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martes, 26 de octubre de 2010

Inocentes, felices y muñecos

Ya tenía 12 años y, a pesar de estar ‘grandote’, sacaba la caja de los muñecos y me imaginaba un mundo de fantasía en el que participaban mi hermano, más chico, más inocente y mi primo, más grande, aún más genio.
Así, todos los domingos, en lo de la nona, la vida se trataba de jugar un rato, de armar casitas, correr carreras y hacer partidos de fútbol de ligas y copas inexistentes, donde la amistad y el compañerismo se premiaban.
De todas formas, una vez que acomodaba mi lugar, con mis muñecos, no dejaba que nadie lo desordene. Hasta en los juegos, tenemos una cuota de egoísmo. Mi lugar, mis muñecos, mí and mí.
Ahora los números se dieron vuelta y los 21 me sorprenden parecido a aquel nene caprichoso. La caja de muñecos, que solo guarda los juguetes que tienen ese ‘valor’ especial, está encintada en el galpón de casa. Lejos, inalcanzable.
Si pudiera, la abriría, le diría a mi hermano, más grande, menos inocente, que llame a mi primo, más viejo, más racional, que juguemos un rato en lo de la nona, que está más viejita que nunca, pero que siempre guarda ese recoveco en el fondo de su casa… soñando que algún día los nietos se vuelvan a tirar al suelo y rían, como nunca, como siempre.
Hay lugares que tienen la cualidad de hacernos felices solo por estar ahí, esperándonos por si algún día queremos regresar.
Pero no puedo.
Ya estoy grande y debo asumir que la vida no está para eso. ¡Bah! es lo único que me dijeron y no recibí más instrucciones acerca de lo que debo hacer. Solo sé que no debo hacer cosas de nene. ¿Pero para que está la vida? ¿Cuáles son los propósitos? ¿Cuándo me llegan las nuevas indicaciones para aprender a vivir?
Supongo que a todos nos pasa. Existen momentos en que nos preguntamos acerca del paso del tiempo y en lo que hacemos. ¿A dónde vamos? ¿Qué cosas nos hacen felices de verdad? ¿Qué cosas nos engañan y nos hacen parecer contentos?
Muchas preguntas y, como hace rato, pocas respuestas.
Mí and mí.
Las personas que sufrimos el desamor perdemos una parte muy importante de nuestro amor propio que se va, con ellos, los que nos rompen el corazón. Entonces, la recuperación es un proceso de valoración personal. Cuando rehabilitamos el amor por nosotros mismos, empezamos a sanar y nos damos cuenta de que a pesar de estar llenos de errores, valemos más de lo que nuestra ex pareja estaba dispuesta a pagar.
Claro que yo estaba dispuesto a hacerle una rebaja y venderme casi a precio costo por unos pocos abrazos pero, de un tiempo a esta parte, ella había decidido no gastar en estupideces y ahorrar para irse de vacaciones a su burbuja de cartón.
En fin, no me compró y hoy, valgo el doble. No es que sea caro, solo que estuve muy barato en una época.
Las personas que sufrimos el desamor perdemos una parte muy importante de nuestro amor propio que se va, con ellos, los que nos rompen el corazón.
Y una vez que todo este proceso empieza a sanar las heridas, nos reencontramos, nos volvemos a cruzar en la esquina donde empezó todo y nuestro libro, escribe una página más antes de ser publicado.
Nosotros. Reencuentros.
Que risa, que chiste, que abrazo, que helado y las horas como nada.

Pero el momento llega y las preguntas también.

- ¿Con quién estás?
- ¿Cómo fue besarlo/a?
- ¿Estuviste en su cama?
- ¿Por qué?

Y como a los 12 años, ahora sí un poco más ‘grandote’, acomodo todo y no quiero que me lo desordenen.
Mi vida estaba armada, el estudio, el trabajo, los proyectos y el amor de mi vida. De pronto, uno se recibe, aparecen nuevas propuestas de laburo, los sueños se modifican y el amor de tu vida te deja una noche, ignora lo que sentís, no le importa y decide arrepentirse cuando ya las cosas están más que difíciles.
Muchas cagadas y, como hace rato, las cosas no se arreglan de un día para el otro.
Ya tenía todo acomodado y me lo desordenaron y, como a los 12, en lo de la nona, me pongo a llorar.
A pesar del llanto y de la bronca, siempre terminaba abriendo la caja y ordenando todo en su lugar. Aunque no quería saber más nada, al domingo siguiente, el juego empezaba de nuevo.
Y otra vez. Mí and mí.
Que difícil es compartir algo que ya no es tuyo. A pesar de que creo que es sumamente necesario mirarla a los ojos para poder olvidarla, me cuesta mucho no tener rencores. Porque lo que pasó después, pasó después. Pero yo nunca la traicioné, nunca. Y me miró a los ojos, y me juro amor eterno.
Como a los 12, en lo de la nona, pero a los 21, en su pieza, lloré de bronca. Me desacomodó todo, sin avisarme.
Por eso nada es como antes. Porque nosotros, no somos muñecos. Y porque esta vez, no me desacomodaron la casa de los playmobil. Me cambiaron la vida y aunque ambos planes tienen el mismo atractivo, es en la vida donde estas cosas duelen un poquito más.
Crecemos, cambiamos, vamos, volvemos, engañamos, olvidamos, nos engañan, nos olvidan, nos dejan de querer, se arrepienten, nos abandonan, para siempre, nos tiran, nos juntan, tiramos, juntamos, nos besan, nos abrazan y así, sabemos con una fina certeza que se nos pasan los días.
La semana pasada dos amigos soñaron conmigo un viaje, lejos, caro, de esos que cuestan. ¿Y por qué no? ¿Por qué se le ocurrió a alguien? Obvio que lo vamos a hacer, será cuestión de pensar y, a la vez, no pensar tanto.
Como en el patio de la casa de la nona…
Como siempre.
Como lo hacía con ella.

¿Y ustedes?
¿Cómo anduvo la semana?

Perdón, me colgué hablando de patios, primos y desamores.

¿En serio?
Ah, bueno, si les gustó me quedo tranquilo entonces.
Gracias.

Es que estoy con un par de cosas en la cabeza.
El fin de semana vino mi vieja y me pidió que ordene sí o sí dos asuntos. Y solo no puedo.
Tengo que acomodar mi vida.
¡Sí! Es que llego de la facu y dejo todo tirado, sueños, amores, personas y otras cosas. Pero, en fin, de eso me encargo yo.

La otra es el galpón.
¿Me das una mano?

¿De verdad? ¡Que bueno!

Venite entonces, tomamos algo rico, nos reímos, con suerte lloramos y me ayudas con el quilombo. De paso te muestro, hay una caja encitada, lejos, inalcanzable, que tiene mi infancia guardada hace algunos años.
La abrimos, nos vamos a lo de la nona, nos tiramos al suelo y somos, aunque sea por un ratito, inocentes, felices y muñecos.