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martes, 6 de diciembre de 2011

Mentiras sensacionales

Se quedó dormida sobre mi hombro, calculo que no sabe lo que está haciendo. Se dejó soñar en medio del silencio, en su habitación, a la que solamente me invitó dos veces.
Está débil, herida, llena de sensibilidades. Si bien terminó su historia de amor en busca de frivolidades y libertades, necesita un abrazo más que nunca.
Vulnerable, caprichosa, quisiera que él la abrace y la contenga. Es que se siente mal porque ya no está. A su vez, él no está porque ella así lo quiso.

Lo confirmo, no sabe lo que está haciendo.
Pero la entiendo.
El desapego es la cuota más fuerte del egoísmo.
Y ella, aún no se puede despegar de él.
Lo quiere olvidar, pero a la fuerza.
Entonces, se queda dormida sobre mi hombro, tratando de amoldarse a sus recovecos, a mi perfume. Tratando de conformarse con lo nuevo y convenciéndose de que le sienta mejor.
Me usa, sin malas intenciones y yo me dejo usar, entendiendo la coyuntura de la noche.
Ahora resulta que se hicieron más de las doce y a ella no le importa dormir frente a mí, sin hablar, sin cambiar gestos, sin prejuicios.

Dejo pasar unos minutos, no me muevo y la miro de a ratos.
Se empieza a despertar, creo que no llegó a dormirse por completo. Solo descansa, viaja por otro lado, pasea de la mano entre sus viejas historias, inventa otras nuevas.
Antes de volver a su cuarto y abrir los ojos, me aprieta el abrazo con las uñas, se le escapa una mueca de alegría sobria, un tanto amarga, de esas que sentimos entre tantas malas noticias.
Es que sabe lo egoísta que está siendo. Está molestamente feliz y tranquila por haber terminado una relación de tanto tiempo, se siente en paz. Pero le revienta por dentro saber que su compañero de toda la vida empezará de nuevo, se besará con otra mujer y tratará de estar mejor. Egoísmo a flor de piel.

Ella no es demasiado racional, no sabe lo que hace.
Le da bronca saber que él puede estar con otra, pero ella fue quién lo dejó. Y como para hacer aún más irracional su bronca, hace filosofía sobre su viejo amor en brazos de otro flaco (este vendría a ser yo).
Me presento, soy otro egoísta: Que la consuelo convencido y ni siquiera sé consolarme a mí mismo.

Dejo que se quede dormida sobre mi hombro, calculo que no sé lo que estoy haciendo.
Yo también lucho contra el desapego, aunque me siento en paz absoluta.
En fin, nos acariciamos de imperfecciones. Somos mugre con aroma de flor.
Banales, raros, buena onda.

Se despierta, me mira, sonríe, tibia, tiembla y se acomoda.

“¿Te abro?”
Me acompaña hasta la puerta, ojos entreabiertos. Solo duermen sus ojos, la cabeza la tiene a mil.

Los dos abrazamos.
Está claro, ambos estamos recordando otros momentos de nuestra vida.

“Gracias”.
Baja la mirada.

Segundo abrazo. Nos despegamos (de nosotros, no de nuestras viejas historias como realmente queremos).
Me vuelve a mirar, se ríe, se le escapa una sonrisa. Ahora sí, somos honestos. Nos estamos riendo de verdad.

Mentiras sensacionales.

Hay de todo menos beso, esto es mucho más profundo. Estamos cambiando, perdonándonos mutuamente, ayudándonos a crecer.
Fuimos leales al no besarnos. Ella estaría en la boca de aquel y yo en la de mis mejores recuerdos.

Que justos fuimos.
Que justo nos fuimos a encontrar.
Que justo me abrió la puerta.
Justo antes, de volvernos injustos.

Se quedó dormida sobre mi hombro, pero calculó todo lo que estaba haciendo.
Es maravillosa, inteligente. Vulnerable, caprichosa. Por eso me empezó a gustar, porque lo supo todo el tiempo. Se estaba desapegando y me estaba regalando una antigua sensación que la tenía olvidada.

La sensación de cuidarla, de volver a sentir.
La sensación de sentir, de volver a empezar.
La sensación de empezar, volver y besarla.


                                       

martes, 29 de noviembre de 2011

Por fin la olvidé

Me siento perfecto, ya no puedo escribir sobre el amor.
No me sale nada, adentro mío solo hay paz.
Creo que por fin la olvidé.
Rara vez pienso en ella.
No hay más recuerdos de las tardes juntos, de los dibujitos que hicimos en el espejo de su habitación, no hay más cartas, no queda nada.

Tremendo problema para escribir: No sé a qué escribirle, me siento perfecto.

Ya no me inspiran los besos que nos dimos, ni las tentadas por teléfono, ni las miles de veces que me hizo compañía soportando el partido de fútbol o las anécdotas entre amigos o en fin, cualquier cosa que la aburría profundamente.
Lo hacía, solo para hacerme compañía, y eso le bastaba.

Pero a mí, no. No me alcanza con eso para escribir algo profundo.
Sin tristeza, se extingue el arte.

Es que ni siquiera me motivo con recordar que en su preciso día se hizo mujer. Y que yo, al mismo tiempo, me estaba haciendo hombre. No por hacerle el amor, sino por cuidarla hasta el último segundo, como nunca había cuidado a nadie, a nada.
Siempre fue mi tesoro.

Me siento perfecto, ya no puedo escribir sobre el amor.
No me sale nada, solo recuerdos que jamás podré olvidar.
Pero, creo que por fin la olvidé. Bueno, a ella, pero no los momentos.

Rara vez la pienso, intentando su desarraigo de mi cabeza.

A veces extraño caminar de la mano por cualquier lado, las siestas sobre el pasto, las noches de verano sobre la pared. La extraño.

En realidad, casi siempre la extraño.
Y con eso, un poco de arte me queda.

Juro que trato de no hacerlo y, así, intento sentirme perfecto para ya no poder escribir sobre amor. Debo tomar la decisión para salvarme, aunque me quede sin arte.


Tengo que dejar de escribirles, porque si sigo, nunca voy a dejar de pensarla. Cada pensamiento incorregible, pondera a nuestra historia en lo más alto.

Así, nadie puede olvidar.
Y hay mas arte que nunca.

Tengo mucha paz adentro, pero por afuera me salen otras cosas.
Es que ella siempre va estar en mí aunque alguna rara vez, crea que por fin la olvidé.

Calculo que la estoy olvidando, pero nada de por fines.
Se me pierde solo un rato y después regresa.
El arte también.


                                       

martes, 22 de noviembre de 2011

Tres luces II


Ella me gusta demasiado, no le temo a su bohemia.
Vive escupiendo fuego y, aún así, anhelo besarla todos los días.
A pesar de mi vértigo, aceptaría dar una vuelta en monociclo, abrazado a su cintura.
Pasar mil horas en el semáforo, pintarme la cara, hacer malabares con la vida, nada me da miedo. Ella me gusta demasiado.

Creo que me estoy enamorando,
eso si me asusta...


Magnolia

Me quiere, no me quiere.
Me quiere, no me quiere.
                                                                                                                                     Me quiere.
No me quiere.

Me quiere. No me quiere.

Me quiere.
¡Bah! Eso creo...

Es tan inestable que hasta los pétalos se volvieron infinitos por no saber regalarme una verdad.


                                  

martes, 15 de noviembre de 2011

Olvidadiza

Hay cosas que no puedo negar. Siempre pensé que volvería para darme una caricia más. Supuse que quedaba alguna charla por tener, una despedida.
La última vez que dormimos juntos, aquel jueves, se olvidó los aritos en la mesada de la cocina y, no sé, imaginé que iba a tener ganas de recuperarlos.

-         Por esas cosas de necio, cada tanto la busco en internet. La leo, veo lo que puedo y, al menos, tengo un retazo de lo que es ahora.

Le dejaron un mensaje: “Hermosa, te olvidaste el suéter en casa. Hoy a la noche te lo llevo”.
Hay cosas que no puedo negar, me causa decepción no tener su frívolo talento para volver a enamorarme tan rápido. Me estoy pudriendo de rencor y verme así de porquería me causa más tristeza aún.

Bueno, eso nada más. Era eso.
Eso solo.

Hace más de quinientas noches que no nos vemos, así que hoy no voy a poder alcanzarle los aritos como lo hará… bueno, ese flaco que le escribió el mensaje (me cuesta asumir el término ‘nuevo amor’).

Por lo tanto, acá están, acá se quedarán.

-         Por esas cosas de necio, se hicieron las tres de la mañana y tengo serias ganas de llorar. Me la aguanto, retazo de lo que soy ahora: Puro aguante.

Hay cosas que no puedo negar. Ya empezó a olvidarse sus cosas en otro lado.
Posiblemente nunca más volverá para recuperar ni a sus aritos, ni a su primer amor.
Nunca más va a volver, a pesar de que la estemos esperando justo donde nos olvidó la última vez: Apoyados en la mesada de la cocina.

Tal cual como nos dejó. Bueno, los aritos en su cajita plateada y yo, con serias ganas de llorar (pero aguantando). Siempre fui el mismo y vos, aún más.

Experta en perder las cosas,
colgada, rara, inestable y
olvidadiza.


                                    

martes, 8 de noviembre de 2011

Ambición

Íbamos en mi auto, zigzagueando las calles del bajo de San Isidro. Nos gustaba mirar las casas de lujo e imaginar la vida de aquellos afortunados que despertaban en esos preciosos balcones, con su propia barranca al río. ¿A quién habrían estafado? ¿Con quién se habrían casado para tener algo así?  ¿Qué había que hacer?
Siempre hacíamos eso, por más que con los años nuestras vidas habían mejorado considerablemente (al menos, desde nuestro patrimonio).
Si teníamos un balcón, queríamos dos. Un auto, no nos alcanzaba. Siempre queríamos ese, el de la vidriera de Avenida Libertador.
Si teníamos un sueño, pretendíamos alguno más.

Nunca fuimos capaces de ver a nuestro alrededor.

Ahora me doy cuenta de que nunca fuimos capaces.

Así, vivimos de ambición en ambición. No importa qué, ni como. Siempre había algo mejor que volvía totalmente despreciable lo nuestro.

Íbamos en mi auto, zigzagueando las calles del bajo de San Isidro, habíamos ido al Tigre a tomar algo pero nos fuimos rápido. Me acuerdo que doblamos en la casona más linda que habíamos visto, era preciosa. Debería tener más de seis ventanales de al menos cuatro metros, que daban a un jardín oculto, iluminado de fondo, detrás del portón de madera.
Estábamos tan obnubilados por el brillo de la mansión, que ni recuerdo quien manejaba. Solo que el auto giró y las luces se nos vinieron encima.

Ahora que no la tengo, ambiciono la vida.
No porque la extrañe, sino porque no la tengo y creo que nunca la volveré a tener (quizás tampoco la tuve alguna vez). Esto de andar deseando la de lo demás…

En fin, me resigné a mi vida de fantasma. Es horrible ser un ente espiritual, así no hay materialista que aguante. Y yo, siempre fui un orgulloso materialista.

En fin, me resigné a esto que soy, a vivir imaginando la vida de aquellos afortunados que despiertan en el cielo, en esas nubes propias, en su propia nube. ¿A quién habrán estafado? ¿Con quién se habrán casado para tener algo así?

Admito que soy un alma en pena. Pero la verdad, me gustaría ser dos.


                                     

martes, 1 de noviembre de 2011

La ventana de David

Quisiera decirte mil cosas, pero no estoy seguro. Esto fue demasiado.
Creo que fui demasiado sincero y vos, solo querías mentiras que adornen bonito.
Espero que puedas perdonar mi crudeza, pero esto fue demasiado.
Creo que fui demasiado atento y vos, preferías que te maltraten. No sé si no estabas acostumbrada o qué, pero sabés que la cosa era así. Me reprochabas malas caras, silencios y hasta cuando te daba la mano más de una vez en la tarde. Buscabas todo para hacerme, o hacerte, creer que no dabas más. Y no dio más. Lo nuestro.
Siento mucha vergüenza de decirte esto princesa, pero espero que entiendas, fue demasiado.
No tuve la capacidad de entender que no buscabas un caballero, sino un aventurero. Pero también me pregunto si hubieras sido tan valiente para seguir por todos lados a alguien. Quizás, no sos lo verdaderamente impulsiva que decís ser. Estoy seguro de que tenés más miedos que certezas, más dolores que sonrisas y por afuera, nos contás otro cuento.
Creo que fui demasiado callado y vos, solo querías hablar.
Creo que fui demasiado de todo, de lo bueno y de lo malo también. Calculo, que fui el único exceso que no tomaste como propio. ¡Bah! O quizás, como todos tus excesos, me usaste un rato, me probaste hasta que ardí y te curaste de repente.

Creo tantas verdades, porque ya no creo tus mentiras.

Creo que fui demasiado tímido y nunca me animé a decirte todas las cosas que sentía. Me perdí de contarte sobre el partido del lunes, me olvidé de decirte acerca del viaje que sueño, o soñaba. No te dije que me compré una remera anteayer y probablemente nunca te conté que eras el loco amor de mi vida.
Creo que fui demasiado colgado.

Creo que fui demasiado inseguro y vos, nunca me ayudaste a sentirme de otra manera.
Creo que cambié y vos, no.
¿Por qué soy yo quien sufre el desarraigo de este amor? ¡Si sos vos la que no querés más!
Creo que soy yo el que me fui y vos, te quedaste dónde estabas.

Quisiera decirte mil cosas, pero no estoy seguro. Solamente que te quiero y anhelo que seas feliz. No puedo seguir escribiendo (té).

Quisiera decirte mil cosas, pero no estoy seguro. Porque soy demasiado inseguro, demasiado atento, demasiado al crudo, demasiado callado, demasiado caballero, demasiado tímido y porque ya me fui, a donde vos te tendrías que haber ido.

Quisiera decirte mil cosas, pero creo que con esto,
ya fue demasiado.


                                

martes, 25 de octubre de 2011

Colgado en el teléfono

Se me eriza la piel por completo, al fin me armé de valentía. Durante semanas lamenté no haberlo hecho, no se me ocurría que decirle, de qué forma.
¿Cómo saludarla y no morir en ese preciso instante? ¿Cómo controlar mis ganas de decirle que a pesar del tiempo aún la extraño?

Hola.
Cada vez te siento menos, que no es lo mismo que olvidarte.

Marco, corto, marco, tono y espero. Se me inquietan los pies, las piernas, al instante el cuerpo, luego me empieza a temblar la mano y atiende: Ahora sí, me titubea la voz.
Está del otro lado, esperando que le diga algo. (Y me largo)

Hola.
Cada vez te amo más, que no es lo mismo que perdonarte.

A continuación, fueron largos segundos de amor en discontinúo, de viejas anécdotas, de superar los rencores, de hacernos los importantes y abrazarnos con palabras. Precioso mal necesario.

Bueno, chau. Cortó.
¡Bah! Cortamos.
Esta vez los dos estuvimos de acuerdo con el final.

Nos prometimos, con cierto temor, volver a vernos algún día. Por más que la especialidad de la casa no sean las promesas cumplidas, creo que fue sincero de las dos partes.

Se siente el pitido de la línea. Hace rato que ella no está del otro lado. Su vida sigue, la mía se enreda un poco más. Y se figura así, conmigo, con cara de mil sensaciones, tristemente feliz, colgado en el teléfono por ese precioso mal necesario de haberla llamado, después de tanto tiempo.


                              

Fue rock

Está bien, entendí que se trata de actitud pura. Entonces, vamos a hacerlo.
Pantalón negro, ajustado a media máquina, cinto chapero y las llantas de siempre, las de la adolescencia. Remera blanca con poco estreno encima, la infaltable campera de cuero y en el bolsillo los anteojos negros bailando. Claro, si aparenta para cancherearla, sino, no.
Soy un confeso amante de los jueguitos para la tribuna.

Pelo entremojado, el perfume compañero de las mejores conquistas (elegido más por su cualidad cabalera que por su aroma). Sí, tengo mejores pero, ese, es místico.

“Ok. Venite”, dice el mensaje. Al parecer me habilitaron la parada. Salgo.

Es la actitud, es la actitud. Ponele rock papá. Varias cosas me repito, es que hace frío y no hay ganas de salir, lo hago para no quedarme varado como siempre.
Saco el auto sucio, adentro no está tan mal. Track 7, “Eleanor Rigby”, The Beatles. Repeat, hasta el cansancio que, claramente sé, nunca llega. ¿Alguien puede gastar un tema de ellos? Aunque estuviese rayadísimo y el disco no funcionara, el tema sonaría en mi cabeza sin escucharlo. Sí, hay mejores pero, ese, es místico.

“Ah, look at all the lonely people”, Eleanor rigby. Nunca lo había pensado bien pero es algo así como “Mirá a toda esa gente solitaria”. Cuando llego, la fiesta-reunión, es eso. Mucha gente solitaria. Tremendo antro para enamorarse y… a mi juego me llamaron.

Obvio, todo aparenta para cancherearla. Entonces, bajo del auto con los anteojos puestos, con los acordes en la cabeza, pateando alguna piedrita y por prender un cigarrillo. Es la actitud, es la actitud.

Empiezo a buscar a los anfitriones. Pité dos veces y ya se terminó. Estaba en otra.

“El es mi amigo”, me presentan.
“Bueno, nada, pasala bien, sentite cómodo”, me rematan.
Digo, me rematan literalmente.
¿Qué mierda hago acá yo solo? ¿Qué me hago el tipo piola? Ni siquiera soy la estrella de mis pesadillas.

Me sirvo algo bueno, que parezca fuerte pero que no lo sea tanto. Es que juego de visitante. Ponele rock papá.
Si, ya sé, estoy re blandito.

Por ahí, en la cocina veo que pasa, sacando fotos, la mina más normal del mundo. A mi juego me llamaron, me acabo de enamorar.

Sácate los anteojos, ridículo. Respiro hondo. Hay buena música de fondo. Digamos, no es con baile la cosa. Es sentados, charlas cool, buena onda, risas, anécdotas exageradas. Tremendo antro para enamorarse.
Meto el primer acierto de una cadena de afortunados sucesos. Le ofrezco fernet, acepta. Se ríe. No le dije nada, tampoco hice un papelón y se ríe. Brillante señal.
Largo charla, se prende. Nos prendemos. Las palabras vuelan alto, no me asusta para nada su intelecto. La prefiero así. No es hermosa, es normal,  que para mí es más que hermosa. En fin, actitud pura. De los dos.

No sé cómo, pero terminamos tirados en unos sillones durísimos, muertos a carcajadas, hablando de historia, de televisión, de nosotros o de lo que quisiéramos ser alguna vez. Nos miramos, nos callamos, nos sonreímos. Ahora, juntos hacemos jueguitos para la tribuna. Flota la histeria más divina sobre los pendejos.

“Ok. Besame”, dispara. Al parecer me habilitaron la parada. Beso.

Termina de sonar uno de Ben Harper y empieza la mística en melodía.
“Ah, look at all the lonely people”, Eleanor rigby.
“Que temazo”, le digo. Concuerda con un dulce gesto. Él que la hizo sonar es un genio.

“Mirá a toda esa gente solitaria”. Hoy estuve de suerte.

La beso. Repeat, hasta el cansancio que, claramente sé, nunca llega. ¿Alguién puede gastarse en sus besos? Aunque me doliera la boca como nunca, jamás dejaría de hacerlo. Y cuando lo deje, sus besos sonarán en mi cabeza. Hubo mejores pero, este, fue místico.

Chau, amanece. Qué domingos más lindos cuando despertamos besados y con dolor de cabeza.
Tengo ganas de volver a verla, pero no sé si será lo mismo.

Está bien, entendí que se trata de actitud pura. El responsable de la preciosa noche fui yo, fue ella también.
Fue buena onda.
Fue cool.
Fue raro.
Sucio y desprolijo. Fue sin pensar. Fue de perseguido.
Fue con The Beatles como soundtrack.
Fue de pantalón ajustado a media máquina y jueguitos para la tribuna.

Fue rock.


                               

martes, 11 de octubre de 2011

La segunda parte

Inevitablemente, todos tenemos un día para recordar por siempre. Entre ellos, se destacan por su esencia, los más tristes. Son estos los que, inevitablemente, tenemos para recordar por y para siempre; U olvidarlos, de la misma forma.
Jamás voy a sacarme de la cabeza aquella mañana en que me desayuné con su olvido, con su repertorio de traiciones y mentiras. Es un conjunto de fotos, una serie de tomas que definen la peor escena de mi vida, mi sueño más trunco.
En el amor, la norma respeta lo que sucede con las películas: Las catalogamos como ‘maravillosas’ cuando nos cuentan finales desgarradores, no cumplen con lo que esperábamos o cuando alguien se va para nunca más volver (no importa de qué forma lo hace).
Así, soñamos con que algún día se realice la secuela y finalmente, Jack no se hunda en el fondo del mar o no fusilen a Guido y, de una vez por todas, pueda reencontrarse con la bella Dora y el pequeño Josué.
Extraña manera de maravillarnos.

Bienvenidos, amantes de lo imperfecto. Caprichosos por naturaleza, bohemios de a ratitos, inseguros. Bienvenidos a esta, la segunda parte de mi recuerdo inolvidable.

Que preciosos eran esos desayunos en los que dormíamos al mismo tiempo que nos besábamos, despegando los ojos de a poco, de risas leves, caricias extremadamente suaves. De amores y mermelada, sueños de café con leche, medialunas, medios locos, completamente perdidos de amor.
Que preciosos resultábamos los dos jugando temprano a los besos escondidos de vergüenza, a los pequeños roces.

Calculo, que jamás voy a sacarme de la cabeza aquella mañana en que me desayuné con su olvido. Pero, ¿a ella? ¿Esa mañana le significará algo? Es lo más increíble de estos días: A pesar de que se trata de la misma fecha, la misma hora, el mismo cuarto… para los dos simboliza algo totalmente opuesto (aunque comparta el tinte de tristeza).

Para mí, será la fecha más triste. La mañana en que sus mentiras me mostraron mil verdades.
Para ella, será la fecha más triste. La mañana en que fue más infiel que nunca. No conmigo, sino consigo misma, que es peor.
Extraña manera de perdernos, extraña mañana.

Hasta acá vamos, amantes de lo imperfecto. No saquemos conclusiones acertadas, sino vamos a perder nuestra razón para leernos. ¿Acaso no nos leemos por imperfectos?

Hasta acá vamos, no sea cosa que lleguemos a buen puerto.

Comenzamos a compartir los últimos textos de este espacio, preparen la nostalgia, será maravilloso. No por sus letras, sino por lo inconcluso.
Como en las películas, este final será desgarrador e inolvidable. Sueño con eso.

Que nunca lo olviden y esperen ansiosos ese momento en el que,
de una vez por todas, se estrene la secuela y los pensamientos incorregibles,
revivan a Jack, a Guido y a nuestros tristes amores truncos.


Será allí cuando esos días, puedan tener su segunda parte.
(O su tercera, según como se quiera ver...)




                              

martes, 21 de diciembre de 2010

Otra valija, otro viaje y otra aventura

Estacioné en aquel lugar semi oscuro que ya conocía, cerca del río. Sabía que iba a ser inevitable no acordarnos que por aquellas veredas, alguna vez, caminamos de la mano, pendejos, tontamente enamorados, inocentemente felices de la vida.
Hacía varios meses que no nos veíamos. Semanas que fueron eternidades y a su vez, sucedieron como instantes, rápidas, tranquilas.
La posibilidad de reencuentro me partía la cabeza. No podía dejarme llevar, tenía todo coherentemente planeado, el discurso preparado, los movimientos ensayados y cada desfachatez practicada. Conocerla de pies a cabeza, me daba cierta ventaja. Y claro estaba, no se trataba de una conquista amorosa más.
Era ella, otra vez, frente a mí. Éramos los dos, otra vez, cerca, a centímetros.
Nos perdimos en algún lugar de la avenida a reír nerviosos y a tomar algo. Llorábamos sin lágrimas, dolidos y contentos para, por fin, de regreso al auto, escaparnos con los primeros perdones.
Sabíamos que ninguno de los dos había sido un buen modelo de pareja. Pero, ¿quién lo es? ¿Quiénes pueden asumir la condición de perfectos amantes?
A su vez, ella reconocía sus errores que me habían destruido por completo. Aunque, por dentro, un poco conciente, un poco rencorosa, lamentaba saber que estaba de pié demasiado rápido. El golpe no me había matado. Ahora, estaba más fuerte que nunca.
Eran los mismos egoísmos de siempre. Éramos los mismos de siempre.

Fue para esos meses que la historia de estos pensamientos incorregibles había comenzado de forma contundente…

“Hace algunas semanas conocí la sensación más rara del mundo, el desamor. Aquellos que han recorrido gran parte del camino dicen que es una de las percepciones más dolorosas y del mismo modo, inevitable.
Es extraño porque al mismo tiempo en que sentís muchas ganas de llorar, hacés balances acerca del momento preciso en donde se encuentra tu vida y así entonces, algunas cosas se nivelan, otros sueños toman peso” (Desamor)


Supongo que a todos nos pasa, pero existen momentos donde convertimos al amor en una sutil competencia y olvidamos todas las premisas que nos recuerdan que se trata del juego más maravilloso del mundo. Entonces, la felicidad del otro nos da celos, y así, derrumbamos todo lo que construimos de a dos.
Creo que ella atravesaba ese proceso emocional tan complejo como triste. Sabía que me había destruido pero con sus ojos estaba viendo como yo estacionaba en aquel lugar semi oscuro, y estaba parado otra vez. Menos tonto, menos enamorado y más susceptible, amigo y artista.

“Quizás estoy en esa tapa donde el desamor te hace comprender que el primer amor que debemos sentir es a nosotros mismos, a nuestras causas, a nuestras ideas y sentimientos. Tenernos amor suficiente para ser un poco más felices de lo que nos dejan habitualmente.
Esto no trata de moralismos ni discursos cursis, dejemos eso para los capaces de la autoayuda.
Esto se trata de dejar de sabotearnos tanto, dar menos explicaciones y revelarnos ante esas reglas que solo nos hacen más tristes (Volver a encontrarnos)


En el auto, nos disparábamos miradas como balas y se respiraban viejas historias que merecían ser contadas una vez más, y sucedió.
Le hice una gambeta al llanto y respondí al dolor con un chiste, de esos que la habían enamorado. Maltratarla sería olvidar los años más felices de mi vida, ignorarla sería ningunear que me había hecho sentir más hombre que nadie, entonces entendí. Regalarle una estupidez y sacarle una sonrisa era pedirle perdón por lo que no pude ser y hacerle entender que siempre la amé con locura, a pesar de las cosas que me hizo, a pesar de sus errores, a pesar.
Ella me pegó el cachetazo más fuerte y no soy capaz de poner la otra mejilla, pero sí de mirarla a los ojos y enseñarle que siempre la amé con locura, a pesar de las cosas que me hizo, a pesar de sus errores, a pesar.
Nos fuimos de aquel lugar semi oscuro que ya conocía, cerca del río.
Me abrazó y lloró como la última vez que nos habíamos visto. Me contuve y largué una mueca que había quedado pendiente. Había sido más que un rencuentro, había sido el final que merecíamos, el de perdones y sin rencores. El de recuerdos y olvidos.

Estacioné en aquel lugar semi oscuro que ya conocía, cerca del río.
Me reencontré con ella después de varios meses, me reencontré con mi historia y sobretodo, me reencontré con el que siempre quise ser. Me saqué la mochila del odio y las broncas.
Después de tantos meses, me reencontré conmigo mismo, y no saben cuanto me extrañaba. Era otra vez yo.

“En el camino, hago las veces de galán y mi mano en su rodilla marca exacto signo de que estábamos contentos, como hace mucho que no podíamos, por nuestras cosas, por nuestras historias, por las veces que habíamos perdido contra el corazón y por que esa noche, de tanto probar, le empatamos.
Tratar de no perder otra vez.
Volví pensativo, ella me llamó para saber si había llegado bien. Esas cosas se hacen cuando es necesario volver a escucharnos, por última vez, y dormirse con la voz del otro”
(Tres minutos, diez segundos)

Estas han sido nuestras 23 canciones.

Antes de que empecemos cualquier tipo de ceremonia formal, debo pedirte perdón. Sentate al lado mío, la cama está fría pero la historia debe terminar donde comenzó.
Hoy, como lo hicimos hace tiempo, hagamos justicia.
Es necesario entender que este pensamiento se trata de disculpas y gracias, no de una batalla más, ni de habituales discusiones, ni de replanteos filosóficos.
Por primera vez, escribamos un final que se adapte a lo que sentimos.
El marco es perfecto, aunque la situación es confusa.
Sentate al lado mío, la cama está fría pero la historia debe terminar donde comenzó.
El colchón tiene la particularidad de ser el escenario principal de nuestra vida amorosa. Allí, se manifiestan las peleas más complejas, los desgarros más intensos del corazón pero también reconciliaciones maravillosas, mil revuelques intensos, las caricias más tiernas y los repasos más precisos… y es hora de eso, de recordar en su preciso orden lo que vivimos juntos.

Hemos hecho berrinches de nenes apenas sufrimos el desamor. Caprichos que fueron un placer cuando vimos a Martina corriendo en el comedor, sonriendo para la foto que soñamos en sacar aquella tarde, en que nos creímos eternos enamorados.
Juntos tiramos todo a la basura pero, atentos como siempre, guardamos lo inolvidable en el placard. Así, encontramos el folio de las 23 canciones que cantamos para nuestro CD de ‘Grandes Éxitos’ y entendimos, como nunca, que amar era salirse del vértice, romper con lo que nos quieren hacer creer que es la vida.
A pesar de que pensábamos que íbamos a morir en el intento, fuimos a recuperar los sentidos en el peor invierno de nuestras vidas. Entendimos, que debíamos intentar vivir de a ratos si alguna vez soñábamos con volver a encontrarnos.
Y dimos vuelta el refrán para entender que ‘Corazón que no ve…’ ojos que no sienten. De esa forma, nos creímos las mentiras que inventábamos para sentirnos mejor y una vez que lo logramos fuimos a por más. A derribar las injusticias cotidianas, la costumbre de perder, aunque tengamos que perdernos otra vez en el intento. Al final, lo importante, lo aprendimos, es dejar huella.
Y cuantos fuimos los muchos que tuvimos cada semana un ‘sueño de martes’, cargado de esperanzas y tristezas. Es que esto fue un hermoso juego del que participaron Inocentes, felices y muñecos que se dedicaban a armar rompecabezas en medio de rutinas que ilusos e ilusiones derrumbaron.
¿Qué fue lo que más aprendimos?
¡Ah! Claro… Que siempre debemos tomarnos ese maravilloso y justo recreo para enamorarnos, aunque sean solo tres minutos, diez segundos. No debemos resignar.
Es importante llegar al final y poder disfrutar de la paciencia del mar sabiendo que pese a cualquier discusión somos parte de un espacio, un lugar, un grupo que no quiere cerrar los ojos sin haber amado lo suficiente. Es importante llegar al final y saber que los viajeros de la canción 22 estarán, siempre, caminando detrás.

Se vuelve a repetir el silencio perfecto que tanto nos erizó la piel. De fondo, respiramos, lloramos, apretamos los labios y pensamos si en verdad vamos a volver a hablar.
Antes de que empecemos cualquier tipo de ceremonia formal, debo pedirte perdón. Sentate al lado mío, la cama está fría pero la historia debe terminar donde comenzó.
Hoy, como lo hicimos hace tiempo, hagamos justicia.
Gracias por dejarme quedar aquí, con vos, todo este tiempo. Ha llegado el momento de partir.

¡Que lindo abrazo! Basta que me pongo a llorar…
No estemos tristes porque terminó, disfrutemos porque ocurrió.

Ahí va mi beso en la mejilla, una mirada y un ‘nos vemos pronto’, te quiero y hasta luego.

No planté un árbol, pero quizás planté una semilla en vos. No tuve un hijo, pero la viste a Martina más preciosa que nunca. No publiqué un libro, pero cada pensamiento ha sido una hoja de lo que vendrá.Te pido un solo favor, avísame si el árbol florece.
Llamame si Martina te visita y se porta mal.
Y sé paciente porque dejo de escribir aquí para trabajar intensamente en ese libro que te prometí y que espero, guardes en el rincón más barnizado de tu repisa.
Gracias por tanto y perdón por tanto poco. Han sido más de 10000 las entradas y a su par en número, mis sonrisas. 
Estas fueron mis 23 canciones pero pronto nos volveremos a ver para compartir,
otra vez, los 5 poemas que nos quedan.
Esa será otra valija, otro viaje y otra aventura.


martes, 14 de diciembre de 2010

Los viajeros de la canción 22

Sostengo cierta estabilidad, me dirijo en línea recta, el viento me pega en la cara y mi papá queda atrás con una suerte de sonrisa preocupante. Sabe, con absoluta certeza, que me voy a caer al piso. Solo espera que no sea demasiado fuerte.
Pierdo esa cierta estabilidad, me tambalea todo, el viento me pega de costado, en la espalda y hasta que ya no lo percibo. Ahí, me caigo.
Así, aprendí a andar en bicicleta. Así, aprendí a darme palos contra el suelo.
Sin rueditas.
En el momento, me pregunto por qué si sabían que me iba a caer me dejaron solo, me permitieron que lo haga. Si el raspón en la pera no me simpatiza y la frutilla en la rodilla tampoco.
Me pongo a llorar. Lo sé, fueron varias las veces que les conté de mis llantos.
Así, aprendí a vivir. Así, aprendí a levantarme.
Sin rueditas.
Después, al tiempo, entiendo el bien que me habían hecho. Son cuestiones inevitables.
Si queremos aprender a andar en bicicleta tenemos que entender que nos espera una serie de golpes y nerviosismos lógicos a cualquier período de adaptación.
Si queremos aprender a amar, tenemos que entender que nos espera una serie de golpes y nerviosismos lógicos a cualquier período de enamoramiento.
¿Pero qué vamos a hacer? ¿Vivir sin nunca andar en bicicleta? ¿Andar con rueditas toda la vida? ¿Vivir sin nunca volver a amar? ¿Amar con rueditas toda la vida?
No debemos restringir las ganas de sentirnos mejor.

Amantes y compañeros, bienvenidos a nuestra canción 22. Al parecer, ya se ve el final del cemento. Hemos transitado un camino de ripio, sinuoso, pero lleno de susceptibles y divinos sentimientos. Me guardo lo demás para nuestro final, la canción 23, la del martes que viene.

Se me vence la cabeza sobre la ventanilla, está empezando a amanecer. No escucho nada más que la melodía que puse de fondo, mis pensamientos y ciertos ruidos que solo la ruta nos regala.
Otra vez, los llevo de viaje.
En este momento, solo me entretengo pensando en ella y viendo pasar las líneas del asfalto una tras otra. Más atrás, un amarillo paisaje que aparenta fresco porque aún el sol no lo alcanza a iluminar del todo.
Supongo que a todos nos pasa, pero el amanecer en la ruta me provoca una temperatura corporal distinta a cualquier otro lugar. Por más que se trate de pleno enero, hace frío, se siente el viento que pega contra el auto y el resto del mundo se mantiene quieto.
Quizás un viajero se nos cruza en su regreso y el guiño se figura perfecto. Ellos vienen de donde nosotros vamos. Tarde o temprano seremos nosotros los que volvamos para darle lugar a otro viajero, en otro amanecer. Pero ahora es ahora y el destino está perfumado, esperándonos, con sus rincones, sus lluvias, sus frescas noches, y sobretodo, esos aromas únicos e irrepetibles.
Soy recurrente en los viajes y la ruta. Es que allá, soy más pequeño aún y tengo menos responsabilidades sobre las cosas. Solo me preocupo por el frío, el chiflete que entra por algún lugar del auto, la música de fondo, la posición del sol y los carteles que decoran el asfalto. Si la suerte está de mi lado, cruzo una mirada con un amigo, con un amor.
Insisto, me regala esa soledad que a veces necesitamos y que es la perfecta compañía.
Km 270.
Me es inevitable no pensar en la playa, es mi lugar en el mundo. Nací para morir allí. No sé si entiende, pero ya tengo muy claro cual es el recorrido que voy a hacer.
La primera vez que abrimos la puerta de una casa en la costa, sentimos ese olorcito hermoso que nos parte la cabeza, que nos trae millones de recuerdos. Creo que existe un fenómeno donde se anulan absolutamente el resto de los sentidos y solo el olfato funciona a su máximo potencial. En fin, quizás exagero, siempre me gusta hacerlo.
Pero no me van a negar que el perfume de la playa es inimitable por el de cualquier otro lugar…

Km 310. Levanto la cabeza de la ventanilla, amaneció.
Buen día a todos.

Amantes y compañeros, esta es nuestra canción 22. Al parecer, ya compusimos un estribillo pegadizo y será otro más de nuestros éxitos. Hemos grabado un disco rayado, con acoples y fuera de sincro, pero lleno de susceptibles y divinos sentimientos. Me guardo lo demás para nuestro final, la canción 23, la del martes que viene.

Porque, como siempre, perdí el hilo en la mitad del relato. Eso quiere decir que la paso bien con ustedes.
¿Sentiste el fresquito de la ruta?
Que lindo, ¿no?

Entre bicicletas y viajes de cuatro ruedas, me perdí en mi necedad y olvidé lo importante, que nos queda una charla pendiente y que ya no puedo seguir aquí, con mi cajita de pensamientos.

Es el momento perfecto. Sostenemos cierta estabilidad, nos dirigimos en línea recta, el viento nos pega en la cara y los demás nos miran de atrás con una suerte de sonrisa preocupante. Saben, con absoluta certeza, que volveremos a caer al piso. Solo esperan que no sea demasiado fuerte.
Así, aprendemos a crecer, a sentirnos mejor, a llorar cuando queremos pero a valorar esas lindas miradas que siempre están para cuidarnos.

Quién sabe, quizás en una de esas la estabilidad se volvió permanente, disfrutamos de un constante viento en el rostro y somos dueños de nuestra propia dirección.

Amantes y compañeros, compusimos nuestra canción 22., la que habla de un nene que aprendió a vivir en bicicleta, a besar sin rueditas, a amar con raspones en la pera y a compartir lo que escribe cuando el frío le eriza la piel en la ruta.


Jamás se volverá a retocar esta letra, única e irremplazable,
compuesta, por única vez, por los viajeros de cada martes.
Aquellos, los viajeros de la canción 22.

martes, 7 de diciembre de 2010

Discusión

Se rompe una carta, levantamos la voz para hacernos los importantes y rompemos en llanto. Nos vamos lastimando de a poco, a medida que seleccionamos en nuestra cabeza aquellos recuerdos y reproches que sabemos que van a lastimar al otro con fría precisión.
Así, comienza una guerra que solo puede arreglar el colchón y la nobleza de ceder.
20.12, la noche está hermosa pero en la oscuridad del cielo amaga la lluvia. Se huele el olor de la cena, que sube al cuarto, donde las cosas desde hace rato no están bien.
Ella está mirando la pared, de espaldas a él, que está sentado en la cama.
Probablemente atravesemos uno de los pensamientos más tristes, por diversas razones. Entre otras, el dolor que provoca el relato y la vergüenza que causa saber que hemos sido infieles a nuestras convicciones, a nuestras formas de apreciar cada momento de la vida.
20.14, la discusión es un poco más fuerte.
Supongo que a todos nos pasa, a veces somos contradictorios pese a saber que lo estamos siendo. Contradecirnos y ser absolutamente concientes de todas nuestras antinomias.
Entonces, surge un problema filosófico con nosotros mismos que, aunque parezca fácil de resolver, es de lo más complicado.
Cuando nos mandamos esas metidas de pata importantes, la mejor forma de sentirnos bien es peleando con quien nos hace saber que estuvimos mal. Pero entendemos, perfectamente, que estamos siendo injustos. Pese a eso, no nos importa, aumentamos la ceguedad sobre el error, nuestro egoísmo se eleva de igual forma.
Solos, no podemos enojarnos con nadie y las culpas dejan de ser tácitas.
20.21, relampaguea.
La discusión lleva unos diez minutos de duración, se vuelven eternos. A este punto del asunto ya se ha perdido la esencia y se grita por otras cuestiones.
Siempre sucede la misma historia, el punto de partida se ha corrido del eje y lloramos por otras cosas que nos duelen más. El comienzo de la pelea, no tiene nada que ver con el final.
Viejos rencores, de esos que nunca sanan.
Ella está mirando la pared, yo estoy de espaldas, sentado en la cama. Está bien, llegó el momento de asumir mi protagonismo en la historia, por eso la vergüenza.
20.25, ella rompe una carta que escribí hace dos semanas, levanto la voz para no escucharla y rompemos en llanto.
20.26, nos duele cada minuto.
Trato de no pensar que todo lo que se dice en esa habitación es verdad. Cualquier palabra que me crea por cierta, podría destruirme. De hecho, creo que me estoy desarmando sin darme cuenta.
Es que todavía no aprendimos a superar los errores que cometimos en el pasado, las heridas no dejaron de sangrar y así, es difícil crecer un poquito todos los días.
20 y monedas, no miro más el reloj, empieza a llover, no sé porque pero nos callamos, la lluvia genera silencio, nos damos cuenta de que estábamos violentos, respiramos un poco.
Me tiembla la boca, odio pelear y seco mi lágrima. Ella tiene los ojos rojos.
No sé si realmente nos merecemos esto. Quizás para castigo ya es mucho no tenernos.

No doy más, tengo ganas de volver a casa, me levanto y ella, me sujeta como tratando de impedir que lo haga. Hasta en eso somos contradictorios, nos gritamos como si supiéramos que la discusión es un ritual inevitable pero que al fin y al cabo, nada cambiará.
Lo que no sabemos es que con cada grito, las heridas se abren, se debilita nuestro corazón, tenemos más miedos y menos ganas de enamorarnos.
Ella no mira la pared, me busca a los ojos, pero no tengo más que decir y bajo.
Paso por la cocina, saludo con cabeza agachada y me voy, de vuelta a casa.
Deben ser más de las nueve, insisto en no mirar la hora porque el reloj puede mojarse.
Es que llueve, pero el agua me ayuda a disimular que estuve llorando sin consuelo. Nos habíamos lastimado demasiado.
La soledad se figura con un joven, caminando debajo de la lluvia, ya casi en verano, llorando por amor. Se figura en mí, aunque no esté de acuerdo con prestar mi imagen desenamorada.

21.10, en mi casa se sorprenden de mi regreso, ven mi cara, los ojos cuentan el resto y no preguntan.
Ceno en silencio, me cuesta la risa y no la imito. La discusión no me dolió tanto, pero no puedo entender como fui capaz de lastimar a propósito. El amor no se trata de eso, vivir tampoco. Que se vuelva imposible no lastimarnos, me averguenza.

Creo que fue menos doloroso de lo que pensaba. Pero me hizo recordar que tenemos una charla pendiente y que después del próximo pensamiento, tenemos que decidir que hacer con nosotros.
Sí, al parecer tenemos que cumplir con eso de tomarnos un tiempo, ¿te acordás?

No puedo hablar mucho, hasta me cuesta verte así, no te sale la sonrisa, se te armó como un nudo en la garganta, y no entendés por qué.

Vos mirás la computadora, en el reflejo mi último pensamiento y yo, sentado en tu cama tratando de explicar algo que nos va a doler pero que quizás sea lo mejor.
Cenemos juntos, solo pido que entiendas que me cuesta la risa y no me sale imitarla.

Te extrañé, como nos pasa después de discutir. Extrañamos horrores, nos lastiman rencores y podemos morir, si la historia se repite antes de que podamos reponernos.


martes, 30 de noviembre de 2010

La paciencia del mar

Puedo escuchar mis suspiros, hay tanta calma que me acuerdo de viejos ruidos con exacta claridad.
De fondo, el mar. No había rastros de la tarde, no había nada. Ni sombrillas ni heladeros. Solo, de fondo, el mar.
No había rastros de la tarde, no había nada.
Creo que para mí era suficiente, estaba todo.
La luna se peinaba en el agua y ahí, en el escenario de la noche preciosa, yo cruzaba los brazos y apretaba los dientes cada vez que el viento se apuraba.
Las noches de verano buscan eso, que podamos preocuparnos por el frío, que callemos un rato y que soñemos con las desventuras de la semana pasada.
Puedo escuchar mis suspiros.
Apoyo la nuca en la arena que se presta de almohada y me permite, más cómoda que nunca, disfrutar del suceso. Dicen que el mar, a la noche, es el ring ideal para que las estrellas puedan ganarle la vieja pelea a las luces de la ciudad. Allí, son más fuertes.
Al parecer, la victoria estaba consumada y todo lo demás eran apenas pequeños y molestos destellos de luz.
La luna se termina de poner linda, acomoda el cielo, duerme al viento y me enseña que lo maravilloso estuvo siempre acá, al lado mío.
Me saco las zapatillas y chapoteo los pies en el agua, tratando de no salpicar la arremangada bermuda. Sé que el mar está congelado pero también comprendo que es una de mis rebeldías cotidianas no abrigarme y pasar frío de vez en cuando.
Lo sé, ya me lo dijeron, ‘no está bien desabrigarse por que sí’. Pero, ¿la historia no está en salirse del vértice cada tanto?
Supongo que a todos nos pasa, hay veces donde necesitamos gritar muy fuerte y que el viento se lo lleve a donde quiera, cantarle al aire, tirar un par de lagrimas en la arena o, como suelo hacerlo, tomar frío y que no importe. Entonces, nos hacemos la revolución a nosotros mismos.
Zapatillas en una mano, corazón en la otra, corro y me mojo los pies en la orilla, vuelvo a la arena, me ensucio, me lavo, me ensucio, levanto los pies, me salpico al fin y hasta me animo con el agua en los tobillos.
Las noches de verano buscan eso, que estemos solos por un rato y que, cuando más oscuro aparenta, soñemos con acostarnos más tranquilos alguna vez para despertar, cuando al fin nos toque, menos superficiales y más profundos.

Las noches de verano buscan eso, que no las olvidemos.

Es 6 de febrero de hace algunos años, me parece que se me está yendo la adolescencia. Un poco por mis 17 que ya se notan y otro tanto porque ella me hacía sentir mucho más hombre que otra veces.
Es que nos tomamos fuerte de la mano y los pasos se volvieron más lentos. Ya habíamos llegado y solo quedaba hacerlo juntos.
Atrás del médano, estaba el mar, esperándonos, desde siempre y hasta hoy.
Quizás por mis tintes de sensible mis añoranzas siempre fueron más parecidas a pequeñas travesuras que a grandes sueños.
Pero nunca voy a olvidar esa noche donde jugamos a caminar por la playa, agarrados de la mano y del alma.
Hay lugares que son maravillosos por su simple esencia, pero se vuelven de ensueño cuando los transitamos con el amor de nuestras vidas. Es la magia de los lugares. Bajo estos pergaminos, a las personas se nos vuelven especiales las esquinas, los postes de luz, una bicicleta, un metro cuadrado de pasto, un retazo de cielo, un sillón o una ciudad completa; tan sólo porque allí dimos un beso especial, confesamos nuestro secreto, nos han develado la eternidad, hemos hecho el amor o simplemente, compartimos una sonrisa.
Las noches de verano buscan eso, los lugares también. Es que tienen la virtud de esperarnos para que algún día lleguemos y lo convirtamos en especial.

Puedo escuchar mis suspiros. De fondo, vos, que por esas cosas lindas de la escritura te fuiste a pasear conmigo al mar.
¿Estuvo hermoso, no? Lo sospeché.
Perdón por el tema del frío, es que estoy tratando de rebelarme y hago estas cosas. Ya voy a dejar de hacerlo, lo prometo.
Quizás este viaje juntos nos hizo bien. ¡Bah! Yo me siento mejor y lo demás lo calculo por tu cara contenta. Vos lo sabés, se pueden escuchar tus suspiros.

¿Dejamos la charla pendiente otra vez pendiente?
¿Te parece?
Está bien, esperemos un martes más.
No nos lastimemos, es demasiado lo que nos queremos como para andar reabriendo heridas.

Nos encontramos pronto.
Las noches de verano buscan eso, que podamos vernos, abrazarnos, derramar un par de lágrimas en la arena y planifiquemos nuestra huida a la playa. Siempre va a estar allí esperándonos, para que la convirtamos en especial.

Es la magia de los lugares, y la paciencia del mar.

martes, 23 de noviembre de 2010

Tres minutos, diez segundos

1.16 de la madrugada. Es la única vez que miré el reloj en toda la noche.
Hay un silencio perfecto. Al parecer, el mundo está parado hace un minuto.
La escena se adorna con una precisa lluvia que roza, sutil, el vidrio del auto.
El sonido del agua se funde con el de su agitada respiración, es que corrimos algunos metros para no mojarnos tanto.
Habíamos tomado algo, creo que una vez nos miramos a los ojos, rápido, y aunque tratábamos de ignorarlo, nos dimos cuenta de que algo pasaba.
Tocar, abrazar y hasta tirarse en una cama con una persona es mucho más fácil que sostenerle una sincera mirada por más de cinco segundos. Dicen que los ojos no mienten y que aquellos que poseen la cualidad de saber leerlos, pueden decodificar el alma de quien tienen delante. Los ojos cristalizan, explican y no callan. Claro estaba, nosotros no podíamos sostenernos la mirada hasta ese instante…
Hay un silencio perfecto. Al parecer, el mundo hace dos minutos que no se mueve.
La escena se adorna con su pelo mojado que ensucia el asiento del auto pero me despeja todo tipo de dudas.
El sonido del agua se funde con el de su agitada respiración, es que reímos algunos metros para no sentirnos tan tristes.
Tres minutos.
El tiempo justo que necesitamos para darnos cuenta si nos estamos enamorando o no.
Tres minutos, diez segundos.
Probablemente esa noche haya sido la más feliz de mis últimos meses. Resumí la felicidad en las pocas horas que duró y me di cuenta, de repente, que la vida se trataba de eso, tan solo eso. Noches felices, correr para no mojarnos pero disfrutar de cada gota que nos pega en la cara, reírnos para no estar tristes, mojar asientos y llorar.
Lloraba.
Sus ojos juntaron lágrimas cuando decidimos sostenernos la mirada.
Insisto, el silencio era perfecto y los dos, nos mirábamos como nunca. Me doy cuenta de lo que pasa, trato de desacomodarme y tiro una mueca, cortita. Ella se ríe de sonrisa entera, soltamos la respiración, la situación se vuelve contagiosa y se escapa la primera lágrima por su mejilla, alcanza su boca y se funde por ahí, hasta que no la veo más.
Baja la mirada y encienden el mundo que otra vez, se empieza a mover.
¿Qué nos había pasado? ¿Por qué estábamos jugando otra vez si la idea era no volver a hacerlo? ¿Quién escribió una historia en una noche donde solo era besar y escaparse?
Escapábamos.
Hay muchas personas que tienen miedo a sentirse bien y son constantes en replanteos como ‘si te beso una vez más me enamoro’, ‘si te acaricio otra vez, jamás voy a poder dejar de hacerlo’, ‘¿qué van a decirnos?’ Bla, bla, bla… Excusas para no ser felices.
Excusas.
Entonces, enciendo el auto, me acomodo la camisa, pongo una de esas canciones que suelo tener de fondo y empezamos el viaje de regreso, nos besamos cuando el semáforo dispone y hasta nos animamos al incomodo abrazo.
En el camino, hago las veces de galán y mi mano en su rodilla marca exacto signo de que estábamos contentos, como hace mucho que no podíamos, por nuestras cosas, por nuestras historias, por las veces que habíamos perdido contra el corazón y por que esa noche, después de tanto tiempo, le empatamos.
Tratar de no perder otra vez.
Volví pensativo, ella me llamó para saber si había llegado bien. Esas cosas se hacen cuando es necesario volver a escucharnos, por última vez, y dormirse con la voz del otro.
En fin, creo que el miedo es más normal de lo que parece, pero no deja de ser miedo. Supongo que nos lastimamos más siendo fríos que tratando de hacer lo que sentimos. La frialdad y la mezquindad del amor son cualidades poco onerosas, que nada tienen que ver con vivir.


¿Y vos, pensaste lo que hablamos?
Tenemos que decidirlo, sabes bien que si dejamos pasar el tiempo solamente nos vamos a lastimar peor.
No sé, hagamos una tregua. Extrañemos un poco.
Este es un buen momento para decidir…
Hay un silencio perfecto. Al parecer, pararon el mundo para que puedas leerme.
La escena se adorna con una sonrisa preciosa que se te está por escapar, sutil, frente a la computadora.
El sonido de tu vida se funde con el de mi agitada respiración, es que mientras lees yo camino por la historia con vos. Corro para no mojarme y sonrío para no estar triste.

Creo que una vez nos llegamos mirar a los ojos, rápido, y aunque tratábamos de ignorarlo, nos dimos cuenta de que algo pasaba.

Pensá de que se trata y el martes lo charlamos. Prometeme que te vas a tomar tres minutos para decidir y diez segundos, para arrepentirte.

martes, 16 de noviembre de 2010

Recreo para enamorarnos

Se enreda el pelo con una lapicera, mueve sutil su boca, juega con un chicle, se le escapa un globito, lo explota, se le escapa una sonrisa y queda en el aire.
Suena el timbre y, respectivamente, subimos y bajamos a las aulas.
Si hace calor y hay sol, ella me gusta.
Si hace frío y llueve, me gusta un poco más.
En una de esas, me animo. Le escribo una carta y musicalizo con las ecuaciones que, muy de fondo, repite el profesor de matemática.
En otra de esas, se la doy en la mano. Siempre fui sensible y temeroso, pero me animaba a este tipo de cruzadas. Supongo que me revolvía bien adentro y de esa única forma sacaba coraje para copar la banca.
Entonces, volvía sonrojado, caminando lento, haciéndome el distraído y charlando con cualquiera sobre cualquier cosa, con la certeza de que su mirada aún seguía en mi espalda.
Regresaba a casa y ocupaba todo el día en pensar su respuesta, en como iba a decírmelo, en la sonrisa que me dedicó cuando le rocé la mano.
Pasa una hora, y otra vez recreo.
Ya estaba grande, pero a su vez era chico. Pensaba y razonaba demasiado. Al mismo tiempo, era tan pendejo…
Gozaba del privilegio de estar madurando y no darme cuenta. Así, las obligaciones no eran muchas y las preocupaciones surrealistas.
Allí estaba ella. Pensaba y razonaba demasiado. Al mismo tiempo, era tan pendeja…
No puedo olvidarla, se enredaba el pelo con una lapicera, movía sutil su boca mientras jugaba con un chicle para luego hacer un globito, explotarlo, sonreír, dedicarme una mirada y desacomodarme simplemente con eso.
Existen personas con la capacidad de movernos del eje tan solo con una palabra, con una mirada, hasta con la virtud del silencio bien colocado.
Allí estaba yo, que me sobraban las horas y podía pasarme toda una semana (quizás más) planeando todo tipo de hazañas y confesiones por carta. Porque para mí la vida era eso, pensar en mi próximo amor e imaginarme la vida a su lado durante un par de días.
Tristemente, nos enseñan que cuando crecemos debemos ocupar nuestro tiempo en otro tipo de tareas que, según sostienen aquellos que conocen las formas válidad de vivir, son más productivas y menos bohemias.
Entonces, aprendí a pasar mis días trabajando y estudiando para llegar extenuado a esas horas de descanso donde intento recargar la energía para empezar de nuevo. Otra vez, lo de siempre, la rutina - Ese espacio que ocupamos planeando los años venideros que cuando llegan nos muestran que pasamos la mejor etapa de la vida proyectando un presente nostálgico y lleno de rencores – alguna vez ya lo dije, soy recurrente.
Quien pudiera no crecer.
Pero, crecemos.
Supongo que a todos nos pasa, el avance del tiempo tiene algunas cosas que me asustan un poco y este temor no tiene límite de edad.
Ya no poseer el privilegio de enamorarme cada tanto es notoriamente injusto.
¿Por qué a los 15 me enamoraba en el colectivo, en el club, en una fiesta?
Quizás no entendía mucho sobre el amor y debe ser precisamente por esta razón, que recuerdo aquellos años como los más felices y menos dolorosos.
Quien pudiera no crecer.
Pero, crecemos.
Y el amor se convierte en una temática de racionalización y en una más de nuestras preocupaciones. Pierde esa espontaneidad única, adolescente.
Cuanto menos intentamos comprender al amor, más lo valoramos. Cuánto menos atención le prestamos, más rápido llega.
Si pensaría durante un día entero en ella, como a los 15, mi cabeza estaría un poco más acomodada. Es que la recuerdo siempre en el tren, cuando estoy más tranquilo, y así no se puede decidir nada.
El periodo de enamoramiento representa al pico más alto de nuestra felicidad, donde los problemas se disipan, las nostalgias se corrigen y lo imperfecto toma una forma agradable.
Si algún día el hombre lograra sostener este periodo de forma incansable, habrá encontrado el secreto de su existencia y por fin, la eternidad estaría garantizada.

Hola, ¿cómo estás?
El día estuvo cambiante, mitad lindo, mitad gris.
¡Bah! Como nosotros… no vamos a andar quejándonos de la irregularidad del clima a esta altura del asunto.

Los martes cada vez llegan más rápido, nos leemos más seguido y nos extrañamos menos. Quizás se está terminando nuestro período de enamoramiento y le estamos dando lugar a la rutina. No tenemos que dejar que eso pase, seríamos contradictorios a nuestros pergaminos.

Cuando el amor de nuestra vida se va, por el motivo que fuere, lo empezamos a extrañar, nos deshacemos de la rutina y redescubrimos lo importante, lo que tanto nos enamoró alguna vez. Por más doloroso que resulte, eso también es amor.

Tal vez ha llegado el momento de armar la valija y, por un tiempo, llevar mis pensamientos incorregibles a pasear. Tal vez es necesario que nos tomemos un recreo para extrañarnos, un recreo para recuperar la esencia…


Sentate en la cama, hablemos, dame un abrazo, más fuerte, lloremos un poco más y decidamos… ¿es momento de un recreo para enamorarnos?