damos cuenta de que la verdadera fiesta es esa charla que poco dice pero que mucho significa, esa comida que ella te hacía de vacaciones, ese chupetín que él te regalaba y que vos, casi no agradecías. Supongo que es lo injusto de lo cotidiano. No disfrutamos nada hasta que lo perdemos. No puedo creer que ella no se acuerde de nada, no le haga ruido en la cabeza, no lo extrañe. A veces me manda señales pero, claro, no son suficientes.
Lo cotidiano.
El paso del tiempo es el único factor que puede volver a cualquier acción en ‘cotidiana’. Cuando tomarse de la mano se transforma en rutina, los sentidos no responden de la misma forma, porque deja de ser algo externo y casual para ser parte de nosotros. Lo cotidiano, es lo más difícil de olvidar.
Véase como ‘cotidiano’: Despertar juntos, hacer las compras solo para pasear por las góndolas del supermercado, reír de ternura, un abrazo en el cine, discutir para no aburrirse y terminar con un beso que vuelve a la pelea en una anécdota perfecta. Y la lista sigue, los recuerdos también.
Ya está, respiro, y trato de entenderlo: Supongo que es lo injusto de lo cotidiano.
Es martes, ¡que cabeza la mía! Me colgué con lo de cotidiano y no pude contarte nada. Debe ser que ahora, me es muy cotidiano colgarme. Pido perdón, solamente hablamos de esto.

Bueno, gracias.
Digo, por perdonarme.
Si pudieras mirarte a los ojos te darías cuenta de porqué sos más importante que nunca. Tenés la mirada de ‘claro, ¿cómo no te voy perdonar?’. Y aunque sé que me estoy quedando más de lo que prometí, por primera vez siento que no molesto.
Perdón por la confianza, pero voy a abusar de ella.
Un último favor.
Hace tiempo que quiero ganar una batalla, la peleo, pero me cuesta tanto… Empujá un poquito más conmigo, seguí con esa sonrisa que te queda preciosa y quédate un ratito más en la cama.
Quizás podamos hacer justicia juntos y así, poder pensar en otras cosas.
Gracias por estar allí. Que nos mimemos, que nos leamos, supongo, que es lo mejor para salir un rato de nuestras vidas, inventarnos una historia y estar en otros lados, sin estarlo. Llámenlo como quieran, pero supongamos, entre todos, que estamos haciendo un poco más justo a lo cotidiano.


martes, 21 de septiembre de 2010

Corazón que no vé...

Como han cambiado las cosas. Todos nos damos cuenta de que el tiempo pasa volando.
Una linda morocha se besa con un joven de contados granos en la cara. Todo sucede delante de mío, en los asientos enfrentados del tren.
Están enamoradísimos. Si pudieran ver los ojos de ella cada vez que sonríe quizás entenderían porque él pone esa cara de tonto cuando le agarra la mano.
Como han cambiado las cosas. Hace unos meses, posiblemente me hubiera muerto si estos dos se besaban frente a mí. Hoy los miro, se me escapa una sonrisa y dejo de mirarlos aunque sigo pendiente de lo que hacen, como todos.
Supongo que la mitad del vagón les tiene envidia y en ese preciso momento, repasan viejas historias, desamores y sueños partidos.
Como han cambiado las cosas. Yo también tuve contados granos en la cara y me parecía caminar por encima del mundo cuando ella me besaba. En todos lados, nos besábamos. Caminando, nos besábamos.
Ella.
Me hacía temblar la tierra. Solamente con saber que estaba cerca me cambiaba la cara, mis manos se inquietaban y se me aceleraban los latidos como si el corazón quisiera escaparse, lejos, para abrazarla.
Al parecer, existe una magia que es solamente ejecutable para los enamorados. Cuando uno ama a alguien, no sé como pero el aire se aliviana, el tiempo va despacio, el sonido menos perceptible se agudiza y aparece, ella. El viento le sienta divino al movimiento de su pelo, claramente en sintonía con el sol que la busca en cada reflejo. Patea unas piedritas que hacen un ruidito sereno, y el mundo para. Como si esa magia estuviera hecha para que todo vaya más lento. Las copas de los árboles juegan a no moverse y así, los enamorados, tienen un tiempo extra para mirarse un poquito más, para que el instante se haga eterno.
Ella.
Como han cambiado las cosas.
Esta semana la extrañé un poco menos.
Un amigo que anda con ciertos problemitas de corazón me pregunta como puede hacer para extrañar menos a su amor. Me callo, a veces digo poco, en mi silencio quizás esté la respuesta... pero es él quien debe encontrarla. Lo acompaño.
Si bien está claro que no existe un tiempo estimado para olvidar a alguien, los plazos los debe poner uno.
Extrañar es esa sensación que sentimos ante la ausencia de algo, de alguien. Cuando estamos con una persona sabemos, con absoluta certeza, que en algún momento dejará de estar a nuestro lado y así, comenzamos a extrañarla, a pesar de que todavía podamos tocarla, sentirla.
Aunque tengamos la extraordinaria capacidad para hacernos los desentendidos, todos sabemos cuando estamos perdiendo lentamente a la persona que está a nuestro lado. Mucho peor es que nunca hacemos nada para revertir esa situación. Cargamos las tintas sobre nuestra cabeza y nos autoconformamos con frases como ‘nos amamos mucho, jamás vamos a dejar de estar juntos’ o ‘es una crisis y nada más’.
Corazón que no vé, ojos que no sienten.
Creo que así esta frase es más precisa, casi sin margen de error.
Mientras nuestro corazón está medianamente bien, negamos absolutamente todo lo que nos pasa. A pesar de que la realidad es otra y lo que perciben nuestros ojos, sea innegable.
Supongo que de esa forma somos más felices. A veces, o tal vez siempre, la verdad es mucho más dolorosa que el cuento que nos inventamos. Entonces, le seguimos armando una historia a nuestro corazón sobre dos que se aman, nunca se pelean y otras mentiras piadosas.
Como han cambiado las cosas. Quizás yo nunca hice lo suficiente para que todo siga siendo lindo como antes. Pero, de todas formas, ella se había encaprichado en perderme, en reprochar cada defecto, en besar sin besar, en tirar todo al piso. Y ahí, en el piso, lo pisotea cualquiera.
Sería un necio si mis broncas fueran contra quien le dio un beso y me hizo perderla para siempre. Sería una necia si ella se enojase con quien ahora me abraza y me hace sentir mejor. Si han caminado sobre nuestro amor fue porque nosotros lo olvidamos en el suelo.
Como han cambiado las cosas.
Es martes, hace frío para remera. Como acostumbra cada año, la primavera nos saluda nublada. Es de esos días lindos pero tristes, parece como si las horas se esforzaran para ser 24 y al fin podamos descansar. Todos nos damos cuenta de que el tiempo pasa volando. Otra vez, es primavera.
Mientras una linda morocha se besa con un joven de contados granos en la cara, yo me subo al auto. No me importa gastar un tanque de nafta entero pensando. Así, manejando, pienso, pero no tanto. Quizás ahora es tiempo de hacer eso. Pensar y no pensar. Dar vueltas y pasear un poco más.
Hoy no les aviso que ‘volví’ porque supe que no me dejaron ir en toda la semana. Eso es bueno, saber que están conmigo. Saber que me prestaron una percha para colgar mi camisa, un sillón para cerrar los ojos y varios corazones para guardar los besos y abrazos que llevaba en mi valija.
Gracias por dejarme estar una semana más aquí. Me gusta esa linda mueca que estás poniendo ahora mientras estás leyendo, te queda muy bien. Vos también estás mejor… como han cambiado las cosas ¿no?


martes, 14 de septiembre de 2010

Volver a encontrarnos

Es martes, el cielo llora y la tarde tiene ganas de dormir la siesta.
La mitad de los pasajeros cierran sus ojos cada 10 segundos y cada 5, los vuelven a abrir. Se les vence el cuello, se les cae la cabeza y entonces ahí se vuelven a despertar.
No es uno de esos lindos días.
A pesar de todo, no sé porque pero conservo cierta energía y no me tiré en el asiento todavía. Escribo, como lo prometo cada martes.
Estas tardes forman el clima perfecto para plantearse la vida en un viaje de 40 minutos. Pese a ser friolentas guardan una cálida magia, ideal para volverse loco, enamorarse o tener ganas de mandar todo al carajo.
El tren va despacio, me pongo los auriculares y miro llover. Pocas veces nos detenemos en esas cosas.
Escribo, para que podamos leer entre todos. Sentir.
Y así, tener la excusa para quedarme con ustedes un tiempito más. Tengo una sola valija y la dejé en la puerta. Si alguien me ayuda a cargarla tenga cuidado, guardo allí abrazos y caricias que tienen mucho peso. También llevo papel y lapicera, pero en los bolsillos de costado.
Gracias por dejarme volver.
Volví.
No solo regresé acá. Volví a estar solo, a cuidarme por mí cuenta, a valorarme un poco más. Volví a caminar sin ella por lugares donde solíamos estar juntos.
Volví a besar, a sentir una caricia y a dar algunas otras.
Sobretodo, volví a dormir sin tanto dolor. Ahora cuando me duermo, la vida se apaga.
Yo determino cuando el tiempo es poco o es mucho.
Todos algunas vez deciden volver.
Está bien, todo no está increíble. Reconozco que alguna noche por semana muero de tristeza y la extraño. Muero y apago los ojos. Pero aprendí que, al morir, esas noches me hacen nacer al otro día y bajo ese concepto valoro aún más lo que queda por vivir. Como si fueran las primeras horas del resto del camino.
No quiero volver a no tener ganas.
También esa historia me cansó un poco.
Creo que todos tenemos esas épocas donde nos contenemos las ganas de hacer algo por consecuencias que, probablemente, jamás van a existir. Y quienes entiendan lo lindo de la vida como ‘buenos momentos’, saben que aguantándose las ganas y evitando lo que sentimos, estamos viviendo menos.
Pensar en que pronto vendrán mejores ratos es no disfrutar lo bueno que nos pasa, que aunque sea ínfimo e insignificante, nos pasa.
Perder un beso por vergüenza, por miedo al rechazo, por falsas excusas, es perder lindos momentos y a su vez, pequeños retazos de nuestra vida.
Supongo que estoy en esa tapa donde el desamor te hace comprender que el primer amor que debemos sentir es a nosotros mismos, a nuestras causas, a nuestras ideas y sentimientos. Tenernos amor suficiente para ser un poco más felices de lo que nos dejan habitualmente.
Cuando alguien nos abandona, el amor a nosotros mismos es el primer valor que perdemos. Nos sentimos poca cosa.
Esto no trata de moralismos ni discursos cursis, dejemos eso para los capaces de la autoayuda.
Esto se trata de dejar de sabotearnos tanto, dar menos explicaciones y revelarnos ante esas reglas que solo nos hacen más tristes.
Me doy cuenta que todos gastamos el presente preparando los años venideros y cuando el tiempo pasa nos enteramos de que la mejor parte de la vida era este presente que usamos tratando de pensar en el futuro.
Como verán, volví a plantearme las cosas de otra manera.
Buenas noticias para aquellos que no quieren llorar con estos textos.
Volví.
Dejen mi valija al lado de la estufa, está mojada y necesito secarla. Es que me bajé del tren y empecé a caminar mientras escribía. No me dí cuenta de que llovía demasiado.
Volví empapado pero por suerte, otra vez con un pensamiento debajo del brazo para regalarles.
Ahora déjenme sentarme al lado de ustedes, tengo un poco de frío.
El martes que viene me levanto temprano y salgo a buscar un lugar donde quedarme.
Volví.
Gracias por recibirme, otra vez, con esa lágrima, con esa sonrisa y con esa cara de ‘¡Que bueno! es martes y nos volvemos a encontrar’.


martes, 7 de septiembre de 2010

Vivir de a ratos

Cada semana que pasa me deja una lección distinta. Como si desde que ella se fue hubiese comenzado un camino de aprendizaje constante.
Aprendí a olvidar (de a poco), a llorar más seguido. Creo que antes no permitía lágrimas en mis ojos. Aprendí a sentirme mejor por mi cuenta, a cuidar a quienes me quieren y a no hacerme tanto problema por banalidades.
En fin, supongo que estoy menos triste que antes.
De todas formas, reconozco que hace algunos días pienso mucho en ella. Anteayer tuve unas líneas de fiebre y estuve todo el día en la cama. La extrañé demasiado. Ella venía a cuidarme siempre que estaba enfermo. Yo hacía lo mismo. Acá es cuando se me parte la cabeza, en estas pequeñas cosas.
En fin, supongo que estoy menos triste que antes.
“¿Cuándo vas a escribir algo menos duro? Tus textos me encantan, me mueven mucho adentro, pero me cuesta leerlos”, me dijo una amiga el martes pasado, después de leer ‘Invierno’.
Este texto es para ella, que solamente ha comprobado algo que pensaba.
Nos cuesta enfrentarnos a las cosas que nos revuelven por dentro. Debe ser que tenemos miedo a encontrar, ahí mismo, verdades que por fuera nos encargamos de tapar con falsas sonrisas, tibios abrazos, sueños a corto plazo.
Todos vivimos una alternativa de nuestra realidad, de lo que sentimos. A veces, la vida se parece bastante a lo que en verdad queremos. Pero otras veces, no. Ocultamos deseos, callamos sentimientos y por miedo a cualquier suceso que ocurra, decidimos seguir por el camino seguro. La aventura no es para nosotros. La vida se aburguesa, se vuelve lineal.
En fin, supongo que con esto mi amiga estará menos triste que antes. Esta vez no escribo sobre el desamor, sino sobre estar mejor cada día. Aprovechar las lecciones.
Toda mi adolescencia la pasé al lado de la misma chica y en silencio, me preguntaba como serían mis días sin ella. Las cosas que haría, el tiempo que tendría, las mujeres que conocería. Pero siempre me lo preguntaba en silencio y quizás por eso debe ser que el final me sorprendió y hoy, a varios meses del adiós, todavía no empecé a hacer esas cosas que había planeado, ni a tener el tiempo que pensaba, ni a conocer a las mujeres que iba a conocer.
Vivir sin vos. ¿Te amo?
Nuestras parejas son parte de esa realidad alternativa. A veces nos hacen extremadamente felices y la vida, es lo más parecida a un cuento, a una de esas pelis inolvidables. A veces, no es tan así.
Los amores son esas personas que sufrimos todos los meses, nos enojan todos los días, pero que elegimos a cada minuto, sin dudarlo.
Vivir con vos. Te amo.
En fin, supongo que estoy menos triste que antes.
Y escuchando un poco sus pedidos, esta semana no quiero hacer llorar a nadie, mucho menos que se sientan tristes.
Simplemente, como cada martes, quiero contarles algo. Esta vez, que el tiempo ha empezado a curar, a pesar de que la siga extrañando con locura.
Y que, de a ratos, me siento feliz.
En fin, supongo que estoy menos triste que antes.
Y me da mucha bronca que ella no esté a mi lado para compartir la alegría que tengo. Lo bien que me siento.
En fin, gracias por dejarme vivir con ustedes. Les prometo que antes del martes que viene hago las valijas y me voy para otro lado. A otras cabezas, a otros corazones. Mi intención no es quedarme para molestarlos. Lo único que quizás cuando me vaya les escribo algo, los llamo, lo leemos y volvemos a llorar juntos. Un beso.
En fin,
fin.


martes, 31 de agosto de 2010

Invierno

Ella se apoyaba sobre la estufa del comedor.
Además de hermosa, era friolenta.
Así pasé los mejores inviernos de mi vida. Abrazado a ella, apoyados en la estufa.
Otra vez aparecen los recuerdos en mi cabeza.
Supongo que me va a pasar en todas las estaciones del año. Este es mi primer invierno solo.
Mi cama está más fría, el auto no se empaña tan rápido y ando siempre abrigado. Debe ser que me acostumbré a llevar una camperita de más para ponerla en sus hombros.
Además de hermosa, la amaba con locura.
El jueves pasado un amigo me contó que había leído ’23 canciones y 5 poemas’. Tímidamente se animó a decirme: “Todos tus textos están dedicados a ella, ¿no?”. “Sí, ¿tenías alguna duda?”, le respondí. Se calló. Reímos largos 5 segundos. Cambiamos de tema.
En realidad, todo le dedicaba a ella, a nuestro futuro, a las cosas que estaban por venir. Creo que nunca se daba cuenta.  
Descuidado, a veces necio, loco como suelo ser, atorrante, pero todo era para ella. Que se fue sin despedida, enojada conmigo por grandes errores que ella había cometido.
Hay personas que cuando hacen cagadas, solo tienden a enojarse con los demás. Parecen egoístas y hasta poco sentimentales. Pero por dentro sufren mucho. Saben, con demasiada certeza, que son de lo peor. Les llora el alma. No paran de cometer errores y lastiman a cualquiera que intente cuidarlos.
Invierno.
Pasan los días y paso de estar mal a sentirme raro. Muy sensible quizás. Más racional. O a veces, todo lo contrario. Duele.
Así le dedico textos. Mi amigo se dio cuenta al leer. Todos se dan cuenta. Está bien, no pasa nada. Es mi primer invierno. Espero que entiendan. Creo que entienden. Me cuidan, me quieren, comentan. Gracias.
Invierno.
Es el primero sin ella.
Me desnudó en pleno junio, hace frío. Me dejó sin reacción.
Además de hermosa, me traicionó. De un tiempo a esta parte es lo único que le valoro. Y me lo repito para no odiarla. A ella también se lo vivía diciendo, pero supongo que la mitad de las veces ni lo registraba. ‘Hola hermosa’, siempre la saludaba.
Calculando los días para saber cuanto falta para terminar con la fría estación, adelanté con la mirada el calendario del celular. Puse los ojos en el 21 de septiembre. Allí, ese día, dirá chau mi primer invierno sin ella. Al lado, en el mismo calendario, el 23 de septiembre está marcado: ‘5 Años con mi gordito’, dice. ‘Mi gordito’ soy yo, y ese recordatorio lo escribió ella hace algunos meses.
No lo borré. No me corresponde a mí.
No me dolió ver ese mensaje, pero quedó anotado en mi lista de cuentas pendientes.
A todos nos pasa que cuando queremos olvidar algo, más lo recordamos. Olvidar es un proceso natural que no debe ser forzado.
Pero no pude sacarla de mi cabeza. No en invierno. Trataré en la próxima estación, aunque reconozco que cuando llegue el 23 sonará el teléfono y voy a estar deseando que sea mi compañía de celular y no ese recordatorio que me anuncia que hace dos días ya es primavera y que todavía no la he olvidado.

Nothing's gonna change my world