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martes, 5 de octubre de 2010

La costumbre de perder

Las costumbres son aquellas cosas que son parte de nuestra vida sin ser necesariamente necesarias. Una costumbre nos identifica, nos muestra como somos, quienes fuimos y como seremos. A pesar de que sean imperceptibles, nos dibujan, nos figuran, nos determinan.
Acostumbrarnos.
Hay personas que se acostumbran a estar siempre acompañadas, al cálido afecto. Hay otras que se acostumbran al vacío, a tener una vida con cuerpo de cartón, a mentirse sobre su propia felicidad. Hay gente solitaria, de pocos abrazos. Hay gente, hay costumbres. Hay costumbres, cuando hay gente.
Como ven, las costumbres también pueden ser dolorosas.
No se trata de repetir la palabra ‘costumbre’ hasta el cansancio. Es la esencia de la costumbre: Repetirse hasta volverse costumbre.
Nos acostumbramos a pelear, a pasar los días como si tendríamos la eternidad garantizada o el futuro resuelto.
Sin duda, lo más difícil del amor es perder la costumbre.
Acostúmbranos a vivir sin ella, sin él.
Ella.
Sí, otra vez ella.
Promediando las 21.10, el ruidoso colectivo de la línea 707, de cartel rojo, hace su parada en la esquina de casa. Las ventanas de mi habitación perciben cada movimiento y suceso que ocurre en mi cuadra, que además de ser transitada, sueña con ser avenida. Me acostumbré al ruido a pesar de que viví en calle de tierra desde chico.
Como ven, hasta de las calles nos acostumbramos.
Ella.
Solía bajar del 707 y caminar algunos metros para en cuestión de segundos tocar timbre, visitarme.
Cuando uno vive sobre una cuadra transitada termina asimilando el ruido de los autos como parte del ambiente, del sonido natural.
A pesar de esa mala maña que solemos incorporar y sin explicar como, todavía sigo escuchando los frenos del colectivo que 21.10, minuto más, minuto menos, se detiene en la esquina.
Hace tiempo que intento descubrir por qué solamente percibo ese ruido y ningún otro.
Calculo, tomando como única premisa que aún la amo, que todo pasa por mi cabeza y que si algún día me asomara por la ventana, probablemente, el colectivo no estaría allí.
Sin embargo, jamás me asomo y decido seguir pensando en que algún día se va bajar, para en cuestión de segundos recorrer unos metros, tocar el timbre, visitarme.
Como ven, nos acostumbramos a mentirnos.
Quise ver una película el viernes, me preparé, puse el DVD y me morí en el intento. Ya lo había experimentado en el cine y me había salido bien. Supongo que ver una peli en el cine, tiene otros condimentos que aparentemente nos distraen un poco más. Pero en el sillón del living y frente a la tele, estamos solos y la falta de ese abrazo, de ese beso, se nota más que nunca. Apagué el reproductor, guardé la cajita y me fui a dormir. La película era otra, la misma de hace un tiempo, la de mi cabeza. La de ella. La mía.
Tendré que acostumbrarme.
¿Pero como hacemos?
Si el contador del DVD empieza, se escucha la música, el primer dialogo subtitulado y es inevitable no pensar en su abrazo, en su caricia, en su cara de… ‘¿Estará buena la película?’ en mi cara de… ‘Que me importa si te amo’
Nunca le prestaba demasiada atención a la trama. El mejor el film era su cara, comiendo un caramelo, concentrada, casi a oscuras (finamente iluminada por el reflejo de la pantalla). No hay mejor película que esa, no hay mejor banda sonora que escucharla respirar, cerca mío y que el mundo, pare, por un rato, para poder besarla sin tener que poner pausa.
Que ganas de dormirme viendo una película. Que ganas de dormirme. Con vos.
Entonces, ¿cómo me acostumbro?
Si el 707, de cartel rojo, nunca dejó de frenar a las 21.10
Si el reflejo de la tele se pierde a mi costado, sin alumbrar a nadie.
Si te extraño.
Si no me acostumbro.
Será cuestión de entender, como hace tiempo lo entienden.

¡Pufff… es martes! No me dí cuenta, fue una semana rara.
Hoy no me quejo del clima, hizo calorcito. Me animé a la remera y saqué el buzo de la mochila, aunque reconozco que apreté los dientes cuando el sol se fue y la ventanilla del tren no bajaba.
Que bueno que me dejen quedarme. Me acostumbré a que me traten así, a que me digan cosas tan lindas.
¿De verdad? ¿Vos también te acostumbraste?

¡Deja de sonreir!
¡Tenés una cara que da risa!

Está bien… te queda hermosa.

¿Nos vemos el martes?
Ya sé que falta mucho.

Bueno, hagamos una cosa, seguí el instructivo…

Tome el 707, de cartel rojo, y a las 21.10 baje, camine unos metros hacía atrás, cuente hasta diez y pare. Toque timbre, esa es mi casa. Detrás de la ventana va a estar el joven, el de los pensamientos incorregibles, como todos los días, escuchando el freno, imaginando la esquina y tratando de estar mejor.