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martes, 16 de noviembre de 2010

Recreo para enamorarnos

Se enreda el pelo con una lapicera, mueve sutil su boca, juega con un chicle, se le escapa un globito, lo explota, se le escapa una sonrisa y queda en el aire.
Suena el timbre y, respectivamente, subimos y bajamos a las aulas.
Si hace calor y hay sol, ella me gusta.
Si hace frío y llueve, me gusta un poco más.
En una de esas, me animo. Le escribo una carta y musicalizo con las ecuaciones que, muy de fondo, repite el profesor de matemática.
En otra de esas, se la doy en la mano. Siempre fui sensible y temeroso, pero me animaba a este tipo de cruzadas. Supongo que me revolvía bien adentro y de esa única forma sacaba coraje para copar la banca.
Entonces, volvía sonrojado, caminando lento, haciéndome el distraído y charlando con cualquiera sobre cualquier cosa, con la certeza de que su mirada aún seguía en mi espalda.
Regresaba a casa y ocupaba todo el día en pensar su respuesta, en como iba a decírmelo, en la sonrisa que me dedicó cuando le rocé la mano.
Pasa una hora, y otra vez recreo.
Ya estaba grande, pero a su vez era chico. Pensaba y razonaba demasiado. Al mismo tiempo, era tan pendejo…
Gozaba del privilegio de estar madurando y no darme cuenta. Así, las obligaciones no eran muchas y las preocupaciones surrealistas.
Allí estaba ella. Pensaba y razonaba demasiado. Al mismo tiempo, era tan pendeja…
No puedo olvidarla, se enredaba el pelo con una lapicera, movía sutil su boca mientras jugaba con un chicle para luego hacer un globito, explotarlo, sonreír, dedicarme una mirada y desacomodarme simplemente con eso.
Existen personas con la capacidad de movernos del eje tan solo con una palabra, con una mirada, hasta con la virtud del silencio bien colocado.
Allí estaba yo, que me sobraban las horas y podía pasarme toda una semana (quizás más) planeando todo tipo de hazañas y confesiones por carta. Porque para mí la vida era eso, pensar en mi próximo amor e imaginarme la vida a su lado durante un par de días.
Tristemente, nos enseñan que cuando crecemos debemos ocupar nuestro tiempo en otro tipo de tareas que, según sostienen aquellos que conocen las formas válidad de vivir, son más productivas y menos bohemias.
Entonces, aprendí a pasar mis días trabajando y estudiando para llegar extenuado a esas horas de descanso donde intento recargar la energía para empezar de nuevo. Otra vez, lo de siempre, la rutina - Ese espacio que ocupamos planeando los años venideros que cuando llegan nos muestran que pasamos la mejor etapa de la vida proyectando un presente nostálgico y lleno de rencores – alguna vez ya lo dije, soy recurrente.
Quien pudiera no crecer.
Pero, crecemos.
Supongo que a todos nos pasa, el avance del tiempo tiene algunas cosas que me asustan un poco y este temor no tiene límite de edad.
Ya no poseer el privilegio de enamorarme cada tanto es notoriamente injusto.
¿Por qué a los 15 me enamoraba en el colectivo, en el club, en una fiesta?
Quizás no entendía mucho sobre el amor y debe ser precisamente por esta razón, que recuerdo aquellos años como los más felices y menos dolorosos.
Quien pudiera no crecer.
Pero, crecemos.
Y el amor se convierte en una temática de racionalización y en una más de nuestras preocupaciones. Pierde esa espontaneidad única, adolescente.
Cuanto menos intentamos comprender al amor, más lo valoramos. Cuánto menos atención le prestamos, más rápido llega.
Si pensaría durante un día entero en ella, como a los 15, mi cabeza estaría un poco más acomodada. Es que la recuerdo siempre en el tren, cuando estoy más tranquilo, y así no se puede decidir nada.
El periodo de enamoramiento representa al pico más alto de nuestra felicidad, donde los problemas se disipan, las nostalgias se corrigen y lo imperfecto toma una forma agradable.
Si algún día el hombre lograra sostener este periodo de forma incansable, habrá encontrado el secreto de su existencia y por fin, la eternidad estaría garantizada.

Hola, ¿cómo estás?
El día estuvo cambiante, mitad lindo, mitad gris.
¡Bah! Como nosotros… no vamos a andar quejándonos de la irregularidad del clima a esta altura del asunto.

Los martes cada vez llegan más rápido, nos leemos más seguido y nos extrañamos menos. Quizás se está terminando nuestro período de enamoramiento y le estamos dando lugar a la rutina. No tenemos que dejar que eso pase, seríamos contradictorios a nuestros pergaminos.

Cuando el amor de nuestra vida se va, por el motivo que fuere, lo empezamos a extrañar, nos deshacemos de la rutina y redescubrimos lo importante, lo que tanto nos enamoró alguna vez. Por más doloroso que resulte, eso también es amor.

Tal vez ha llegado el momento de armar la valija y, por un tiempo, llevar mis pensamientos incorregibles a pasear. Tal vez es necesario que nos tomemos un recreo para extrañarnos, un recreo para recuperar la esencia…


Sentate en la cama, hablemos, dame un abrazo, más fuerte, lloremos un poco más y decidamos… ¿es momento de un recreo para enamorarnos?