La caja tiene la foto de una cascada, esa es la imagen para armar.
A pesar de que ya conocemos cual será el resultado de nuestro trabajo, comenzamos el camino con total incertidumbre. Esa es la magia del rompecabezas.
Si la historia solo se tratase de armar un paisaje con pequeñas piezas de cartón, probablemente sería uno de los juegos más aburridos, pero esa no es la óptica correcta.
Hay quienes sufren de grandes ataques de ira cuando llegan al final y se dan cuenta de que falta una pieza, en el centro, como una caries de la fotografía. Enojarnos por este tipo de banalidades nos distrae de lo verdaderamente maravilloso. Fuimos capaces de resolver el problema, otra vez, y volvimos a disfrutar de la hermosa cascada.
Lo guardamos, pero en algunos meses, desempolvaremos la caja de nuevo y lo volveremos a intentar. Esta vez, con menos tiempo quizás.
Los rompecabezas tienen una extraña similitud con las sensaciones que siempre compartimos aquí. Cuando sufrimos por amor, las piezas se desacomodan, se hacen más pequeñas y no encontramos, bajo ninguna forma, aquella ficha que da por terminado un tramo completo de la imagen.
Acá es donde quizás debemos prestar más atención.
En no rendirnos tan fácil, tan rápido.
Un sábado a la mañana estaba tirado en la vereda de mi casa armando un rompecabezas. Si bien tenía 9 años, disfrutaba de la soledad como pocos. Nunca fuí para nada solitario, pero a veces la soledad es la mejor compañía que podemos tener.
Supongo que a todos nos pasa, pero hay días en que el mejor remedio para sentirnos acompañados es estar solos, pensar, hablar con nosotros mismos y recuperar aquellos recuerdos que se perdieron en algún lado.
En fin, tenía 9 años y estaba tirado en la vereda.
Luís, mi vecino, conciente de tener un año más, hacía las veces de rufián y rebelde de la cuadra. Entre sus grandes hitos de la maldad barrial se podían encontrar: Tirarle piedras a los sapos, ser un permanente tramposo en las bolitas, robarle un cigarrillo al padre y patearme el rompecabezas cuando yo jugaba en la vereda.
Esa mañana lo hizo, y las piezas se perdieron por todos lados, ví volar algunas que cayeron sobre el agua podrida, otras sobre la puerta de mi casa y algunas pocas resistieron enlazadas frente a mí.
Recuerdo ese día con exacta precisión porque a pesar de que tenía muchas ganas de llorar, me propuse volver a armar todo aunque tuviera que estar allí hasta que se haga de noche. Es verdad, paré para comer milanesa y una vez recargada la energía continué con el arduo trabajo. Las madres saben cuales son los incentivos indicados para cada momento.
Cerca de las 15, terminé con la epopeya. Faltaban 4 piezas y nada era como antes, el rompecabezas se me había llenado de tierra y había perdido un poco de gracia. De todas formas, me puse contento. Si bien nada volvería a ser lo mismo, había logrado rearmarlo y disfrutarlo de otra manera, quizás menos pretencioso, como en el amor.
Si la historia solo se tratase de armar un paisaje con pequeñas piezas de cartón, probablemente sería uno de los juegos más aburridos, pero esa no es la óptica correcta.
Rompecabezas.
Y mi historia con ella, otra vez.
Nuestro puzzle estaba armado y lo pateó para todos lados. Creo que tenía razón, nos habíamos aburrido de la cascada.
Pero no paro de pensarte.
Así es el desamor…
Rompe cabezas.
Y la mía se me parte.
Si pudiera tener la mitad de la fuerza que tenía a los 9, y rearmar todo aunque ya esté lleno de tierra y con olor a podrido…
Pero no puedo.
Es paradójico, pero cuanto más grandes somos, más débiles nos volvemos.
Debe ser porque empezamos a darnos cuenta un poco más de las cosas. De pronto, nos ilusionamos menos y la vida se vuelve más racional y menos fantasiosa.
Es paradójico, pero cuanto más grandes somos, más miedos tenemos.
Bueno, supongo que estoy creciendo.
¿Y nosotros como estamos a todo esto?
Ya no me acuerdo si sigo viviendo con ustedes o me fui… ya no me acuerdo de nada.
¡No sonrías! Es serio… De verdad lo digo.
De tanto quejarnos del tiempo, hace cinco martes que tenemos tardes soleadas, maravillosas, aunque no nos demos cuenta.
Creo que aquel o aquellos que suelen ordenar el clima, saben, con mucha certeza, que si los martes son lluviosos nos pondríamos todos a llorar. Entonces, en el sorteo… siempre nos toca el sol. De todas formas, estemos preparados por las dudas.
¿Nos volvemos a ver el martes?
A pesar de que ya conocen cual será el resultado al leer, comienzan el camino con total incertidumbre. Algunos dicen que esa es la magia de ‘23cancionesy5poemas’, este sitio. Rompe cabezas.
De todas maneras, yo sigo escribiendo para que algún día la carátula cambie y en vez de romper cabezas, Cure Corazones.