Ella decidió no pelear más por mí, fue conciente que besando a otro terminaba con todas las oportunidades que nos podíamos dar. Dijo ‘chau’, se arrepintió, pero no tuvo respuesta. Supongo que se dió cuenta de que la herida que había provocado jamás volvería a cerrar. De todas formas, me da un poco de bronca que no haya hecho el intento. Me desilusiona bastante, me pone triste.
Como si lo hubiera planeado todo esto me pasa en un momento de cambios. Claramente sé que no se trata de una simple transformación, ella era importante.
Mil veces lo habíamos hablado. Quizás un poco más. Si podíamos aguantar, viviríamos juntos toda la vida. Pero no pudimos.
Ahora me doy cuenta que el concepto ‘aguantar’ es horrible. No sé porque lo utilizaba, siempre entendí al amor como un juego.
El amor es un juego.
Quien no lo entiende así, se pierde lo más maravilloso de la vida.
Una tarde me crucé con ella, de casualidad. Nos besamos bastante pronto, se enamoró, se desenamoró, me perdí, la quise. Algunos encuentros en el medio y terminamos juntos. Terminamos.
Una tarde me crucé con ella de casualidad y ahora no la puedo olvidar. ¿Qué hubiera pasado si ese día llovía y nadie acudía al encuentro?
Está claro: El amor es un juego.
Nos hicimos grandes, nos perdimos jóvenes.
Y así, el amor se juega.
Avanzamos casilleros, saltamos etapas, nos quedamos trabados en otras.
Perdemos fichas, se nos pasan los turnos, sacamos ventaja, nos ganas por afano.
Arriesgamos. A veces no tanto.
Jugar significa divertirse. Divertirse es salir del vértice. En cierta forma, romper con lo establecido. Aunque parezca un estúpido palabrerío, ella sabía que yo vivía de esa manera.
Divirtiéndome. Saliendo del vértice.
A veces tenemos la necesidad de hacerlo para sentirnos vivos. Si nuestra historia transcurre de forma lineal, nos aburrimos y hasta nos autoboicoteamos para tener otras sensaciones que aceleren nuestro corazón, nos ericen la piel, nos duela o nos cure. Por eso peleamos cuando todo está bien y abrazamos a pesar de los rencores.
El amor es un juego.
Quien no lo entiende así, se pierde lo más maravilloso de la vida.
Creo que ni el día que me enteré de su traición dejé de hacerlo. Me acuerdo que la miré a los ojos y mientras lloraba, traté de sonreír y guardarla por última vez en mi cabeza.
Todavía no puedo sacarla de allí. Necesito un comodín, la carta que dice ‘puedes salir’ o el 6 en el dado.
Ella decidió no pelear más por mí, fue conciente que besando a otro terminaba con todas las oportunidades que nos podíamos dar. Se levantó sin ganar la partida. Ya no quiso jugar conmigo.
Pensé seriamente en patear el tablero, tirar todo a la basura y encarar las cosas de otra forma. Pero lo recordé…
El amor es un juego.
Quien no lo entiende así, se pierde lo más maravilloso de la vida.
Entonces, me quedé. Ahora estoy ordenando las fichas, mezclando las tarjetas y releyendo las reglas.
Pronto vendrá alguien, se arrodillará a mi lado, de casualidad. Una tarde o una noche. Elegirá su color y tirará el dado. El juego empezará de nuevo y yo, otra vez entero… viviré lo más maravilloso de la vida. Saldré del vértice y trataré de no volver.