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martes, 28 de septiembre de 2010

Injusticias cotidianas

Desde que ella no está, mi celular se ha devenido en un simple despertador que, a veces, lo uso para mandar algún mensajito de texto.
Cada mañana que suena el sonido irritante de la alarma (elegido minuciosamente a propósito) suelo respirar profundo dos o tres veces, balbuceo durante momentos retazos de algún sueño que quedó inconcluso y me revuelco segundos más en la almohada.
Es paradójico, pero cuando el despertador decide sonar la almohada toma la decisión de ponerse más cómoda que nunca, más fresquita, y hasta más amoldable a cada recoveco de nuestras caras. Supongo que es lo injusto de lo cotidiano. No poder quedarse aunque sea media hora más y así, ser un poquito más felices.
Quien pudiera decir adiós a los compromisos que solamente nos distraen de la vida y quedarse, otro buen rato, durmiendo, haciendo justicia, ordenando lo que aquellos creadores de la rutina decidieron desacomodar.
Al fin y al cabo, quien pudiera revelarse y disfrutar de los pocos beneficios que nos suelen tocar.
Sonido irritante, movimientos de rutina, me siento en la cama y otra vez, bienvenido. Despierto y así, una marca más para el calendario del olvido. Ya se notan las marcas rojas sobre los días, vamos de a poco, pero al parecer a esto le llaman ‘tiempo’. Dejo que pase, casi no lo percibo.
Es martes, como hace rato. Llueve y camino de casa al trabajo… tengo ganas de correr el paraguas y que me pegue el agua en la cara. Sin embargo, llego solo con las zapatillas embarradas. Otra vez, las normas de no hacer lo que quizás me podía hacer un poco más feliz o simplemente, tenías ganas de hacer.
La semana se acelera y me basta pensar en que el sábado vendrá una linda noche para sentirme mejor. Pero lo cierto es que hay mucho de autoconvencimiento en todo esto. Las personas que están solas se atan a frases como ‘cuando estás solo recuperás el tiempo perdido’ ‘la soltería es una fiesta’ y vaya uno a saber cuantas más de estas… Existe un conformismo tan precario en todo eso. Creo que todos ellos se mueren por tener un amor en lo inminente, hasta lo buscan haciéndose los desentendidos. Darían todo por caminar de la mano con alguien, por unos mates a la veda del río, por un fin de semana cerca del mar, por un abrazo en el colectivo, porque sus celulares empiecen a recibir te quieros y te extraños, porque juntos, con alguien, la tarde de domingo le pegue en la nuca y lo deje más tonto, pero más enamorado.
Quizás existe un punto donde nos damos cuenta de que la verdadera fiesta es esa charla que poco dice pero que mucho significa, esa comida que ella te hacía de vacaciones, ese chupetín que él te regalaba y que vos, casi no agradecías. Supongo que es lo injusto de lo cotidiano. No disfrutamos nada hasta que lo perdemos. No puedo creer que ella no se acuerde de nada, no le haga ruido en la cabeza, no lo extrañe. A veces me manda señales pero, claro, no son suficientes.
Lo cotidiano.
El paso del tiempo es el único factor que puede volver a cualquier acción en ‘cotidiana’. Cuando tomarse de la mano se transforma en rutina, los sentidos no responden de la misma forma, porque deja de ser algo externo y casual para ser parte de nosotros. Lo cotidiano, es lo más difícil de olvidar.
Véase como ‘cotidiano’: Despertar juntos, hacer las compras solo para pasear por las góndolas del supermercado, reír de ternura, un abrazo en el cine, discutir para no aburrirse y terminar con un beso que vuelve a la pelea en una anécdota perfecta. Y la lista sigue, los recuerdos también.
Ya está, respiro, y trato de entenderlo: Supongo que es lo injusto de lo cotidiano.
Es martes, ¡que cabeza la mía! Me colgué con lo de cotidiano y no pude contarte nada. Debe ser que ahora, me es muy cotidiano colgarme. Pido perdón, solamente hablamos de esto.

Bueno, gracias.
Digo, por perdonarme.
Si pudieras mirarte a los ojos te darías cuenta de porqué sos más importante que nunca. Tenés la mirada de ‘claro, ¿cómo no te voy perdonar?’. Y aunque sé que me estoy quedando más de lo que prometí, por primera vez siento que no molesto.
Perdón por la confianza, pero voy a abusar de ella.
Un último favor.
Hace tiempo que quiero ganar una batalla, la peleo, pero me cuesta tanto… Empujá un poquito más conmigo, seguí con esa sonrisa que te queda preciosa y quédate un ratito más en la cama.
Quizás podamos hacer justicia juntos y así, poder pensar en otras cosas.
Gracias por estar allí. Que nos mimemos, que nos leamos, supongo, que es lo mejor para salir un rato de nuestras vidas, inventarnos una historia y estar en otros lados, sin estarlo. Llámenlo como quieran, pero supongamos, entre todos, que estamos haciendo un poco más justo a lo cotidiano.