1.16 de la madrugada. Es la única vez que miré el reloj en toda la noche.
Hay un silencio perfecto. Al parecer, el mundo está parado hace un minuto.
La escena se adorna con una precisa lluvia que roza, sutil, el vidrio del auto.
El sonido del agua se funde con el de su agitada respiración, es que corrimos algunos metros para no mojarnos tanto.
Habíamos tomado algo, creo que una vez nos miramos a los ojos, rápido, y aunque tratábamos de ignorarlo, nos dimos cuenta de que algo pasaba.
Tocar, abrazar y hasta tirarse en una cama con una persona es mucho más fácil que sostenerle una sincera mirada por más de cinco segundos. Dicen que los ojos no mienten y que aquellos que poseen la cualidad de saber leerlos, pueden decodificar el alma de quien tienen delante. Los ojos cristalizan, explican y no callan. Claro estaba, nosotros no podíamos sostenernos la mirada hasta ese instante…
Hay un silencio perfecto. Al parecer, el mundo hace dos minutos que no se mueve.
La escena se adorna con su pelo mojado que ensucia el asiento del auto pero me despeja todo tipo de dudas.
El sonido del agua se funde con el de su agitada respiración, es que reímos algunos metros para no sentirnos tan tristes.
Tres minutos.
El tiempo justo que necesitamos para darnos cuenta si nos estamos enamorando o no.
Tres minutos, diez segundos.
Probablemente esa noche haya sido la más feliz de mis últimos meses. Resumí la felicidad en las pocas horas que duró y me di cuenta, de repente, que la vida se trataba de eso, tan solo eso. Noches felices, correr para no mojarnos pero disfrutar de cada gota que nos pega en la cara, reírnos para no estar tristes, mojar asientos y llorar.
Lloraba.
Sus ojos juntaron lágrimas cuando decidimos sostenernos la mirada.
Insisto, el silencio era perfecto y los dos, nos mirábamos como nunca. Me doy cuenta de lo que pasa, trato de desacomodarme y tiro una mueca, cortita. Ella se ríe de sonrisa entera, soltamos la respiración, la situación se vuelve contagiosa y se escapa la primera lágrima por su mejilla, alcanza su boca y se funde por ahí, hasta que no la veo más.
Baja la mirada y encienden el mundo que otra vez, se empieza a mover.
¿Qué nos había pasado? ¿Por qué estábamos jugando otra vez si la idea era no volver a hacerlo? ¿Quién escribió una historia en una noche donde solo era besar y escaparse?
Escapábamos.
Hay muchas personas que tienen miedo a sentirse bien y son constantes en replanteos como ‘si te beso una vez más me enamoro’, ‘si te acaricio otra vez, jamás voy a poder dejar de hacerlo’, ‘¿qué van a decirnos?’ Bla, bla, bla… Excusas para no ser felices.
Excusas.
Entonces, enciendo el auto, me acomodo la camisa, pongo una de esas canciones que suelo tener de fondo y empezamos el viaje de regreso, nos besamos cuando el semáforo dispone y hasta nos animamos al incomodo abrazo.
En el camino, hago las veces de galán y mi mano en su rodilla marca exacto signo de que estábamos contentos, como hace mucho que no podíamos, por nuestras cosas, por nuestras historias, por las veces que habíamos perdido contra el corazón y por que esa noche, después de tanto tiempo, le empatamos.
Tratar de no perder otra vez.
Volví pensativo, ella me llamó para saber si había llegado bien. Esas cosas se hacen cuando es necesario volver a escucharnos, por última vez, y dormirse con la voz del otro.
En fin, creo que el miedo es más normal de lo que parece, pero no deja de ser miedo. Supongo que nos lastimamos más siendo fríos que tratando de hacer lo que sentimos. La frialdad y la mezquindad del amor son cualidades poco onerosas, que nada tienen que ver con vivir.
¿Y vos, pensaste lo que hablamos?
Tenemos que decidirlo, sabes bien que si dejamos pasar el tiempo solamente nos vamos a lastimar peor.
No sé, hagamos una tregua. Extrañemos un poco.
Este es un buen momento para decidir…
Hay un silencio perfecto. Al parecer, pararon el mundo para que puedas leerme.
La escena se adorna con una sonrisa preciosa que se te está por escapar, sutil, frente a la computadora.
El sonido de tu vida se funde con el de mi agitada respiración, es que mientras lees yo camino por la historia con vos. Corro para no mojarme y sonrío para no estar triste.
Creo que una vez nos llegamos mirar a los ojos, rápido, y aunque tratábamos de ignorarlo, nos dimos cuenta de que algo pasaba.
Pensá de que se trata y el martes lo charlamos. Prometeme que te vas a tomar tres minutos para decidir y diez segundos, para arrepentirte.